el rociero

El rociero

Amanece el nuevo día, siento como mi padre y mi hermano pequeño se levantan, miran de no hacer ruido, para que yo pueda dormir, ellos se creen que yo no estoy despierto, pero se equivocan, hace mucho rato que yo ya estaba despierto pero no puedo levantarme, he de estar en mi cama hasta que por mi mismo me intento levantar, estoy empotrado en una cama de maderas, esta es mi vida la que yo quiero comentarles, y de la cual deseo que les guste mi historia. Soy invalido, no puedo valerme por mi mismo, hasta que yo cuando veo que ya es tarde intento por todos los medios levantarme y con gran esfuerzo me levanto, muchas veces desde el mismo suelo ya que al querer levantarme me caigo, pero yo una vez en el suelo agarro mi silla y con todas mis fuerzas me pongo de pies, entonces es cuando me siento en m silla. ¡Qué desgracias he de pagar! ¿Qué culpa tuve yo al nacer, a caso yo mismo fui el que me dejó en esta situación, mejor no haber nacido, para esto estaría mejor muerto que viviendo de esta manera? El día en que nací mi madre estaba tan feliz que lloraba de alegría, y llorando le decía a mi padre. ¡Mira, José mira que niño tan guapo y hermoso, este será rociero como tú y cuando sea un poco mayor ya lo podrás llevar al rocío contigo, para que la virgen lo bendiga; y será un buen rociero como su padre! El me miraba contento no podía haber venido mejor a esta casa, ya que siendo un niño él era un hombre que trabajaba en la tierra, al ver que yo era un niño se puso tan contento que también ese día no cabía en su cuerpo de lo feliz que se hallaba. Todo era felicidad a mi alrededor. Él se pensaba que yo había venido a este mundo para que yo le ayudase en los quehaceres de nuestras tierras en la parcela que teníamos de nuestra propiedad. Todo parecía que era un mundo maravilloso él me levantaba de la cuna y haciéndome piruetas se encontraba todo lo feliz que una persona que es padre por primera vez. Mi madre era la mujer más dichosa del mundo, su rostro era tan bello que con solo mirarla, mi sonrisa la hacía tan dichosa que sus pechos me alimentaban con un exquisito alimento que me hacía crecer de una forma que cada día engordaba muchos gramos, y con pocos meces ya estaba hecho un hombre como decía mi padre, era yo la felicidad que flotaba en mi casa, todos eran elogios y besos para mí al ser el niño mimado de esta casa, pero también al ser el primogénito. Pasado unos meses no sabiendo el por qué mi cuerpo cogió una extraña enfermedad, la sombra de mi casa se hiso tan gris que no había luces para mirar mi cara; mi madre se sentaba al lado de mi cuna y en todo el día no se levantaba de mi lado, mi padre la cara le cambio, yo no lo veía pero según mi madre el estando solo se ponía a llorar y sus ojos, cuando entraba en mi casa, después de haber llorado todo cuanto su corazón le pedía; venía a mi lado para ver si el médico había avenido para ver cómo podía curarme de esta extraña enfermedad. Todo había cambiado, ya no había besos para mi, solo mi madre era la que durante las horas que se pasaba a mi lado era ella la que besaba mi frente y rogaba que Dios me curase. ¡Dios mío cura a mi niño; él note ha hecho nada, tú  sabes que es verdad lo que te digo, por eso te lo pido! Pasaron días y semanas y mi pobre madre se sentaba triste mente a mi lado y allí estaba el tiempo que ella podía, mientras en el tiempo sobrante hacia los quehaceres de la casa pero el tiempo sobrante lo pasaba a mi lado, llorando sin que yo la sintiese ella con la cabeza bajada se le caían sus lagrimas, y en un pañuelo que yo guardo echaba su llanto. ¡Yo era un desgraciado, Dios me había castigado sin saber el por qué; había dejado mi cuerpo en una cuna si poderme mover para nada, solo mi sonrisa y mi voz era la únicas parte que tenían movimientos! Mi madre se apagaba como si fuese una vela que no le queda cera  para aguantar su desgraciada luz. Paso mucho tiempo, mi padre ya no entraba a verme, él se sentía culpable por no haber tenido un niño fuerte y hecho un hombre que le pudiese ayudar en las tierra. El él primer año mi madre quedó en estado, su felicidad compartida, era feliz por un lado pero por otro estaba consumiéndose lenta mente. Mi padre cuando nació el nuevo hijo el cual era también niño, el ya no tenía roce conmigo y siempre estaba con mi hermano pequeño, ya no tenía juegos para mi, cuando yo había cumplido dos años,  nadie se acordó de felicitarme para nada. Tampoco era necesario que me felicitasen pero algo de cariño sí que lo echaba de menos. Cuantas lágrimas en mi silencio, cuando mi madre no estaba a mi lado; yo era el que lloraba amargamente. Mi hermano tuvo más suerte que yo, al cabo de unos años era un hombrecito y  caminaba sin que le ayudase nadie. Cuando mi madre no estaba a mi lado, era él quien dando pasos muy lentos se acercaba a mi cama, él venía a mi lado, se agarraba con todas sus fuerzas y me decía. ¿Hermanos te puedo dar un beso, yo se que tú no tienes culpa de nada, yo también le pido a ese Dios que puede curarte que te cure; pero veo que no me hace caso, y por eso quiero darte ese beso para que te pongas bueno y podamos jugar los dos? Su cara era toda una felicidad tenerla, sus colores era de un rosado  tirando a moreno; claro a él le daba el sol, y por eso tenía su cara morena; sus ojos eran del mismo color que los míos y también tenía un gran parecido a mí, pero mucho más fuerte que yo. Este sí que le podría ayudar a mi padre; cuando pasen uno años por él. A si fue como mi hermano siendo un niño todavía, iba con mi padre para que él no estuviese solo en las tierras, con mucho trabajo, pero sí que ya le ayudaba aun que solo fuese para acompañarlo y mi padre se encontraba con un hombrecito a su lado, para mí el olvido fue total, ya no se acercaba para nada a mi cama, solo era mi hermano quien le gustaba y le hacía cosa que antes me las hizo a mí. Cuantas horas llorando y cuantas noche sin dormir; que pena de haber nacido para esto, la sentencia de mi vida estaba echada, yo era la culpa de que mi madre estuviese llorando las horas del día. Fueron pasando los días, semanas y meses, al final del tiempo los años que yo estaba empotrado en la cama; mientras mi hermano menor ya era un hombrecito. Mi madre se llevaba todas las horas del día pagada a mi cama, yo le veía que su color de cara la cual era tan preciosa, que no era bueno pero pensé que era por estar todo el día a mi lado sería por eso ya que no quería nada,  ni se salía al sol para que le diese en su bella cara. Era la persona que durante todos los días que yo estaba costado era la que me daba los besos y se cuidaba de tenerme alimentado. Su cabeza se caía de dolor, ya no se sostenía derecha, yo no podía llamar a mi padre para contarle lo que le pasaba a mi madre, porque él habiéndome sentido no acudía a mi llamada; él pensaba si está tu madre que se lo digas a ella, y que ella sea quien te cure, ya que se pasa el tiempo contigo. Malos pensamientos los de mi padre hacia mí, pero era su manera de ser; no me había perdonado el haber nacido con esa enfermedad, y también que a mi madre la tuviese solamente a mi lado, y para él no había tiempo que estuviese con él. Pasó un tiempo no muy largo, mi madre la pobrecita cayó enferma a mi lado, vino el médico la vio, y se quedo mirando a mi padre. ¡José lo siento, su mujer está muy enferma! ¿Ha sido culpa de mi hijo, no? ¡No, señor José, no ha sido culpa de su hijo, ella está muy enferma pero no tiene la culpa su hijo, él tiene otra enfermedad que no es la misma que le ha entrado a ella! ¿Entonces de quién es la culpa, en esta casa nadie estaba malo hasta que llegó mi hijo? Por lo cual él ha tenido que ser el culpable de todas las enfermedades que ahora tiene mi casa. Mire, José, yo soy médico, y en mi vida he visto  la enfermedad que tiene su hijo, puede que con el tiempo se cure si Dios quiere. Lo de su mujer nada tiene que ver con lo de su hijo, es diferente por completo, ella sea consumido; y seguramente, ni ha comido lo necesario para poder sobre vivir. Mi padre al estar con el médico tenia la gorra en sus manos, cuya gorra era la que él llevaba siempre para el rocío, era una gorra campera que no la dejaba por nada del mundo, siempre la llevaba puesta. Y en la visera llevaba una virgen del rocío clavada. ¡Mucho la virgen pero nada de corazón, a si lo demostraba siempre que se enfadaba yo era el culpable de todo mal que pasase en mi casa! Si mi madre antes de caer mala me decía. ¡Hijo pide la Dios que te cure, y que tu padre por una vez sepa que tú no tienes la culpa de nada demasiado tiene tú para que encima te eche las culpas de todo; y yo le pido a la virgen del rocío que te cure pero no me oye, mira que se lo pido cada noche cuando me acuesto en la cama pero ni por eso ella se apiada de ti! ¡Madre, te piensas tú que yo no se lo pido, si cada hora estoy llorando de pena al verme en esta situación, pero se ve que la virgen tiene muchas cosas por hacer, y  no tiene tiempo para mí!  Por desgracias mi madre se murió de pena; esto jamás mi padre me lo perdonaría nunca, para él yo tenía la culpa. ¡Sí por haber nacido  en esta situación esa es la única culpa que yo tengo! ¡Nadie hiso nada por mí, mi hermano estuvo en el funeral, mi padre y toda sus familias menos yo que tuve que quedarme en la cama; y no hubo nadie que pudiese ayudarme para que yo también pudiese asistir a su entierro, era mi madre la que se enterraba! ¿No era yo su hijo acaso no me había parido ella, pero mi padre se negó de que yo fuese, para no armar un escándalo ante su familia; ni por eso mi padre le dijo a todos que yo no podía asistir al funeral que sería peor para mí? Una  vez terminado el entierro vinieron todos a mi casa, pero nadie se preocupo por venir a mi habitación para ver cómo me encontraba de salud. Paso el tiempo, y los años, yo tendría diez y ocho años, yo todo un hombre, pero acostado en mi cama de maderas, esta cama yo sabía sin haberlas contado las tablas que la componían, porque cada tabla estaba clavada sobre mis espaldas, de tanto tiempo de estar empotrado en ella tenía las espalda echas un callo de estar sobre ellas. Mi padre y mi hermano se levantaban muy temprano para irse al campo procuraban de no hacer ruido para que yo no los sintiese cuando se iban. Pero yo sí que los sentía cada día, ya que antes de que ellos se  levantasen ya estaba yo despierto, cómo me iba a dormir si tenía las espaldas como un Cristo. Cada día se marchaban, nadie se preocupaba si yo tenía hambre, ya que nadie tenía el menor deseo de que yo viviese para que no pudiese ser el culpable de todo; pero no obstante tenía mucha hambre, y al estar solo no tuve más remedio que suplicar a los cielos que me ayudasen para que mi estomago pudiese estarse callado por un tiempo. Porque  mis tripas se escuchaban desde lejos. Mis manos fuero tomando fuerzas, parecía que dios por fin se había apiadado de mi, como pude me fui acercando al lateral de mi cama y cuando estaba al borde mis piernas las deje caer, hasta que tocaron el suelo, entonces yo intente aguantarme y en pocos segundos pude sentarme en la silla, era la primeras vez que lo hacía, pero lo conseguí y por ello estaba muy contento incluso si no encontraba nada de comer, con solo haberme levantado ya tenía bastante. Mire a un lado de mi silla, pude ver que encada lado tenía unas ruedas muy grandes y a su lado también tenía una rueda brillante pegada a las ruedas de la silla, pensé que esto sería para empujarle yo, cogí la rueda brillante y le di una media vuelta, esta comenzó a moverse, primero tropezaba con las paredes, cuando me di cuenta de que delante tenía unas ruedas pequeñas que se giraban para todos los lados; entonces pensé esto será para yo tomar las maniobras necesarias para ir adonde yo quería. Me  encaminaba para la cocina, yo nunca había estado en ella, pero por su olor ya me imaginaba adonde estaría situada, a si fue como sin saberlo di con ella. Entre en ella, vi los armarios que tenía en la parte superior y de bajo de ellos estaban los cajones y la cocina de hacer la comida, comencé a buscar por los cajones, y por más que buscaba no encontraba nada, ni tan solo un pedazo de pan, aunque fuese duro. Buscando di con una tela que tenía algo dentro de ella, la cogí como pude ya que ésta estaba colgada de un clavo, tuve que estirar mi brazo para poder alcanzarla, al fin lo pude conseguir. ¡Urra he encontrado pan, lo saque de la bolsa y cuando lo tuve en mis manos este estaba tan duro que no podía ni partirlo, pero haciendo un esfuerzo si pude arrancarle un trozo! Lo mordí y en verdad que estaba bien duro porque mis dientes que eran muy fuerte, a si que yo tenía algo bueno en mi cuerpo, pero, me costó mucho, trabajo hincarle el diente. Como si fuese un perro sentado en mí silla comencé a roer el pedazo de pan, no tenía otra cosa  para comer; pasado unos minutos después de haber encontrado el pan y dándole vueltas lo fui comiendo como pude y cuando estaba comiendo llegaron mi padre y mis hermanos. Yo fui a su encuentro y mi hermano entro solo a la casa, al verme sentado en la silla se lanzo sobre mí llorando de alegría al ver que por fin había sido capaz de levantarme de la cama yo solo, y estabas entado en la silla de ruedas. Me daba besos por miles y llorando me decía. ¡Perdóname hermano que no haya ido  a verte, pero no es culpa mía si no de padre, que era él el que me decía que no entrase en tu cuarto por miedo a que se me pegase tu enfermedad! ¡Perdóname! Yo no tengo que perdonarte hermanos ya sé que no esculpa tuya. Abrazados los dos hermanos y este sentado en el suelo arrimado a él. José le preguntó a su hermano. ¿Y padre adonde esta? ¡No lo sé, me dijo que iba a comprar algo de comida para comer en casa, que hace muchos días que no baja a comprar, estará pronto aquí ya que el pueblo está cerca de casa! A si era y al cabo de una hora se presentó padre este abrió la puerta ya que se había hecho de noche, entonces fue cuando llegó a la casa. Al entrar se quedo mirando como estábamos sentados en el suelo y yo en mi silla. Se  quedó callado, su cuerpo  se tambaleaba, estaba borracho y en sus manos no traía nada de comer, sus ojos les brillaban del  alcohol que traía en su sangre, de su boca le salía la saliva, y la traía un poco torcida, sería cosa de la tajada que tenía encima. Se quedó mirando nuestro padre, y al verme sentado en el suelo al lado de mi hermano este se  acercó a mí y sin mediar palabra me soltó una bofetada en toda la cara, la cual me rompió la nariz, yo no, le dije nada me lo quedé mirando y mientras chorreaba la sangre por mi boca como si fuese un perro que le hubiesen dado una  paliza, sin limpiarme la sangre, la dejé que se fuera desramando por el suelo, me hizo que me apartase de él, y cuando ya estaba separado cogió a mi hermano del brazo y de un fuerte tirón que lo tiro contra el suelo, yo me puse de pies para plantarle cara, y al verme levantado, otra vez medio en la cara, entonces yo le dije. ¡Sigue pegándome, pero no tienes derecho a tirar a mi hermano al suelo, no sabes que esta invalido, o te lo tengo que decir, nuevamente me volvió a pegar! Viendo que su cabeza debido a la borrachera que traía encima, me calle, para ver qué era lo que hacía. Se fue a mi hermano que estaba tirado en el suelo mirando con un asombro algo fuera de lo normal. Se acerco a él lo cogió por los pelos y lo arrastro unos pasos, entonces le fue pegando una paliza de muerte, y mientras le pegaba le decía mil cosa como. ¡Tú tienes la culpa de todo cuanto ha pasado en esta casa! Port tú culpa se murió tu madre y eres la cosa más terrible que ha podido nacer. Cuando se había hartado de pegarle mi hermano que había permanecido callado viendo la forma que tenia  de pegar le dijo llorando. ¿De qué he tenido la culpa, dime si tú no me hubieses hecho no estaría aquí y no me estarías pegando; yo no tengo culpa de nacer eres tú el que la tiene, ya que yo no te pedí que me hicieses, y si no me hubiese hecho no tendría el placer de estar pegándome esta tremenda paliza que me estas dado? ¿Qué culpa tengo yo de haber nacido a sí, con esta invalidez que tú me distes, a si que ya lo sabe; eres un borracho y no te preocupas de nada ni de traer comida, me he tenido que comer un pedazo de pan tan duro y me he levantado como he podido para comer algo ya que tú no tienes entrañas al tener a un hijo tuyo en la cama y no le has llevado nada de comer en unos días y al ver que si no comía me iba a morir entonces me he tenido que levantar como he podido hacerlo y ahora le pegas a mi hermano porque estaba a mi lado y después me das una paliza de muerte a mí. ¡Estás loco, si, loco por que tú mismos tuviste la culpa de que yo naciese, a si que si deseas seguir pegándome a delante hazlo si es tu gusto, pégame, borracho! Mi padre tambaleándose se fue hacia él, y cuando le iba a dar otra paliza se calló al suelo porque ya no se aguantaba de pies. Tirado en el suelo, y vomitando el vino que había tomado mientas yo cuidaba de mi hermano, fui corriendo al cuarto de baño y cogí lo primero que pude encontrar, una toalla limpia y un poco de alcohol que había en una pequeña estantería, Salí corriendo al lugar donde estaba mi hermano sin poderse levantar, le fui curando la cara que estaba totalmente destrozada, y con mucho cuidado le fui curando las heridas producidas por los golpes que mi padre le había dado. Una vez que le había limpiado la cara, este, me dijo. ¡Ayúdame a levantarme que yo, ya he comido bastante, no te parece! ¡Si hermano, yo también he comido por hoy, ya veremos mañana como sale el sol! Te acompañarte a tu dormitorio, una vez en el dormitorio le dije a mi hermano. Si te pone la mano encima otra vez, lo mato, te lo juro ese no tendrá el valor suficiente de pegarte otra vez y menos delante de mí, te pido perdón por no haber tenido lo que tenía que tener; al no haberte visitado cada día para que nuestro cariño no se hubiese alejado entre nosotros. ¡No se ha alejado nada hermano me dijo él, yo sabía que si tú no venias a verme era porque padre te lo tenía prohibido, pero no tengas penas que si él quiere que siga pegándome, que un día se cansará y entonces será cuando se de cuenta del mal que ha hecho con nosotros dos! La noche pasó y cuando llego el día yo estaba levantado, cómo pude limpie la cocina, y prepare la comida para cuando ellos llegasen a casa. Cuando la tenía preparada Salí al patio, corte unas flores de nuestro jardín. Hice un pequeño ramillete y se lo iba a entregar a la virgen del rocío que teníamos en un cuadro colgado de la pared en el comedor, a donde mi padre me había dado esa tremenda paliza. Yo pensé que ella estando delante tendría que haber hecho algo pero no lo hizo, y se quedo entre su marco callada y yo por este motivo le iba a pedir perdón ya que yo no  la culpaba de nada. Entre en mi casa y encamine mi silla hasta el comedor, cuando estaba delante de ella con mi ramillete en mi mano, se escucho la puerta pero yo estaba tan emocionado delante de la virgen que no sentí los pasos que entraban en la casa. Sin pensarlo dos veces, me intente levantar, pero mis piernas no tenían fuerzas para aguantar mi peso, permanecí delante de ella, le ofrecí mis flore y le dije. ¡Toma  son para ti, estas flores las he cogido para ti, ven tómalas que yo no puedo  dártelas, si tu las quieres ven, que son tuyas ven y la coges! ¿No vienes entonces iré yo hadártelas? Algo hizo que mis piernas tuviesen las fuerzas para que yo me levantase, e intentándolo de nuevo le dije. ¡Toma, son para ti, las he cogido yo para ti y te pido perdón por haberte molestado tantas veces, pero te lo pido de todo corazón, cúrame te lo suplico, has de cúrame porque si no lo haces te pediré que me lleves con mi madre que esta esperándome en el cielo! Tome aliento y fuerza de voluntad y me puse de pies diciéndole. ¡Toma son para ti! Yo quiero ser rociero, quiero levantarte sobre mis hombros y recorrer contigo los caminos de mi Andalucía  quiero ser rociero, no me ves como te lo pido, llorando te lo pido cúrame por dios. Entonces con un extraño sentido levante mi cuerpo de la silla, anduve unos pasos pero las fuerza no estaba acostumbradas a resistir mi peso y me caí al suelo y llorando me arrastraba pidiéndole que me hiciese rociero. ¡Toma son tuyas quiero que me cures por lo quemas quieras cúrame de una vez! Y a si fui hasta la pared. Donde estaba su imagen colgada, entonces sí que ella me miro y fue cuando sentí que mi cuerpo ya tenía fuerzas para poder caminar. Pero esta vez en el suelo tendido me quede llorando con las  flores en mis manos. Estaba llorando cuando sentí que me abrazaba alguien, era mi pequeño hermano que lloraba de alegría al haberme visto como daba unos pasos por mí mismo. ¡Te quiero hermano, te quiero mucho he vito que te ha curado la virgen y tú has dado unos pasos; mañana daremos mas pasos hasta que te pongas bueno del todo! Mientras mi hermano estaba abrazado conmigo; mí padre se acercó y poniéndose de rodillas a mi lado el acarició mis cabellos como cuando yo era pequeño, mire para ver quién era el que me está tocando el pelo, vi que era mi padre, estaba llorando de sus ojos  dos tríos de agua brotaban de ellos y esta vez eran claros como la lluvia que cae del cielo y una vez que lo mire me pidió perdón llorando. Os pido perdón hijos míos, yo no he sido un buen padre para vosotros, he sido un animal y por eso os pido’ que me perdonéis los dos, he visto como tea sonreído la virgen, y  te ha curado porque tú eres un hijo tan bueno que gracias a ti he podido ver la vida como se ha de vivir.  Yo quiero que me podáis perdonar que en mi vida jamás os pondré una mano encima; y que nadie se le ocurra ponérosla, solo le pido que dios me de la vida que me retas por vivir junto a mis dos hijos, que son los más buenos de este mundo. ¡Yo fui rociero, y tú serás como decía tu madre el mejor de los rocieros de este mundo! El forjador de sueños.  pintaelsevilano.com

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