Los gorriones

Los gorriones

Camino bajo los árboles de un parque, sin saber adónde, ni tener un lugar al que llegar. Los años pasan, los días se hacen cada vez más cortos, y buscar, qué, nada, seguiré caminando y que mis pasos me lleven adonde ellos quieran. A la vuelta de la esquina puede ser un destino en la distancia, un lugar en la lejanía de mis sentidos, buscaré un rincón recogido del frío del invierno, donde la primavera llegue a donde los pajarillos cantan y con sus trinos llenen de alegría los sueños de mi desgraciada viva; y para que castigue mi viejo y destartalado cuerpo. Lento, mirando al suelo para no tropezar con nada, que me pueda hacer caer, si, es verdad ya tengo muchos achaques, y mi poca  protección es mi viejo bastón; unos dicen que es la tercera pierna, es verdad, sin ella me veo un poco torpe. Hoy hace un día bastante bueno, pero la fuerza del sol no es la suficiente para romper las débiles nubes que lo enmarañan. Ustedes se preguntarán si a mi lado pasean muchas personas, ni las cuento, para qué las quiero. Cuando las quería nadie se acordó de mi; ahora qué me importan que pasen o no pasen, total lo que me queda en este mundo es poco, o tal vez sea mucho. No, solo quiero que me deje el tiempo suficiente para dejar mis recuerdos bien archivados  para recordar lo que en mi pasado fue.  Tengo que penar al haber tenido tantos fallos, tantos errores, de los cuales me avergüenzo, si, de mi. ¡Allí, allí hay un lugar donde me sentaré, para tomar el poco sol que nos deja este cielo gris! El paso por la vida se escribe en un libro de hojas infinitas. ¿Cuando comienza, no sé? Al nacer no tenemos los suficientes conocimientos para poder redactarlos, ni sabemos cómo dejarlos para que otros lo guardasen por ti. Cuando somos mayores nos tiemblan las manos, antes eran firmes, sin arrugas; hoy no te lo puedo decir, los ojos no pueden ver lo que nuestra mente no quiere que veamos; no engaña, a si no padecemos más de lo que tendríamos que sufrir al haber llegado el tiempo de las tinieblas. Las hojas arremolinadas para que no las arrastre el viento, la poca brisa que hace es lo suficiente para levantarlas del suelo y hacer que vuelen como si fuesen mariposas de colores. Arrastro mis pies y voy levantando algunas de ellas. ¡No me gritéis, me exclaman, lo sé, pero no tengo fuerzas para levantar mis pies delo suelo y, si os molesto me perdonáis! Cada paso es un martirio, un dolor en mi alma, unas lágrimas se caen de mis ojos y, nada puedo hacer para que no se estrellen contra este suelo gris. ¿Para esto es el tiempo que me queda, vale la pena estar en este mundo, vivir del recuerdo que tanto daño me ha hecho en mi corazón? Nadie cuenta los errores cometidos, nadie quiere recordar el pasado, y tengo que ser yo el que recuerde los míos. Cuando llegue al lugar en el que pueda estar sentado les contaré algunos de mis llantos acallados por mi vejez. Poca es la distancia, que me separa pero más larga se me hace. ¿Se pueden medir los pasos, los años, los días, son igual que las arrugas de la cara? Tantas y profundas, quedaron grabadas por los llantos del destino. Un paso más, si, un paso más y esteré sentado sobre un banco de piedra de los que están hechos para que las personas mayores podamos descansar el poco tiempo que nos queda en esta vida. Estoy sentado, cerca de mi hay unos chiquillos que juegan a la pelota, otros están jugando apiola, y los demás no los puedo ver, están muy lejos de mí y, mi poca vista no me permite saber a  lo que están haciendo. A mi alrededor puedo ver los árboles, los cuales están tan solos como lo estoy yo, sí sin hojas, sin pájaros que puedan revolotear por sus brotes verdes, tienen vida, pero la sabia de su corazón los tiene en el letargo, ellos viven, si ellos si viven y, cuando la naturaleza quiera volverán los brotes, sus hojas llenarán de colorido su magnífico e impresionante cuerpo y los que vengas después puedan cubrir se con el manto de sus hojas. ¡Ah, se me olvidaba, cerca de mi hay una chica y un joven sentados en uno de los bancos que hay en este parque, ellos hablan muy bajito, si, muy bajito, será para que nadie pueda sentir lo que se dicen! Sus ojos se miran, entre ellos hay una pared de cristal la cual los envuelve un una cortina de luces y sombras ¡Cuánto daría yo por tener estos años, hay, si hay, cuanto, ya no puede ser, el tiempo pasa y nada vuelve, solamente vuelven una y otra vez  las cuatro  estaciones del año! No quería mirar a los jóvenes por si ellos se sentían molestos al ver que un viejo se los quedaba mirando. Los recuerdos son para mí como si fuesen puñales de acero se clavaban en mi mente, y al recordar los años tan felices que tuve en mi juventud. ¿Es cierto que tuve esa infancia de la que yo quiero recordar? Hacía muchos años que no recordaba los besos que ellos se estaban dando, sin importarles el que yo les mirase. Sin saber por qué sentí un dolor en mi corazón, agachado encogidos para aguantar el tremendo dolor que me estaba infringiendo mi mente. Una bandada de gorriones se acercó justo a mí. Era tal el dolor que sentía en aquellos momentos que les dije. ¡Iros, si, iros   a otro lado, me molestan vuestros cantos! Volar y no acercaros aun pobre viejo, que no puedo hacer volar mi mente, no quiero recordar los besos que una vez pude dar y por ser tan poca cosa no lo hice; hoy me arrepiento tanto, que no quiero vivir, no, no quiero vivir. Con mi bastón les hice un amago para que levantasen el vuelo y se marcharan de mi lado. Quería estar solo, sufriendo y penando los pocos o muchos días que no supe hacer lo que tenía haber hecho. Entre mis manos las tuve y ahora veo como se dan esos besos, les sale la saliva de sus tersos labios, enredados las manos entre sus cabellos, mis recuerdos  solamente lágrimas, si, lagrimas es lo que salen de mis deteriorados ojos. Los gorriones por más que yo les quisiera echar, ellos como si no me hubiesen sentidos. Revoloteaban, con su piar entre ellos, formaban un jaleo que nada podía hacer yo. Busqué, y en uno de mis bolsillos, encontré un pedazo de pan. Mis manos temblaban, pero eso no importó de que yo partiese en pequeños trocitos y se los fuera echando al suelo, ellos cuando vieron los trozos de pan corrieron para comer se  los. Al verlos tan cercas de mí, no sé lo que pasó en mi alma. ¡Dejé de mirar, a si ella tanto como él estaría más dichosos al no sentirse agobiados por las miradas de un chochó viejo! Siguieron con sus caricias, con sus besos, con los roces de sus manos por todo su bello cuerpo. Deje de mirar y, me entretuve con los mucho pajarillos que tenía a mi lado. Les ponía el pan en la palma de mi mano, se subía a ella sin importarles nada, no notaban ni el temblor de mis dedos, pensarían tal vez que estaban montados en una de las ramas de este viejo árbol que nos cobija. Se acabó el pan, no tenía nada para darles. ¡No se marchaban, se quedaban revoloteando a mis pies, tenían hambre! ¿Qué les podía dar? No quedaba nada en mis bolsillos y por más que me buscaba no encontré nada. Temblorosas mis manos, al ver cómo piaban y picaban en mis viejos zapatos, pidiendo que siguiese echándole algo para alimentar sus cuerpos algo que los pudiese alimentar. Cada vez más tembloroso, sí, al sentirme que no podía hacer nada y que los pajarillos se habían quedado junto a mí para que yo les diera algo. Miré al cielo, levanté mis hombros, diciendo le que no tenía nada, que mi cuerpo no tenía fuerzas para seguir viviendo, que nada era, que el tiempo se había ensañado con mi vida, que no deseaba seguir en este mundo de tristezas. De mis ojos salieron unas lágrimas que parecían dos estrellas reluciendo entre las tinieblas. Algo que no puedo decirles qué, algo me hiso meter mi mano en el pecho, sacar sin dolor mi corazón que en aquél momento estaba latiendo, si, latiendo, aunque fuese muy lentamente, pero latía, y al mismos tiempo seguía bombeando la sangre de mis venas y lo tenía sobre mis mano. ¡Por un segundo, me miraron todos a la vez! Era maravilloso ver los pequeños pajarillo, que miraban y ninguno hacia trinar su pico. Moviéndose entre mis dedos, fui cortando pequeños trozos de mi corazón, sonreía, mis labios sonreían, y al verme ninguno quiso comer. Les seguía echando, hasta que no quedó ni el más pequeño trozo de mi corazón. Cuando el último trozo que quedaba sobre mi mano ensangrentada, lo acerque´ hasta el pico de uno de ellos. Dando unos gracioso saltitos, me miró, se subió a mi zapato, como pudo fue subiendo por mi pierna, en si pico llevaba uno de los trocitos que le había echado. Le puse mi mano, dando un salto subió a ella, lentamente la fui acercando a mi cara donde pudiese verlo. ¡Qué belleza, que dos lagrimas estaban clavadas en sus diminutos ojos! Nos quedamos mirando fijamente, su pico se abrió y piando me decía. ¿Por qué, por qué les había dado mi corazón? No lo necesito ya ha vivido mucho tiempo, es hora de que me vaya a dormir para los restos. ¡Anda cómetelo, no ves que no me queda otra cosa para daros, esto aunque sea poco os dará la vida y podréis poder pasar este frío y triste inverno! Todos a la vez cogieron uno de los trozos y volando los juntaron, lo dejaron sobre mis mano, el que estaba subido sobre la palma de mi mano puso el último trozo, le dio un pequeño picotazo y este volvió a bombear, cogidos de sus picos de marfil lo pusieron nuevamente en mi pecho; este comenzó a bombear como si nada hubiese pasado. Mi cuerpo quedó sentado sobre el banco, ellos cogiendo mi ropa levantaron mis sueños de este maldito mundo y, jamás sabrían de mí aquellos enamorados a los cuales había mirado recordando mis besos.

El forjador de sueños. José Rodríguez Gómez.

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