Vestida de inosencia

Vestida de inocencia

Eras una mariposa: o mejor dicho, lo fuiste, sí, una mariposa… ¡Ya no lo eres! porque tu osadía al hacer lo que solamente se puede hacer… es, en el amor; es amar a quien te ama y, tú, cambiaste tus colores por el simple color del deseo, y destino te quito lo que jamás mereciste. Tal condena, para ti, fue: que vivieses castigada, haciendo plegarias, engañando a todos; haciendo ver que en verdad eras buena. ¡Cuántas mentiras, y después… al paso de  los años el destino te hizo seguir caminando descalza en penitencias! Sí, lo hacías, cada año que venías a tu querido pueblo. Todas las personas que te conocían sabían el por qué de esas caminatas detrás de los pazos de palo; de  los que tú dices creer. ¿Te han dicho alguna vez que lo que hiciste era bueno?… ¿Te han perdonado esos santos de cartón? ¡Oh! quizás te han condenando mientras vivas. ¡Tú no sabes que ellos y en su silencio te condenan, porque no eras buena, ni lo eres, y en este mundo todo se paga y tú falsa belleza se basaba en falsas mentiras, de las cuales; has de pagar el daño causado aquel que te amo de verdad durante mucho tiempo… hasta que supo por sí mismo el mal que le hiciste! Cosas que solamente lo sabías tú y para el resto de personas que te veían pasar, y hacer la comedia de pedir perdón… ¿A quién se lo pedias, dime, maldita?… ¿A quién?… Solo eras la facha de una mal nacida. ¿Por qué lo hiciste aquel día? ¿Disfrutaste, verdad que sí: y al hacerlo? Tú misma… te condenaron, y al castigarte te convertiste en una cigarra. ¿Qué fue de tu bello cuerpo? Entonces tu piel estabas cubierta de múltiples colores; eras tan bella, que parecías un ramillete de flores, y tu aroma envolvías mi mente en la locura de  mis desgracias; todo por culpa de desear cuanto tú juventud pedía agritos.  Han pasado los años, y cuando la mente se está envolviendo en la locura, me cuentan las malas lenguas, toda tu vida, y aun recuerdo yo a vagas penas, tu bello cuerpo.

De un diminuto huevo: puesto sobre alguna rama o tal vez en una de las hierbas que nacen en cualquier parte de la tierra. Puesto por su antecesora y dejado para que al llegar el tiempo  incubación se forme un pequeño gusanillo de color verde, este pequeño animal mide un milímetro si es que llega. Ella, al nacer en forma de gusano, corre hasta las hierbas  frescas. Ha estado dentro de ese diminuto huevo unos quince días. ¡No te puedes dar una idea del hambre que tiene ese pequeño bicho! Comer y volver a comer para que su diminuto cuerpo de haga grande y fuerte. Nace de otra mariposa de colores que le dio la vida, y esta sí que era virgen; lo que tú no lo eras. Durante unos días su estómago sé agranda de tal forma para que ese gusano cree el capullo que le dará cobijo a esa maravillosa criatura. Una vez ha crecido lo suficiente, él mismo se encierra. Crea la estructura de ese capullo de seda, lo hace con su boca, segrega una especie de hilillo de seda y según lo va creando teje dándole forma a su cubil donde ha de permanecer durante unos días.

¡Lo que es el amor! Él vive dentro de una nebulosa de seda, sin luz que lo acompañé, sin comida solo la que tiene guardada en su vientre; pero siendo tan pequeño tiene bastante hasta llegar el día que se transforma en una crisálida. Está pende de una ramita de un arbusto, si el huevo que ha creado este querido y diminuto gusanillo. En un lugar adonde nadie le pueda hacer daño alguno. Esta transformación, de la cual, creemos que esa figura de colores es tan virgen como la luz de día, y el brillo de las estrellas más bellas de la noche. ¿Qué ocurre dentro de esa madeja de seda… en el cual se transforma en un extraordinario proceso sin que lo hayamos podido ver? ¿En realidad, como se crea esa diosa, y por qué, se va transformando en lo que un día no muy lejano, saldrá de ese sueño de cada hombre tenemos en nuestra mente; en el que podamos ver  ese cuerpo, y a esa mujer vestida de colores siendo la más bella jamás vista por ojo humano? ¡El hábito no hace al monje!…. Eso se dice, y que de las flores nace el amor. Dentro de ese amor se crea en un lugar de nuestra mente; y al ver y saber que esa mariposa vestida de mujer es nuestra ninfa, la diosa de nuestros sueños. Vive dentro de su capullo, hasta que el tiempo y el destino le hacen que ella misma rompa ese nido de seda comiéndose la parte exterior.

A base de bocados se come el capullo. Lo rompe cuidadosamente. Procura por todo los medios no dañar ninguna parte de su delicado cuerpo. Su cabeza agachada, le da vergüenza salir. Es porque ella sabe que su belleza es inigualable. No hay dos iguales a ella sobre la capa de la tierra. Sus halas plegadas a su cuerpo. Ha salido pero no podemos ni imaginarnos sus colores, ni su belleza. De su abultado vientre, donde guarda un líquido muy especial; si este producto que ella lleva dentro de sí. Es algo que lo ha ido crenado mientras estaba confinada dentro de su bello cascarón. Guarda en su interior un líquido especial. Este tiene un aroma y una sangre de colores que hace que la belleza sea cosa de un milagro. Un aroma envuelve a esa mujer de los sueños. Unos polvos mágicos… Sí, no penséis mal… tiempo tiene esta maravillosa hembra de hacer con su bello cuerpo lo que desee. ¡Es libre, nada, ni nadie tiene derecho a ser su dueño, nació en libertad!… ¡Quién pudiera nacer igual que ella! No todos podemos hacer lo mismos con nuestros actos. Está sobre su nido, ha roto todas las ligaduras que tenia para que su cuerpo se fuese transformando en lo que es ahora. ¡Sabe que la envuelven sus preciosas halas, y para que podamos ver el milagro de la vida, abre lentamente sus alas! Como por arte de magia; inyecta el líquido guardado durante todo el tiempo que permaneció encerrada. Como si fuese un mecanismo extraordinario, cosa perfecta lo va inyectando lentamente por esas diminutas venas que cubren su cuerpo. Se han abierto sus alas; están llenas de sangre. Seguramente es una sangre muy especial; porque si la nuestra es roja, y no somos ni por mucho desearlo tan bellos como lo es ella; no sé de qué color será. Se siente llena de vida, y para que pueda volar se han de secar muy bien sus alas, antes de emprender el vuelo hacia lo desconocido. Pasado unos minutos comienza  mover sus delicado cuerpo, siente la vida dentro de su mente, mira a su alrededor, y alza sus alas al viento. Para que su belleza quede reflejada en el iris de nuestros ojos. ¿Piensas?… Sí, tú, en una mujer, la cual está sentada en el tocador de sus sueños, pintándose su cara, sus ojos, y retocando su piel con el maquillaje para envolvernos en la locura en ese día de su boda.  La mariposa hace lo mismo vestida de seda, hincha sus alas con el líquido que guarda para este precioso momento. Se ve bella, se sonríe, se siente mujer, y una vez inyectado ese manjar; sus alas son de una belleza sin igual. Las abre, y estiras sus delicadas fibras al viento para que se sequen y puedan mostrara el color y el perfume de las rosas al legar la primavera, y con ello, para que la hermosura salga de sí misma y resplandezca con toda su belleza ante nuestro ojos. En ese día tan especial, en el cual, muchos de nosotros hemos vivido. Unos de una manera, y otros, con el sueño de haber sido… Sí, engañados por el resplandor de los misterios de esta maldita vida.

En un altar lejano. Hace muchos años. Si entonces era joven. Esperando que llegase esa mariposa. Se hace largo, el tiempo de espera, se alarga y cada segundo me parecían siglos, yo no sabía el por qué de estos nervios, pero sí, yo lo estaba, y cuando el tiempo nubla la mente suena  una marcha triunfal en el interior de esa iglesia… Apareció vestida de blanco igual que la mariposa. Sus cabellos sobre volaban sus hombros de encajes. Blanco era su precioso vestido. ¡Fue el día en que ella iba vestida de inocencia! La vedad es que aquel día estaba my bella, y yo sin saber nada de la vida. De sus lindos ojos avellanados brillaban como algo  extraño; algo me aconsejaba, y me decía en mi interior que me marchase, que no me casase con ella, pero por aquellos entonces era la mujer de mi vida. Qué lástima no haberlo hecho. Dios me castigo el haberme casado con una mariposa. Cegado por el brillo de sus colores me fue dejando ciego para el resto de los años de los cuales yo fui preso de la belleza. Cosas que pasan y que mejor que no la hubiese conocido nunca, ya que su vida estaba llena de hechos malvados, y que ella los ocultaba y jamás lo supe; solo su brillo, esa era la luz que me hacía seguir los pasos que me marcaba mi destino. Vi  ese resplandor en su mirada. Como una luz en la oscuridad que te quiere decir algo que en ese preciso momento no sabes que es lo que notaba. Había algo extraños en aquella mujer, a la que según tú, la amas. El  color del cabello era de un claro marrón tirando a rubio. Este le caía sobre sus hombros del color de las rosas blancas. Llegado al altar… sí, a ese lugar donde todas las mujeres desean llegar un día soñado. Cosa que para llegar no les importa hacer cuánto sea necesario para conseguirlo, y si hay que engañar, sé engaña. Todo vale, para conseguir el camino marcado por las costumbres, sin mirar si eres digna de vestir de ese color. Sin miramiento alguno… todo sea por el momento de estar vestida de blanco; o mejor dicho vestida de inocencia…

Fechas reales de todo cuanto aconteció a esta mariposa. ¡Dirán que es mentira!: nada más cierto que ello, cuando una mujer se viste de esta manera solamente para conseguir lo que no merece… no hay dios que valga, es mucho más poderosa la mentira que la pura realidad.

18 de Julio del 1965… o… 18 de Julio del 1966. Fiesta en las minas de Alquife. Amenizaban el conjunto de los Godos. Toni L, pepe L, y compasa. ¿Sé perdió la mariposa y se convirtió en cigarra?

14 de Noviembre del 1971. Rubi Barcelona. Vestida de inocencia.

29 de noviembre del 1971. Segunda vez que vendió su cuerpo, en mi propia casa. ¿Y no sé en qué se convirtió?

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez el sevillano.

Vivir dos veces

¡Vivir dos veces!

Seré un fantasma

¿Si no vuelvo a vivir de nuevo: deseo ser algo así, como si fuese eso… un fantasma que herrará por la tierra, buscando la vuelta a mis sueños no realizados, y quiero pagar los errores cometidos en mi primera vida?

Es triste vivir cuando no has podido realizar los deseos que en el paso de los años soñaste, los amores deseados, los que nunca tuviste, y a las mujeres que durante los tiempos vividos no pudiste darle el amor que tú mismo les prometiste al besar sus labios pintados de carmín.

En este mundo hay muchas personas que se conforman con la vida vivida. Otras muchas, se sienten felices al ver lo que han dejado tras de sí. ¡Yo no me siento feliz, por ello deseo volver nuevamente aunque me volviese a equivocar de nuevo un millón de veces, para arreglar las cosas que deje a medias; las que se quedaron cerca de mis labios y no fui capaz de besar! Otras muchas con las que no hice el amor con ellas, y cuanto me arrepiento de haber sido eso, la sombra de lo que soñé ser, y no un simple payaso que se pintaba la cara de un hombre feliz, cuando en verdad, solo era la sombra de mi propia vida de la cual fui errante de los caminos que no caminé.

Hace mucho años que fui algo a si cómo un virus, si pero no tan tremendo como el que tenemos hoy en día, puede ser que fuese tan pequeño como este, sí y seguramente muy chiquitito, que no se lograba ver con los ojos con los cuales miramos cuando pasa una mujer hermosa; a las cuales antes se les podía decir algo parecido a un piropo. Pero ya no nos está permitido decir nada. Son mujeres empoderadas y son dueñas de su cuerpo y además de tus palabras las cuales se la lleva el viento y no nos queda ni tan siquiera los sueños con los cuales los mortales hemos soñado durante tantos años.

Sentirse ser solo una hoja que se la lleva el viento. Una gota de agua que se resbala por la piel de unos ojos de mujer. La sombra de unos besos que se refriegan con uno  labios soñadores de una preciosa hembra, y de los cuales, ya no nos queda el sabor de su boca.

¿Qué pasó en mi vida: por qué no puedo ser lo que hoy en día sueño?

¡Sólo, sí, sólo camino por senderos extraños! Miro en la lejanía el brillo de tu mirada, el resplandor de los lagos de tus ojos, y cuando estaba cerca de ellos no era capaz de hacer lo que tú me pedías. ¿Para qué vivir si no fuiste lo que te decías a ti mismo?

¡Qué lejos queda la distancia, y qué cerca está el adiós de la vida! ¿Cuándo seremos la simiente de las flores… y cuando tú besarás mis labios junto a mi cuerpo?

¿Seremos lo que tanto he soñado, o tal vez solo seamos lo que tú y yo pensamos aquel día que sobre las hiervas del campo besaste mi boca y dijiste te quiero?

¡Llévame a pasear! Sí, hazlo por favor, que el tiempo se acaba y nada de lo que tú me diste queda en mis recuerdos. Qué pasó entre tú y yo… ¿No queda nada, todo se borró con el paso de los años, y después que hay… dime, qué queda de tras de lo vivido?

Hay amores que jamás se olvidan, besos que te dejan impregnada en nuestra piel.

Cuentos que nunca se acaban, comienzan con: Era sé una vez una mujer de cristal; qué daba sus besos y tus labios se quedaban cristalizados para la eternidad.

Erase una vez un sueño: qué te decía cada vez que tú estabas sobre le piel tierna y sedosa de una bella dama al sentir su cuerpo jamás lo podrías olvidar durante el resto de tu vida. ¿Cuántos de esos hemos soñado durante estos años? ¿Has contado cuantas veces te equivocaste, de cuantas cosas te arrepientes de no haberlas hecho? ¿Ninguna… yo si lo hice, pero se paso el tiempo y mi mente no dejaba que yo hiciese lo contrario, no, solo la belleza era la imagen que me transmitía mi cerebro, y ese fue mi gran error?  

Belleza, y no fijarme en su interior, sólo la imagen de una cara bonita y detrás de ese semblante qué… Jóvenes inocentes, cuando la edad de los sueños no hacía ver, mirar, desear y comerse esos labios pintados o sin pintar; que más nos daba si todo eran sueños de una feliz primavera. Ha llovido tanto… que los surcos de nuestra piel quedó arrugada y jamás logro ponerse tersa y suave nuevamente.

¡Cógeme del brazo, que ya me cuesta trabajo caminar y tú puedes hacer que yo vuelva soñar de nuevo cada segundo de este tiempo que me das al estar junto a mi cuerpo! ¿Mira, ves aquel lago, aquella orilla donde el remanso de las aguas se refleja las ramas de los sauces?  Llévame, sí, pero no corras, que quiero saborear el aire que se respira al tenerte a mi lado nuevamente.

¿Cuánto tiempo ha pasado desde aquel día… no te acuerdas o no quieres que yo te recuerde los besos que nos dimos? ¿No fueron tantos, verdad, tú te fuiste y dejaste las heridas dentro de mi corazón? No fui para ti el hombre deseado, el que te hubiese dado lo que tanto tú querías que yo fuese. La sombra que te abrazase, la que te protegiera de todo cuanto tú has sufrido por mi culpa…

Cuando lleguemos a la orilla, me arrimas al tronco de ese gran árbol, del cual sabe todo cuanto yo pasé y cuanto he sufrido por tu amor, ese amor que se alejó de mi porque no era tu hombre, solo era un extraño que no te daba el amor deseado y solo eran sueños y nunca supe hacer otra cosa que soñar y dejarte queriendo tus besos y de los cuales ya no me acuerdo de ellos.

Tú, mientras yo me quedo dormido: has de tirar unas pequeñas piedras sobre las aguas del lago. Por cada piedra que tú tires verás cómo surgen perlas de cristal de sus aguas y con las cuales yo te haré un collar; el que llevarás sobre tu piel y cada vez que las toques sentirás en tus labios unos besos, que te harán recordar lo mucho que sufrí por tu amor… pero no quiero que llores, no, por favor, no lo hagas, solo quiero que sepas que también te quise aunque fuese a mi manera. Durante ese tiempo, entre el sueño y el adiós paso no sé cuantos años pasó y tú seguiste siendo joven y yo me fui por la orilla hasta el lugar donde se reúnen las hojas muertas y entre ellas yo me sentí por primera vez, feliz, si, lo fui pero desde la distancia te recordaré el resto de los tiempos hasta que se cumplan mis deseos, ese, del cual yo quiero volver a buscarte y poder remediar el daño que hice en tu corazón.

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez

El sevillano. (��8`��x���c

La vela de las estalagmitas

La vela de las estalagmitas

Cada persona al nacer, somos eso, una pequeña vela. La mía era  de aquellas que se colocan sobre el aceite con agua, sobre una taza, o un platito pequeño, y el día que la encendieron casi se apaga. No era posible mantenerla encendida, había que mirar que no estuviese abierta ninguna ventana y que las puertas estuviesen bien  cerradas para que no entrase nada de viento, y solo con una simple brisa se apagaba. Yo era muy débil, muy chico, muy feo y casi deformado; solo tenía, mucha cabeza; y mira que hoy en día la tengo más bien pequeña, quiero decir la cabeza, lo demás ya no puedo vérmelo, así que no sé si es grande o más bien pequeña… En aquel lugar; ella era la única que quería, y deseaba de todo corazón que yo estuviese con ella; la maravillosa mujer que me pario, era la única persona en aquel inhóspito lugar y además muy lúgubre que lloraba por mí. ¡Le he preguntado muchas veces! ¿El por qué me trajo a este maldito mundo? Aquí solo viven los malos, las personas que son buenas, solo están para sufrir en esta tierra. ¿Y si no me crees, mira a tu alrededor, y veras que esas muchas gentes que te rodean son las que salen adelante, como sea, a base de hacer cuanto es necesario para sobre vivir, y al resto, lo pisan, lo entierran bajo sus poderosas botas de caminar por el asfalto caliente que se hunde al ser pisado.

Estos ya nacieron siendo velas, o más bien, cirios, de esos poderosos que se ponen en el altares de las iglesias. Unos son de colores, y a otros le hacen dibujos para que sean mucho más hermosos y vistosos que los demás.

¡Yo soy esta pequeña y pobre vela! La del platillo con el poco aceite que había en aquellos tiempos.

Un hospital para los pobres, sí, allí nací, y para que se mantuviese encendida qué trabajo di; y yo me pregunto ¿Si tanto costo tenerme con vida? ¿No hubiese  sido mejor dejarme morir? Para lo que he vivido en este mundo no merece la pena haber nacido.

Han pasado los años y me arrepiento de haber estado en este desgraciado mundo.

Hoy, al cabo de los muchos años que tengo, miro la vela de mi cuerpo, y sigue encendida. Eso que en esta vida he tenido tantos avatares que no sé cómo es posible que la mecha se mantenga viva. Por muy fuerte que hayan sido el viento y las grandes marejadas; no se ha apagado; con lo mucho que yo deseo que lo haga.

¿Cuántos años hace de ese día? Qué más da, los he vivido, si así se puede llamar el haber estado en este lugar. ¡Si yo contase, todo cuanto he pasado, creo, que yo sería un libro, y que su peso costaría trabajo tenerlo sobre las manos, y con las muchas hojas de su cuerpo se nos caería de ella! ¡Esto ha sido culpa de mi madre; si de esa hermosa mujer que me trajo aquel día fatídico!… Pero sigo aquí y por eso les cuento esta pequeña historia de mi vida.

¡Sigue encendida!… ¿Te has propuesto que yo viva hasta que a ti té de la gana verdad?

¿Cómo he de pedirte que me dejes descansar de una maldita vez?

No te das cuenta que no he valido para nada en este mundo, no has visto muchas veces los malos momentos que he  tenido que tragar, por qué,  tú  y sólo lo tú lo has querido. Hoy, de rodillas te lo pido. ¿Déjame descansar de una vez, haz el favor, y llévame a ese mundo donde viven las personas que son como yo? Las que sueñan con todas las cosas bella que sé que hay en este mundo, con las flores de colores, con las bellas mariposas y con los duendes que se esconden tras de una pequeña ramita de romero.

¿Has visto mi cuerpo? Sabes lo que son las estalagmitas, te das cuenta como corre lentamente la cera por sus paredes, y se van arrebujando sobre la corteza de su cuerpo. Ves como sólo soy arrugas, y no es un cuerpo bello y bien formado, todo es el sobrante de una vida, sí, de lo que queda de ella, y que si la enciende de nuevo hay que ponerle en el centro una nueva mecha; y la mía, está quemada, y sobre todo achicharrada, ya no queda nada de ella.

Eso soy yo, solo una vieja vela, la que un día la encendieron y después de tanto caminar, solo vivo del recuerdo, de los sueños y de las muchas cosas que hubiese deseado haber vivido, y creo que muchas de las borrascas que tengo en mi mente, y que están en mi baúl de los recuerdos todo, son casi todo, es mentiras y, nada de la verdad puedo contar ya que si lo hiciese dirían que no es cierto, que estoy loco,

¡Un número: dicen que son  los años que tienen la vieja vela de mi barco! Qué sabrán de mí, los que cuentan esas cosas. ¡Ya no tengo ganas de vivir, solo deseo de todo corazón, que llegue ese viento del sur, que me lleve consigo hasta que yo pueda ver ese mar que llevamos dentro de nosotros mismos!

El forjador de sueños

José Rodríguez  Gómez. El sevillano                                                                                                                     

28 de febrero

28 de febrero:

Día de nuestra querida y añorada Andalucía.

¡Cuarenta años y nada ha cambiado! Tanto monta: Isabel como Fernando.

He visto la televisión y todo sigue igual: después de tanto años, y la vida, sigue, no pasa nada. Mande quien mande, ellos se ponen las medallas. Estas están realizadas  exclusivamente para ellos. ¿Y para el pueblo que los parta un rayo? Todo es del color que lo hicieron: Mira que hace tiempo que las cosas son comunes y otras no tan comunes; pero siempre llueve para el que tiene un paragua, y el que no; pues se tiene que joder, y se moja como siempre le ha pasado; El nacer en una cuna pobre tiene estas cosas. Al paso de los años yo pensé que algún día esto cambiaría al menos aunque fuera solo de cara para la galería, y que se acordasen de estos millones de pobres que salen de madrugadas de sus casas, o de sus chozas, y se van al tajo con su legona bajo el brazo. Muy temprano con sus quíncanas y un pedazo de pan duro para poder alimentarse. Después de la dura jornada de trabajo de sol a sol, poder llevar a sus humildes casas una ración de comida y, a si poder criar a sus hijos. Antes eran otros tiempos, si, ya lo sé que antaño lo era y mucho más duro que hoy en día, pero no con ello; no ha cambiado nada, todo sigue igual, y esto sigue siendo duro, y más al saber que la tierra no es tuya, pero al paso de los siglos sigue siendo del señorito; como siempre lo ha sido y lo seguirá siendo…porque esto no tiene camino de cambiar, ante lo que se les avecina en estos años de prosperidad y beneficios según para quien. Aquellos tiempos tan duros en el que la pobre su mujer le preparaba la comida para poder aguantar la dura jornada de trabajo. Su comida solo era lo que buenamente se le quietaba a sus hijos para que ese hombre trabajase y pudiese ganar algo con lo que poder comprar una hogaza de pan y un poco de aceite de oliva para poder mojar en una platito chiquito unas migajas de pan duro.  Estos hombres antes de comérselas, se la guardaban, y se la llevaban de vuelta a su casa para que sus hijos más pequeños se la comiesen. Cada día sale el sol por Antequera y el rio hace sonar el agua cuando pasa la corriente y lo que nunca ha cambiado y nada nos dice que algún día pueda cambiar es que al perro pobre todo se le vuelve pulgas.

¡Toreros, cantantes, deportistas, legionarios, militares, empresarios y toda clase de personajes que según ellos son los que han levantado esta tierra! Sí, ya lo sé, que los socialistas se han llevado durante cuarenta años dominado esta  nuestra querida tierra y no han hecho nada; y ahora están los azules, y por lo que he podido ver tampoco hacen nada que no sea arrimar el ascua para su bolsillo y que todo sigua igual y que por mucho que el río haga ruido y que sople el cierzo en pleno día… nada cambiará en esta tierra…

¿Pregunto yo?… Ningún hombre del campo es merecedor de una de esas muchas medallas que se cuelgan unos a otros, no hay una para esas personas de la que yo le he hablado antes… No creen que una de las muchas que hay en nuestra piel de toro, creen que no sería merecedor de poder colgárselas en ese cuello arrugado por las inclemencias del sol cuando llega el verano, y donde hasta las chicharras revientan del calor que hace en esos campos de nuestros queridos caciques.

¿Qué he sentido cuando he visto cómo se las reparten; y cuando se dan el abrazo se dicen unos a otros?… Cuando tú estés en mi lugar; acuérdate de mí; que yo te la di primero a ti y algún día puede que tú me la tengas que dar a mí…

¡Día de Andalucía!… O mejor dicho; el día en el que se les reconoce a unos cuantos sus valores, y a los que en realidad hicieron tanto por esta tierra se les entrega una esquela mortuoria sin fecha ni recuerdo…

¿Cuánto nos queda por ver? ¡Viva nuestra querida y sufrida piel de toro! Para unos la piel y la carne; para otros los cuernos y el sudor de sus frentes.

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez El sevillano

El espejo de Cupido

El espejo de Cupido

¡Maldito seas mil veces, sí, maldito seas!

Hace un año desde ese día fatídico, en el cual me miré en el espejo de tus ojos. ¡Y tú, me engañaste, sí, lo hiciste! ¿Por qué, al mirar el iris de tu mirada engañas, al que al haber sido aconsejado por ti, haces que se crea todo cuanto tú le dices; y después, qué? ¿Qué dirá después de haber emprendido la marcha hacia lo desconocido, que le queda a esa persona dentro de su corazón? Volando hacia lo incierto, pensando en tus palabras; se atreve a levantar el vuelo. Ese vuelo que nunca se atrevió a hacer antes de ahora, y llegas tú, en este día tan especial, lo engañas, sí, lo haces vilmente y lo dejas a su suerte.

¿Sabes que le ha ocurrido a ese pobre hombre, sí, a ese que le dijiste que era joven, que los años solo son un numero? ¿No te lo han contado: pues yo te lo voy a contar, para que lo sepas y además que se enteren todos? Todos esos desgraciados que te hacen caso cada año, y al llegar este día, sí, el de tu cumple años, o mejor dicho en tu santo. Día de los enamorados. San Valentín. Menuda cara tienes, o mejor dicho; que infelices somos todos los que sin querer hacerlo te hacemos caso, y nos creemos que somos todo cuanto tú nos cuentas.

 ¡Jóvenes, qué más quisiéramos ser, eso; si, con los años que tu siempre aparentas!… Ser otra vez, joven, y qué más quisiéramos; ser, eso… Tener la edad de volvernos a enamorarnos otra vez. ¡Si todos los que lo hemos hecho lo pudiésemos hacer, sabiendo todo cuanto nos ha pasado en esta desgraciada vida; creo que ninguno lo volveríamos a repetir!

Al menos yo que al ver y saber que era lo que me esperaba, jamás lo hubieses realizado… Cuantas lagrimas derrame, cuantas horas sin dormir al ver que solo era una facha, una sombra en la oscuridad, y sin ver la luz por ningún lado, sólo. Sombras que se burlaban de mi persona, y después de las risas… se escuchaba mi llanto. La pobre imagen que ofrecí ante mis propias dudas… ¿Quién me lo iba decir: fracasar por culpa de un pequeño y diminuto angelito, que sin tener piedad de mi fui engañado y probé fortuna?… ¿Adonde fui?… Qué se yo, eso solo lo saben las pocas personas que me vieron cerca de ellas y, cosa que jamás volveré hacer en el resto de mis desgraciados días.

Joven, pequeño, un angelito de juguete, con sus flechas en su espaldas y, enamorando a todo el que se pone ante su mirada. Y el que tú ves más infeliz, a ese, lo engañas, y le dices cosas al oído para que se envalentone y se atreva a hacer cuántas cosas tú le cuentas al oído. ¡Tú puedes hacer cuanto yo te diga! Hazme caso, y veras que bien te va la vida. Y tendrás a la mujer que has soñado en tus brazos soñando en los años de tu juventud.

¡Canalla! ¿Qué te puedo llamar para hacer que te sientas culpable de lo que a mí me ocurrió? Cuántas mentiras que desgraciadamente me creí de ti.

¡Te dije que si me engañabas te iba a clavar todas tus flechas en tu delicado cuerpo! Te estoy esperando a que  te pongas frente a mí, si es que te atreves.

Sabes lo que es hacer las maletas para emprender una nueva vida. Llegar, ver, creerse todo cuanto ha pensado nuestra mente, y enfrentarse a una mujer, si, a una mujer que espera de ti cuantas cosas le decías en la distancia, y cuando estás delante de ella, te das cuenta que todo cuanto ha soñado se le rompen al caerse de sus manos bolas de cristal y que todo ha sido un sueño, que nada de lo que le entraste en su dolorida mente, nada es cierto. Que tú no eres ese hombre que esperaban en la distancia del tiempo perdido, y que solo eres un viejo payaso, que se creía que era todo cuanto no es en realidad. Solo es un viejo, si un viejo que al estar delante de esa mujer. La que le decía que era un hombre joven, que deseaba estar a solas con él y al tenerla delante. ¿Qué te creíste que pasaría? Cuándo se resbaló la gasa que le cubrían sus doloridos ojos, esos ojos que ya no tienen fuerza, ni claridad para ver las cosas con el color que le mostraba su viejo corazón; todo lleno de lagrimas al verse derrotado ante la pura realidad de la vida.  Ese hombre, destartalado, hundido por las tristes horas del engañado. Y lo peor de todo ha sido engañado por un niño, sí, un niño que vuela, y que le sonríe a todo aquel que se ha creído ser… eso, un hombre, joven, y lo que en realidad, no ha sido nunca. Todo el que se cree las mentiras que tú les cuentas, al final, nada… Se ve derrotado y tan destruido dentro de sí, qué jamás volverá a vivir la vida, y menos a ser capaz de mirar a otra mujer.  Ni su sombra es capaz de seguir haciendo cuanto le dijiste… Es un gigante de barro, qué con las primeras gotas de lágrimas que se le caían  de sus heridos ojos… se derrite ante la pura realidad.

Soñar es hermoso, pero cuando se es joven, pero no cuando las heridas solo te permiten comprobar que no eres tal cosa y como se atreve a mostrarte ante una hermosa mujer. ¡Tú: no vistes la sonrisa burlona de esos labios cubiertos de carmín!…

Los girones de la piel de mi corazón salía como la hiel que sale de la boca cuando te das cuenta que no estás vivo, y que estas besando a una hermosa mujer, y es ella es la que tiene vida dentro de su cuerpo y al abrazarla tu estas helado y tiemblas de miedo al pensar que no darás la talla. ¿Y qué harás después, como salir volando, si el pájaro de hierro no ha llegado;  tú te quedas en la soledad de la tristeza?… hay que haberlo pasado para saber que se siente en esos tristes momento de nuestra vida; al haber pensado que todo es posible en esta vida, y no es así, siempre hay un tiempo para cada edad y cuando se cruza el umbral de la vejez: hay que sentirse lo que somos… viejos, y no creerse que todo lo puede el amor. Mi posdata para este triste día de San Valentín.

Antes de salir de tu cascaron… mira si las paredes de tu cascara es lo suficientemente joven para enfrentarte con la realidad de la vida. y si no puedes, quédate adonde estás, qué estarás mucho más bonito; siendo un viejo que querer ser ese don Juan que probo fortuna y encontró solo cenizas para pintarse la cara para que nadie lo pudiera conocer…

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez

 El sevillano.

El hombre que no sabía reír

El hombre que no sabía reír

Erase una vez, un hombre que no sabía reír.

Hace mucho tiempo, cuando en la tierra aun no se sabía el por qué las personas sonríen. Sí, cuando alguien les cuenta algo que le es gracioso, simpático, agradable, los músculos de la cara se contraen y forman una muesca en nuestra piel y el sonido de su garganta les hace emitir una carcajada que se puede escuchar a distancia de esas personas.

¿Serán felices… me pregunto yo? Cuando en esos momentos, sus ojos ven algo, sus oídos escuchan palabras, cosas, imágenes, que en nuestro interior nos refleja un hecho; no hace falta que esa la propia voz la que nos hace hacer tal cosa.

En mi soledad, con solo ver un hecho real, o tal vez solo sea una vieja película; en la cual, ocurren cosas, que se convierten en sueños, los cuales en nuestro interior nos recuerda momentos vividos. Yo, lloro, sí, de mis ojos caen ríos cristalinos que resbalan por la piel de mi cara, y no soy capaz de detener tal hecho; sea o no sea real. Sólo las imágenes que entro en el interior de mi mente. En vez de sonreír: dos ríos de agua cristalinas brotan de mi mente.

Habremos personas que también nos sentimos felices cuando escuchamos la voz de alguien que nos hace con  el timbre de su voz, y que solamente al escucharla sabemos que es la parte que nos hace falta para tener dicha felicidad con ella.

Cuando en la soledad de las personas, las que nos sentimos viejos. Si viejos…. ¿Te has pensado llegara tener esos años? Cuando se llega, nadie sabe qué es lo que te guarda ese silencio. Mirar en la oscuridad de la noche, sentir el miedo dentro de tu mente, recorre las sombras de tu alcoba, y ver las cosas. Sí, esas cosas, las que  tú crees ver, sin que en verdad; sean ciertas o no. Sin que  sean ciertas. Solo son sombras que nos acompañan en esas horas de la noche o, más bien en cualquier momento de tu vida.

¿Tú te ríes? Es cierto que en tu mente lo que tú crees ver, escuchar, o sentir; eso es algo que te hace ver tu propia mente, y la mayoría de las veces son mentiras. Sí, son solo mentiras que nosotros mismos creamos para hacernos ver que somos felices entre las sombras de lo incierto.

En la vida, en el propio cielo, en las aguas de un río, en los caños de una preciosa fuente, en la flores, en cualquier diminuta florecilla, en el perfume de las rosas, en cualquier cosa por muy pequeña que sea; esta nos hace sentir dichosos de poder tenerlas entre nuestras manos temblorosas.

¡Quien sonríe, es una persona joven! Pero cuando los años ya son parte de tu sombra; sí, cuando el cuerpo se siente erguido, y vemos en las paredes la sombra de nuestro esbelto cuerpo pasar; no pensamos que sea algo que nos importe en esos momentos de la vida.

¡No es mentira, es la pura realidad de las cosas! Esas que conforme pasan los días, los años, y nuestro cuerpo ya no camina esbelto, sino que nos vamos curvando, y vemos como colocamos los pies sobre el suelo para no caernos; es cuando comenzamos a pensar que no todo es color de las rosas. No, no lo es, y comienza un trecho, si, el que nos queda por recorrer.

Siempre digo que las personas que hablan solas por las calles, no están locas. Aunque para muchas sí que lo están. Es porque ellas no han vivido esos tristes momentos de la soledad.

¿A lo mejor son los años los que hacen que nuestra mente y la entereza de nuestros actos, no nos hacen lo fuerte que tendríamos que ser?

Para poder hablar hay que llegar a esos tristes días, a esos momentos de nostalgia, cuando nadie te dice… buenas noches viejo. Para muchos es una burla, decirles viejo, pero no lo es. Es la verdad la que se ha disfrazado de máscara y llegado estas fechas: cuando los carnavales comienzan, la sátira envuelve la verdad y las mentiras dentro del mismo papel… ¿Tú sabes lo que es verdad y lo que es mentira? ¡Yo no lo sé, por eso lloro cuando creo que es el momento de hacerlo y como nadie me ve, limpio mi cara y enjuago mi piel, y la envuelvo en una sonrisa; la que nadie sabe el por qué lo hago. Lo hago porque yo no sé reír… O tal vez porque he llegado al rincón donde las hojas muertas de  se reúnen, y se cuenta las cosas que antaño vivieron. ¡Muchas de las cosas que nos contamos, son… mentira, pero las contamos para hacernos el fuerte, el macho, o tal vez escondemos la puara realidad de lo vivido en nuestra juventud!

¿Soy muy duro, o mejor dicho… muy tierno? En verdad solo tengo que decirle a mi mente, algo que recuerde, o que me pregunto yo mismo, es verdad lo que estoy viendo… entonces lloro sin saber el por qué lo hago.

Vivo desde hace mucho tiempo en ese rincón, sí, en el rincón en el cual están mis mejores amigos. Los que nos reunimos cada vez que la mente de los que hablamos solo en las calles, en los rincones de nuestras sombras nos hacen ver, en los sillones de los parque, y cuando un niño se nos queda mirando, y al verlos sonreímos, ellos salen corriendo al ver que un viejo, se ríe solo, y llora al mismo tiempo, u que tú lo busca con la mirada para poder ver el brillo de sus lindos ojos.

El forjador de sueños

El rastro de un viejo caracol

El rastro de un viejo caracol.

Era sé una vez un viejo caracol: que tras sus pasos iba dejando una estela plateada.

A la luz de las estrellas, y sobre todo, cuando había luna llena. Era como si él desease que todas las personas que ya pasamos de los treinta le siguiésemos, y que al mismo tiempo, fuésemos a su lado en su lento caminar y, junto a él le escuchásemos los múltiples recuerdo que en su corta vida iba guardando dentro de su pequeña cabeza.

¡Hoy ya no tengo esos treinta años, no, no los tengo, pero sí que tengo muchos más que él y, creo que yo también tengo tantos y tantos recuerdo!

Las personas cuando llegamos a esta edad; de la cual, no quiero ni recordar los muchos años que hay en mi viejo cascaron.

Él deja una estela del color de la plata, y cuando se abre la mañana y después de haber llovido se le forman gotitas de perlas de cristal y brillan con los primeros rayos del alba.

En silencio, sí, en silencio hace su fatigado caminar, sin hacer ruido alguno, pasa por este mundo, y nadie le ha escuchado quejarse de su pesada carga, ni del dolor de sus viejos piececitos que lo arrastra sin descanso, hasta que llega aún lugar donde hay un riachuelo de aguas cristalinas.

Sacia su sed, una sola gota de agua es suficiente para calmar el llanto de su silencio.

¡Le tengo envidia, si, es verdad que se la tengo! Yo llevo viviendo mucho más tiempo que él, y me quejo de todo, sin embargo, a este amigo silencioso; nunca me dijo que era triste o que era feliz. ¡Qué envidia le tengo!

Él y otros muchos caracoles, fueron los que forjaron el camino hacia velen.

Sí, es cierto qué fueron ellos los que lo crearon, y a si, los reyes magos de oriente fue que al mirar desde lo alto del firmamento vieron relucir ese camino plateado que conducía hacia un lugar muy lejano; del cual yo no les puedo hablar, ya que nunca estuve en tal sitio y tampoco tengo tantos años como para haber estado en ese preciso momento.

Hay un camino para todas las personas, y para todos los seres de poblamos esta tierra nuestra. Unos son plateados como los de este pequeño amigo nuestro, y otros son mucho más grandes y aparatosos. Como es el camino de los elefantes.

¡Los hombres también dejamos una estela, lo que ocurre, es que la nuestra, está formada por una serie de sombras que se pierden en la oscuridad de la noche! A si, nadie sabe qué fue de tal mengano o de tal fulano; ese que hace tiempo que no escribe, ni nos cuenta sus sueños.

Nuestro querido amigo lleva en su cabeza un par de cuernecitos que son sus ojos, y en cambio, los hombres, también los llevamos; pero estos ojos, fueron ciegos y con el paso de los tiempos; seguimos tan ciegos como el primer día que nos trajeron a este maldito mundo.

Estoy muy viejo; aunque no lo quiera reconocer y, si almeno dejase una estela. ¡Me da lo mismo del color que sea, pero que se pueda ver desde las estrellas! Sería maravilloso poder contemplarla, y el día que ya no pueda caminar, por estos caminos empedrados, que los he recorrido tantas veces; que mis pies me han dicho; vasta, no puedo seguir con tu tristeza. ¡No ves a tu viejo amigo él caracol, que sin haberme contado nada de su vida, él ni dice que es viejo, se calla, y con una suave sonrisa me da los buenos días para mí, y para todo aquel que se cruza en su camino! En cambio tú, te quejas, lloras. Yo se que tú también dejas una estela, lo que te pasa a ti, es que tú la vas regando col lágrimas de sangre, de un color, roja, embarrada por el polvo del camino que te tocó vivir.

Todos los seres de la tierra hacemos lo mismo que este diminuto animal. Lo mejor que él tiene, es que siempre lleva consigo su buena casa. No le hace falta que nadie le de cobijo, ni que le ponga un plato sobre la mesa, ya que luego, este plato, se multiplica por cien al haber sido prestado y no entregado de corazón solo por hacer el bien al hambriento. ¡Tú quieres que yo te siga! Soy yo el que te pido que seas tú el que sigas tras mis pasos. ¡Si, lo sé, que yo corro muncho más que tú: pero me caigo muchas veces y tú en cambio nunca te caes! Tú caminas despacio. A ti y no te importa el tiempo que tardes en llegar adonde tú quieras. Para ti el paso de los días no lo cuentas, tú sigues caminando, y cuando lo deseas, te paras, miras a tu alrededor, sonríes, comes, duermes, y nada ni nadie te influye en tus sueños. Tú no despiertas  por la noche. En cambio yo, no duermo, pienso y lloro en silencio, me maldigo tantas y tantas veces que no quiero seguir viendo en este mundo tan maldito que me ha tocado vivir.

¡En estos días de felicidad, en casi todas las casa y digo en casi todas, porque en la mía no lo es, y no ha entrado esa luz que ilumina todos los rincones de un hogar! Creo que en muchas, si en muchas más de la mitad tampoco son tan felices como tú. ¿Dime, cómo puedes tú vivir en el silencio de tu vida, dímelo… como lo haces; para vivir sin haber llorado ni una sola vez? ¿Cómo se puede vivir con tu pesada carga, sin dar un solo grito; pidiendo que alguien te quiera? Yo no puedo hacerlo, pero si te puedo decir que al final del camino nos veremos. Yo destruido y de ti solo quedara tu viejo cascaron, y dentro de él… solo habrá un recuerdo de estos días tan felices que viviste en esta tierra. Y sobre todo en estas señaladas fiestas donde la felicidad ha de llenar cada rincón de las casas de toda la humanidad. El forjador de sueños. José Rodríguez Gómez el sevillano.

El barrendero del parque 3ªparte

El barrendero del parque

3ª parte

Una doctora en siquiatría, después de haberme tratado durante unos meses, incluso uno o dos años, un día en el cual ya había terminado mi tratamiento me dijo la última vez que me vio: ¿Por qué se enamoró de esta mujer? Y yo le conteste. Porque era muy bella. Acto seguido me dijo. No sabe usted que con lo bello no se come. Después de muchos años y de muchos sufrimientos en esta vida, comprendí lo que esa señora me quiso decir. ¡Pero no lo vi, estaba ciego, era joven, y a esa edad, no vemos, no comprendemos las cosas y si además eres un poco lelo, más todavía, y pague mi error, valla si lo pague y, con creces! La piel de mi cuerpo se hizo un zallo con los girones de mi alma. Qué cierto es y, qué verdad esconde esa palabra que me dijo mi doctora… Solo con la belleza no es suficiente para ser feliz; y que hay que mirar otras cosas de esas personas, a las cuales elegimos. Es, ver de qué color es su corazón por dentro y por fuera, y muchas cosas más que hay  que mirar, y remirar, antes de dar un paso tan importante; como es, el llevar a tu casa una mujer que no la conoces de nada.

Ha sido lo más triste que me ha pasado en esta vida. Millones de lagrimas, río interminables, recorrían mi piel al haberme dado cuenta, muy tarde. Sí, lo eran demasiados los años que habían transcurrido en mi vida  cuando ya no hay remedio de poder enmendad las cosas. Sufres por dentro, por fuera, pero tu ceguera no te deja ver más allá de las pestañas de esa mujer que te ciega, que te hacer ver lo blanco negro, lo azul del el cielo en otros olores que tú te crees que son los más bellos del universo. ¡Al sentir en mi propia piel; que el tiempo pasado ha sido un castigo del cielo y no un regalo cómo pensé! Recuerdo cuando encontré a esta bella mujer sobre aquella solitaria lapida, en ese lugar tan apartado del mundo en el cual pensé… creí, y después de haberla mirado largo rato; decidí cogerla de la calle y llevarla a mi humilde morada… Cogida en mis brazos suavemente, y darle cuanto amor creí que le tendría que dar paraqué fuese la mujer más feliz de la tierra.  ¡Cuántos errores he cometido, en este larguísimo tiempo que llevo sufriendo por tantas equivocaciones!

Han pasado tantos años, y por más que lo intento, no logro olvidar, esa mirada triste, sincera y humilde… Solo humilde, pero no me dijo: eso que ves, solo es un escaparate que se muestra, para que desgraciados como tú, que los hay a millones; caigan en las redes de una araña. Pero no de una araña cualquiera, no, sino de la más terrible que pisa la tierra, de esas mujeres que se pintan la cara para engatusar a esos muchos desgraciados que creemos que con la luz de los ojos podemos engañar o enamorar a cualquier mujer por muy bella que sea. Inocentes que recorremos esta tierra para qué… Para ser esos cebos de esas hembras que buscan algún desgraciado que les de todo cuanto ambicionan.

Llovía torrencialmente. La noche se había echado encima, y no podía ver por donde caminaba. Mis pies metidos en el agua que cubría el sendero y los arbustos volaban y árboles se quería romper sus grandes ramas debido al fuerte viento en aquella tenebrosa noche. Comencé a caminar con el regalo que dios me había dado, esto es para que nuca jamás estuviese sólo. Estos eran mis pensamientos  mientras recorría dicho lugar. Mirando un lado, hacia el otro por ver si alguien me quitaría mi diosa. ¡Hasta donde llega la mente humana, crees lo que ves, sin mirar si es cierto, y si vale la pena recoger lo primero que encuentras en una solitaria calle! Pensar que lo que te llevas a tu casa es lo más importante para ti. No pensamos, y tampoco en  el tiempo qué tendremos que trabajar para alimentar lo que te has encontrado en medio de un lugar solitario. ¿Cómo había sido mi vida, antes de encontrar este regalo?

La había colocado con mucho cuidado dentro de mi carro para no hacerle daño. Mi deseo era que ella se encontrase bien, sí, a si, para que viviese a mi lado, y que cuando se despertase me viera con buenos ojos, para que jamás estuviese yo viviendo en  la soledad de este mundo.

¡Maldito seas mil veces! Sí, tú, mil veces te maldigo… es a ti a quien me dirijo, tú eres el dios de todos los seres de este mundo, pues es a ti a quien dirijo mis insultos, te maldigo una y mil veces. ¿Qué hago ahora, dime, que hago, tú me cargaste con la cruz de los sueños, esta que llevo en mis espalda, la que sangra cada vez que recuerdo mis desgracias?… Es tan grande la cruz que me has puesto sobre mis desgraciados huesos, que no puedo con su pesado madero.

¿Por qué, dime, porqué nacemos? Yo no pedí hacerlo; fuiste tú el que hiso que aquella humilde mujer me pariese. ¡Me trajo a este mundo, tú se lo mandaste y con los años y después de haber recorrido solo unas calles de mi pueblo sin salir de él! Nunca supe donde estaba el norte o el sur. Hoy, cuando ha pasado la mayor parte de mi vida.  Ya me ves, me hayo sobre este lugar y aquí me dejo; sobre este frio suelo. Encharcado hasta los tobillos, con los pies casi descalzos, caminé sin descanso hasta llegar a mi choza. Corría por los caminos del parque como alma que persigue el diablo, temiendo que alguien me la quitase. La ciudad estaba bacía, las calles solitarias. En una noche de tormenta, y para mí, creí que era la mejor de las noches. ¡Desgraciado, imbécil, qué sabrás de la vida; si jamás viste a una mujer, hoy que has visto a la primera; esta te la han regalado para que sepas por una vez en tu vida lo que vale un peine!  Corría tanto qué al llevar esta velocidad, cada vuelta de las ruedas de mi carro hacían tal ruido que muchas personas que escuchaban el chirriar de las ruedas. Ellas, o ellos sabían que era yo, pero era demasiado fuerte el sonido que emitían, parecía una tormenta. Se asomaban a las ventanas y limpiaban los cristales con sus manos para poder ver; ya que en aquellos momentos caía el agua a chuso y el vaho no dejaba ver detrás de los cristales.

La puerta de mi casa estaba abierta, jamás la cerraba, ya que el valor de su interior no era mucho, solo trastos viejos. Ya saben que las personas que nos dedicamos a estos menesteres encontramos cosas viejas, rotas, pero que para nosotros son muy valiosas, y al no tener valor alguno pues la dejaba abierta; así, no tenía que buscar la llave para entrar en mi cuchitril como yo la llamaba.

Una vez dentro, destapé la tapa de mi herramienta de trabajo, mire en su interior, temía que se hubiese evaporado, y que todo hubiese un sueño; de los muchos que pasaban por mi mente. Pero no, no lo fue; estaba dentro, y no se había despertado.

La luz estaba encendida, sí, la dejo a si ya que al ser muy pobre, este ayuntamiento me tiene por ser una persona que vive con un mísero sueldo, que es lo que ellos me pagan y por eso no la apagaba nunca. ¡Mira que bien que esta noche no tuviese que dar la luz! Era muy importante para mí que estuviese encendida. A sí, podría verla mejor, y que en el lugar que ustedes saben, donde la encontré la había visto muy poco. Eso me pasa cuando encuentro algo que me gusta, lo cojo, lo encierro dentro de mi carro y cuando llego a mi casa es cuando lo miro y lo remiro para ver el valor que tiene mi hallazgo.

Mi ropa estaba chorreando, mis pies dejando charcos de agua por doquier. Este al mojarse se hacía barro, ya que el suelo era de tierra.

Sacándola con mucho cuidado la levante, y con los pies temblando del frío que hacía; la cogí, la lleve hasta el camastro de mi cuarto. La posé sobre la cama, y cubriéndola con las mantas le tapé su cuerpo para que no temblase más de lo que estaba haciendo. La noche era una de las peores que había vivido, pero yo no perdía el deseo y la ilusión de que esta noche fuese la mejor de todas las vividas por mí.

Con unos trapos viejos, remendados y por muchos lados rotos. La fui secando sus cabellos; y mientras lo hacía, su cuerpo temblaba, y yo mirando cómo se estremecía. Al ver qué escalofríos le daban, yo temía que esta noche se muriese. Sus largos cabellos eran de un color castaño claro aunque, sin que la luz fuese muy buena, me parecieron casi negros, ya que era el color que siempre había gustado en una mujer es que tuviese sus cabellos negros. En este caso me conformé con el color que tenían y no les di más importancia.

Abrigue su cuerpo, le fui echando mantas tras mantas, hasta que dejo de temblar. No sabía qué hacer en estos casos, solo la tape y, me quede a su lado.

Me preguntaba: ¿Que hago, me acuesto con ella, o me quedo sentado a su lado hasta que se recupere y vea que la tengo en mi casa y la cual desde ahora también será suya? Si es que me quiere…

Su respiración era muy débil, casi no podía escucharla; el temor más grande para mí era, que de esta noche no saliese. ¿Y qué haría yo si pasaba algo así? Todo el mundo me culparía por tener a una mujer muerta en mi cama. ¿Qué pensarían de mí?

Temiendo lo peor, la dejé sola en mi cama. La noche entera estuve de rodillas a su lado, yo me pasé toda la noche rezando para que a su vida no le pasase nada y que se recuperase para mí.

Qué largas fueron las horas que pasé. Hincado a su lado, postrado junto a su cabecera y, le miraba su cara de plata y al llegar la mañana de canela se convertía.

Llore, sí que lo hice y no me avergüenzo de ello, no sé qué pasará después… pero en aquellos precisos momentos la amaba.

Cuantas cosas nos depara esta vida. Buscamos, encontramos, y otras tantas por mucho que busquemos no hallamos lo que tanto deseamos y, mucho más cuando en la soledad de la vida pasas tu cuerpo viviendo en un mundo que por mucho que lo intentes no hayas lo que tanto deseas; y es, tener y amar a una mujer que también te sepa querer y que te dé lo poco que se les suele pedir. Estos eran mis pensamientos y si haber estado con una hembra en toda mi vida.

¡Qué iluso, que puedes decir de la vida quien solo tuvo lo que nadie había querido! Estas cosa que se encuentran en las calles, muchas son desechadas por otras manos; que antes que tu las fueron manoseando, y quien se la queda… él que no tiene nada y recoge lo que otros no quieren.

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez

El sevillano.���

El barrendero del parque segunda parte.

El barrendero del parque

Segunda parte.

Hay noches, en las cuales, no soy capaz de conciliar el sueño, por ello, me acuesto muy tarde, y cuando he dormido unas tres o cuatro horas como máximo; despierto y, no soy capaz de dormirme de nuevo. Es  el momento que más miedo me da en todas las horas de la noche. Me tiemblan todo mi cuerpo, y el sudor brota por cada poro de mi piel. La noche se hace interminable, doy vueltas y más vuelta entre las viejas sabanas de mi camastro.

Durante el día lo paso en lugares que nadie conoce, y tampoco quiero que ellos lo puedan ver, ni sepan en qué lugar del parque se hayan estos sitios donde yo mismos siento terror. Durante todo el día no pienso en mi vida, me limito hacer mis labores y de esa manera no tengo deseo de recordar tiempos pasados.

¿Has estado en algún momento de tu vida con los ojos  abierto de par en par?… Buscando en la oscuridad de la noche, cualquier ruido que tu mente siente, se te encoje el corazón, al no saber de dónde viene y quien ha provocado ese insignificante sonido que te es extraño. Te tapas la cabeza, tiembla el corazón y el brillo de tus ojos, hacen de linternas entre las sombras de lo incierto, y escondes tu cuerpo bajo las frías sabanas en las noches del triste invierno.

Es triste vivir en la soledad. Hay cosas que un hombre no debería hacer jamás, y es, estar solo, sí, solo; peor es vivir sin que nadie te de los buenos días, y ni que te dirijan la palabra. Al ver que tu cara, y tu cuerpo,  les dan miedo, y se crea un pavor y una aureola sobre tu figura que solo con verte las personas de bien, se dan la vuelta o se cruzan al otro lado de la calle, para no pasar junto a ti.

¡Cuando esto te pasa a menudo, te lo preguntas, sí, y no  una vez, no, sino muchas veces! Hoy he estado en uno de esos lugares que hay en todos los parque, sí, en esos que parecen que durante todo el día reflejan los rayos del sol; pero hay rincones donde no dan esos rayos y solo las sombra reinan a sus anchas durante días, semanas y años; sin que nadie se acerque, ni siquiera, un solo parajillo se pose a cantar en unos de los muchos árboles que cubren estos lugares. Cuando me hayo en mi soledad, les pido, que se paren, que me canten para mi, aunque solo sea unos segundos, no, no es a si, ni por  equivocación lo hacen.

En la soledad de la noche, hay momentos, que no puedo dejar de pensar.  Me duelen mis ojos de haber llorado durante mucho tiempo, recordando tiempos pasados de los cuales no quiero ni pensarlos del daño que me infringieron sobre mi cuerpo y sobre todo, sobre mi alma y mi dolorida mente. Hoy les quiero contar algo de lo que me posó en esa parte de mi vida.

Un lugar de mi parque, sí, a si lo llamo; por que en verdad soy su dueño.

Caminaba lento, empujando mi carro de hojalata, sus ruedas de hierro, al pisan alguna de las pocas piedras que hay en todo el recinto, las llantas hace un ruido de metal y en el silencio suenan como si fuesen dos campanas que tocan a muerto. Cuando esto ocurre, y está cerca algún pajarillo sobre su nido, este sale volando, pensando que yo soy el que los mata, que soy el enterrador como todos me llaman, pero no es cierto. Yo quiero mucho a estas aves; ya que son la única presencia que me acompaña en mi trabajo y los cuales, son, los  que me dan compañía en las horas tristes de preso. ¡Qué es lo que yo soy en este lugar, el preso, sin saber cuánto tiempo me queda de condena!

Había llegado a este lúgubre rincón. Era media tarde, la luz del día se apagaba rápidamente, unos nubarrones se acercaban a gran velocidad, haciendo que la luz de la tarde se apagase en pocos segundos para que se me hiciese de noche.

El viento soplaba con unas fuerzas endemoniadas, y las ramas de los árboles querían romperse. Yo tenía que recortar unas hierbas que crecían sobre uno de los lugares más recónditos de mi vida.

Detuve mi carro, estaba cerca de la muralla que rodea este lugar. Hay una puerta de hierro, esta tiene unas bisagras que se engrasan menos que las ruedas de mi carro; que ya es decir, pero si es cierto que esta pequeña puerta hace años que no se abre, y hoy quiero cortar esas malditas enredaderas que pueblan este lugar y que con sus hojas de múltiples colores están poblando todos los árboles y todas las rosas que aquí se  crían.

Muy lento, sí, camino despacio, me da miedo, lo sé, pero no tengo más remedios que hacer el trabajo que me corresponde. ¡Este sitio me da escalofríos! Quiero agarrar el cerrojo, pero me tiemblan mis manos, y este temblor impide que yo pueda abrir la cancela que lo cierra. Tomo el cerrojo y cuando intento abrirlo noto que está muy oxidado, me cuesta trabajo moverlo, pienso en voz alta, y si alguien me escuchase; diría que estoy loco, porque estoy hablando con una vieja puerta y esto lo hago para quitarme el miedo que corre la piel de mi cuerpo. Por más que lo intento no la puedo abrir; pero lo he de hacer cueste lo que me cueste.

 Se ha cerrado la tarde, un relámpago me hace temblar, la luz de este ilumina todo el recinto y por más que quiero entrar y terminar cuanto antes esta faena, no sé cómo hacerlo. Con todas mis fuerzas lo intento una y otra vez, y cuando me quiero darme por vencido; este se abre solo, como si algún fantasma me hubiese ayudado. Sé ha corrido el cerrojo, yo en silencio me he quedado mientras estaba haba hablando con mis miedos.

El carro estaba a mi lado, y yo casi detrás de él. ¡No sé qué hacer, me digo a mi mismo! Un nuevo relámpago ha iluminado el lugar. La puerta está cerrada. No sé cómo, ni por quien… pero esta se abre de par en par, haciendo un chirrido que estremecería hasta los muertos de un cementerio.

Para no caerme, me había agarrado a los varales de mi viejo carro, esto ha sido lo que me ha sostenido para no terminar en el suelo. Tras el rayo sonó un trueno que hiso temblar la tierra, y un nuevo temblor sentí cuando mis ojos se posaron en un lugar de este maldito rincón del infierno.

Cogí la tijera que había entre mis herramientas, me puse unos guantes para no pincharme con las espinas de los rosales.

No sé si era el viento, o algún grito, que salía de un alma abandonada qué vagaba por este lúgubre lugar; pero yo sentí un lamento que sé podía escuchar y por mucho viento que hacía en ese momento; pero cada vez los sentía con más  nitidez. Esto me hiso dar media vuelta y correr con todas mis fuerzas hasta la puerta conde había dejado mi caro y cuando creí  llegara ella, la puerta se cerró con tal fuerza que hasta el cerrojo que estaba abierto se cerro de golpe. Había quedado encerrado en un lugar que era la primera vez que estaba dentro de él.

¡Grite, llore y por más que lloraba, el tiempo se empeoraba a cada momento! Comenzó a llover con tal fuerza que no se veía nada. El suelo se convertía en un río de aguas turbulentas, el viento silbaba sobre las copas de árboles y las hojas volaban de un lado a otro sin tener un lugar fijo adonde caerse muertas, y yo, hincado de rodilla en el suelo creí morir de miedo.

Una rama de los rosales que había cerca de la entrada, se enredo en mi ropa, quise moverme, pero este me lo impedía. No tenía valor de mirar para atrás y ver, quién era la persona qué me tenía sujeto por la manga de mi camisa. Tenía tanto el miedo; que no tuve valor para hacerlo y sin querer moverme las espinas se clavaban en mi piel. Esta me estaba haciendo sangre, sentía dolor y al notar un líquido pastoso y muy caliente que corría por mi mano. Quise arrancar lo que me sujetaba y al ver que yo no tenía fuerzas para soltarme, pregunte sin yo darme la vuelta…

¡Suélteme: yo no le he hecho nada, solo he venido a recortar los rosales! Pero nadie contestaba a mis ruegos y mi llanto; y, sin tener el valor para hacer un movimiento extraño y salir de aquel atolladero en el cual estaba metido.

Al darme cuenta, que ninguna voz contestaba a mis súplicas, miré, y ver que no era una mano lo que me tenía sujeto,  cuando miré para atrás y al ver que solo era una de las ramas de uno de los rosales sonreí y; con el dolor de la piel que sangraba, pero me hizo gracia. ¡Estar acobardado por solo una rama de este lugar!

Estaba encerrado, me preguntaba. ¿No sé cómo iba arreglarme para salir de esta? Como siempre hablando solo.

Una tibia luz sobre un rincón, estaba posada sobre un mármol o esto me pareció a mí. Esta luz era como una vela que deseaba apagarse, pero en la oscuridad de la tarde me ayudaba para saber adónde tenía que ir. Tintineaba, y  por más que soplase el viento ella resistía con su tenue luz; sobre aquél mármol, tenía en el centro del mismo una cruz, y la sombra de la misma la podía ver que era tan grande que mi sangre quedo congelada y sobre la lápida había una mujer, o esos creí yo. Pensé ir a verla: ¡Tal vez estuviese dormida, ya que su cuerpo bajo aquella tremenda tormenta no se movía de su lecho! No era capaz de dar un paso, pero el valor lleno de miedo y es cuando las personas sin saber por qué nos hacemos el valiente y comenzamos a dar pasos inciertos; pero con una determinación que no se sabe el por qué estas cosas nos ayudan cuando más miedo y temor tenemos. Mi cuerpo aparte de estar chorreando, también estaba congelado. Sin tener el valor suficiente caminaba en dirección hacia la lapida, era lo que yo estaba viendo, un lapida y sobre ella me pareció un cuerpo de mujer, estaba totalmente desnuda… y cuando me acerque para ver qué era cierto lo que decían mis ojos; si era cierto. No sentía nada, solo el viento que azotaba todo tipo de ramajes, pero su respiración no la podía escuchar. Era tan débil que no sabía si estaba viva o muerta. Acerqué mis dedos a su cuello para sentir si había algún tipo de movimiento o si respiraba, aunque sentí miedo, sí ya que su cuerpo estaba helado como la nieve. Pero al ver su belleza me hizo coger algo de valor.

Su piel brillaba bajo luz de los rayos, los cuales, cada vez eran mucho más continuos, así, la luz  dejaba que pudiese ver todo su cuerpo, y ver sus cabellos color castaño que cubrían su espalda.

La piel de esta mujer parecía cubierta por una gelatina, como si ya estuviese manoseada, y que su brillo quería hacerme ver que brillaba, pero había algo que cubría su cuerpo como si fuese de cristal de un espejo que  estuviese manchado.

Miré su cara, deje mis pensamientos que corriesen todo cuanto ellos quisieran. Mi corazón daba saltos, al pensar, que a lo mejor ella desearía vivir conmigo. Yo la cuidaría, vivirá a mi lado y por fin, una mujer en mi vida.

Cuantas cosas pensamos, antes de ver otras cosas que no fuese su belleza. Ciegos, sí, estamos ciegos todos los hombres lo estamos. Solo nos fijamos en la belleza exterior, pero ninguno miramos de qué color tiene su corazón.

Intenté por todos los medios y con los pocos conocimientos que yo tenía en estos casos. Hacerla recobrar su vida. Esta fría, y el color de su bello cuerpo estaba perdido, era tal su blancura que reflejaban los rayos como si su cuerpo fuese un espejo. Me daba miedo; pero por otro lado deseaba llevármela conmigo. Quería tener una mujer cerca de mí, y a si poder vivir lo que nunca había hecho… tener una hembra a mi lado y ver cómo crecen los hijos en mi choza.

Unos segundos que yo le estaba dando a mi mente libertad y esta se había ido por los cerros de Úbeda.

¡Cuántas cosas soñamos los hombres! Solo ver una bonitas faldas y, ya pensamos que será nuestra; y además  viviremos felices y al final de este corto sueños comeremos perdices rellenas de pajarillos de colores.

Cogiéndola en mis brazos, y teniendo el cuidado de no hacerla daño. Con todo el mimo que un hombre de mi calaña podía tener; la acerque hasta la puerta. Esta estaba cerrada. Y estando de esta manera tendría que dejarla en el suelo para poder abrirla. La pequeña puerta, parece que me escuchó y ella se abrió sola. Chirrió  muy fuerte, haciendo ese ruido que hacen las cosas cuando es la primera vez que se mueven durante mucho tiempo, a si me evitó que la posase en el suelo. ¡Después de todo el miedo se iba lentamente de mi cuerpo! Con cuidado el saque de aquel maldito lugar, pero al mismo tiempo me sentía feliz. Llevaba en mis brazos a la mujer de mi vida.

¿Vemos los hombres con los ojos de la naturaleza, o solo es la luz la que nos ciega en la oscuridad de la vida?

Cargada sobre mis hombros como si fuese un fardo, tuve que ponerla para poder abrir el carro y colocar su cuerpo dentro de este. Levante la tapa, retire algunas basuras que llevaba dentro, y una vez limpio coloqué su delicado cuerpo en su interior; para que no se golpease su cabeza sobre la plancha del carro. Me quiete la chaqueta y se la puse rodeándole su cuerpo.

¡Estaba contento, todo se había terminado para mi, desde este momento sería el hombre más de feliz de la tierra! ¡Cuántas cosas pensé en unos pocos segundos de mi desgraciada vida! Cuántas cosas pasaron velozmente por mi imaginación. ¡Pobre diablo me dije; cuánto me tendría que pesar el haber recogido a una mujer de la calle, la que no la conocía de nada, y me había enamorado sin preguntarle a mi corazón; si estaba en lo cierto o tal vez equivocado!  Estaba dormida sobre aquella lápida; en este lugar donde se guardan los sueños más endiablados de la historia. En verdad era una extraña para mi, a la cual no la conocía de nada y, sin saber que sangre era la que corría por sus venas; yo ingenuo de mi la traería hasta mi humilde choza.

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez

El sevillano

El barrendero del parque

El barrendero del parque

Con los años que llevo haciendo este trabajo: y la gente me maldice. Este miedo que tienen de mí no lo sé… y yo me digo. ¿Por qué me temen, en mi interior me pregunto muchas veces, y siempre, la misma respuesta: no tengo otro oficio, algo tengo que hacer para ganarme el sustento? ¡Qué más da lo que yo haga!

Vivo solo en este mudo, sí, sé que voy mal vestido, con unas ropas remendadas; unos dicen que huelo a muerto, otros a estiércol y con el paso de los años tengo tantos sueños en mi cabeza que al caminar voy hablando conmigo mismo; a si les doy algún tema para que hablen mal de mí y que digan cuanto quieran, yo sé que no hago mal a nadie.

Estando en este mundo solo como estoy, sin nadie que te  espere cuando llegas a tu casa, aunque sea una choza, pero es tú morada, qué más da, sea lo que sea, pero las malas lenguas siempre tienen que hablar de todo cuanto concierne a otras personas. Ya que a sus vidas que son las que ellos no quieren que nadie pueda decir nada al respecto. Qué les importa a ellos, sea lo que sea y lo que yo haga, y sobre todo son las personas las que me critican, me temen, me odian, y tampoco me importa a mí que lo ellos digan. Solo quiero que sean ellos, sí, ellos y son esos gorriones que me ven cada día a cada hora, ellos son los que yo quiero que hablen de mi. Lo siento mucho por ellos, ya sé que los despierto. Cuando llego aun están dormidos y al sentir el ruido de mis ruedas, ellos saben que estoy en mí puesto de trabajo. Lo sé, sé que mi carro tiene un sonido muy estridente, parece la puerta de un cementerio; pero a mí me gusta. Es que los ejes de mi carro no los engraso nunca, a si, las personas que me escuchan al pasar saben quién soy, y cuál es mi trabajo. Él barrendero del parque. El sonido de las ruedas de hierro al moverse chirrían un poco, bueno, sí, lo sé, pero a mí ese ruido despierta mis sentidos y me hace soñar cada segundo del trayecto que hay desde mi humilde morada hasta este precioso parque; porque a si tengo algo que me acompañe en mi ruta por las calles solitarias de este pequeño pueblo. Pequeño pero maldito, todos me odian, me temen, sin que nadie se atreva a decírmelo a la cara; quizás por el miedo que refleja en mi semblante. Esa que tiene tantos cortes que parece el telón de un circo viejo. La que tiene arrugas de haber llorado tantas veces que los surcos se quedaron grabados en mi piel y para que cada vez que me miro, en ese espejo que tanto miedo le tengo, he de llorar de tristeza al recordar el daño que ha sufrido mi alma, pero a nadie le he contado el por qué de mi llanto.

¿Has caminado alguna vez de noche por unas calles en silencio cuando nadie se cruza en tu camino, lo has hecho, cuantas veces? Yo lo hago cada día; a y antes que amanezca y que sé despierte al alba estoy en la calle. Frio, calor, lluvia, trueno, tormenta y relámpagos, nada me importa, lo que si hago cada vez que me hayo en la oscuridad de la noche es mirar al cielo, y viendo las miles de estrellas que iluminan el firmamento siento dentro de mí la felicidad de saber que no hago nada contra nadie. Estoy caminado por estas míseras calles y al paso de unas horas estarán llenas de personas. Unas pocas, buenas y muchas malas que no se preocupan de bien de nadie sino todo lo contrario, la maldad hace que maten, que ensucien este mundo donde hay tanto por limpiar, y esto lo que hacemos unas pocas personas dedicadas al recoger la basura que otras muchas las tiran.  

¡Despreciado por casi todas las personas que me ven!

¿Es injusto que a si sea; verdad, ser lo que soy y de lo cual no creo hacer mal, y tampoco sé el motivo por el qué se me desprecia, sé me insulta, me dicen asesino… y no he matado a nadie; al menos por lo pronto? ¡Tal vez un día sí que lo haga y será entonces cuando han de calumniar mi vida y herir mi alma, entonces que más me da a mí, digan lo que quieran decir! Mientras tanto déjenme soñar, que no hace mal él que no abre su boca para dañar a nadie en este mundo.

Para limpiar el recinto del cual soy el hombre que lo cuida, que lo arregla, él que recoge sus  hojas podridas y las retira para que cuando lleguen los niños esté limpio y que sus madres se sientan orgullosas de que puedan correr, jugar y sentirse felices al estar en este precioso jardín donde miles de pajarillos cantan viendo lo felices que son todos los niños y niñas en este bello lugar.

Es muy temprano, casi no es de día, pero desde mi casa hasta el lugar a donde he de ir me queda un poco retirado, y por eso prefiero levantarme pronto a si cuando llego… es la hora de comenzar.

Unos me llaman el barrendero, otros el enterrador, no sé por qué me dicen tal cosa, y los menos… ni me llaman, esos solo se ríen de mi porque llevo conmigo un carro de hojalata que al ser empujado hace tal ruido que creo despertar hasta los gorriones que hay en este lindo lugar.

Sí, sé que huelo a podrido, y todo tiene su razón de ser, recojo las hojas muertas del parque ellas están en un rincón donde se arremolinan, y yo al llegar escucho sus lamentos y sé también que huelen a podridas, y ese, es olor que sé impregna en mis ropas y no hay forma de que yo se las pueda quitar.

Si alguna persona entrase en ese lugar, sí, en el cementerio de las hojas caídas, esas que se desprenden de todos los árboles cuando lega esa fecha maldita para ellas, y comienza el frio invierno, yo las escucho llorar. He visto sus lágrimas correr por su delicada piel, la que están arrugadas por el tiempo. Lo mismo me pasa a mí, cada vez que me miro a mi viejo y querido amigo, el espejo de mi soledad. Ellas me ven pasar, pero muchas madres agarran a sus hijos de las manos para que no se suelten cuando yo paso… ¡Me temen, sí, sé que tienen miedo de mi, pero al ver tales comportamientos, lloro! Ellas piensas que no soy una persona. Que sin saber mi vida critican y yo a nadie le hice daño. Mira que tengo cosas por dentro de mi deteriorada alma, si supieran que cada vez que siento desprecio de mi persona; que si le hiciese caso a todo cuanto dicen de mí, seguramente sí, que me tendrían que temer, pero de verdad… no he creado este miedo, no he sido yo; sino mi mala presencia al ver que llevo ropas de las cuales nadie quiere ponérselas, yo las recojo de esos contenedores donde las tiran todo aquel que luego me critican. Yo siempre digo que si los zapatos de un muerto me vienen bien, yo me los quedo, y son muchos los pares que tiran, y cuando paso miro en su interior y los recojo. ¡Tengo tanto zapatos que puedo vivir la vida tantas veces como pares tengo guardado!

El día es gris, está lluvioso, el agua no es que sea muy fuerte, es un chiribiri que ni deja de llover, ni tampoco sales el sol. Es la hora de recoger las hojas que se han juntado en ese lugar; que hasta yo le tengo miedo, pero no me queda más remedio que atender a mis obligaciones como encargado de tener en perfectas condiciones este parque. Cuándo estoy llegando, siento sus voces que se dicen unas a otras. ¡Cuidado que ya viene, tener cuidado que este tío nos recoge sin miramiento y sabemos que nos hiere a cosa hecha! Hasta estas desgraciadas hojas me temen. Cuido mucho de recogerlas con el mayor de mis cuidados, sé que ya no tienen vida, lo sé, pero también sé que la tuvieron y haces unos días se cayeron de sus ramas y el viento las arremolina en este preciso lugar.

Traigo conmigo mi viejo carro, cuando estoy llegando ellas, se juntan cómo si quisiesen gritar asustadas, pero sus voces son pocas personas las pueden escuchar cómo yo lo hago y, cuando las recojo con mi recogedor intentan escaparse y, yo les digo con una voz suave bajo la lluvia… ¡No temáis: que no deseo haceros daño, solo quiero que no estéis esparcidas por todos los rincones a sí pueden soñar! Sé que ya no tenéis corazón pero un día no muy lejano lo tuvisteis.

Es triste verse como estas pobres hojas de los sueños. Hace muy poco de tiempo, ellas daban sombras para que las personas se sentasen bajo su palio verde. Hombres, mujeres, enamorados y personas viejas que se escondían entre sus ramajes para decirse que se amaban, y que jamás se olvidarían, estos envueltos se quedasen el perfume de sus pieles bajo los secretos del silencio, y además tomasen el fresco. Ha pasado el tiempo y este es inexorable y nada de lo que deseemos se puede atrever a llevarle a contraria al destino. La vida nos da unos cortos espacios de tiempo y cuando llega nuestra hora; se terminan los sueños y nuestra mente se queda dormida en este espacio maldito de los viejos recuerdos que con mucho trabajo quiero recordar pero mejor no hacerlo ya que solo me traen heridas que no dejan de sangrar y queda manchada el perfume de las hojas muertas.

Una vez recogidas las llevo al crematorio y es cuando gritan desesperadas pero no les puedo hacer otra cosa, he de recogerlas y en vez de amontonarlas las tengo que quemar. Sé que no les hace ninguna gracia, y por ello me llaman asesino. ¡Si ellas supiesen que lloro tanto al tener que hacer tal cosa, si lo supiesen, otra cosa dirían de mí!

Abro a puerta del horno, este chirrea cómo lo hace la rueda de mi carro; aquí todo hace ruido, tal vez la persona que hiso tal cosa no sabía que todo cuanto vive dentro de este mundo tiene su pequeño corazón. Sabemos que no todos nos damos cuenta de esto; pero yo que soy el hombre encargado de quemarlas, y después huelo a muerto y no sé la manera de poder quitarme este impregnado olor.

Las cenizas las esparzo por el suelo, a las hiervas les tiño sus pequeños cabellos, se los pinto de blanco y parecen que las que hace muy poco que habían salidos, ahora ya son viejas y creo que tiene los mismos años que tengo yo.

Ablando de años… ¿Cuánto tengo? No lo sé, pero he de tener muchos. ¡He vivido tantas vidas que he olvidado la primera que estuve en este lugar!

Hoy no quiero llorar más, quizás otro día os cuente mis daños, míos recuerdos y lo que me hace sentir el mismo dolor que sienten estas hojas muertas. Sí, lo están porque soy yo el que las quema en este mísero y lúgubre horno donde también un día, no muy lejano se quemará mi cuerpo, y quemaran mis huesos. Mis cenizas serán esparcidas por los caminos donde un día camine y entonces nadie dirá que son mías estos restos que terminaran en un lejano estercoleros adonde se juntan esas hojas muertas y esa basura que un día yo recogí con mis propias manos.

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez

El sevillano.