La paleta de acuarela

La paleta de acuarela

Hace muchos años: siendo aún, un niño, y des de hace munchos, pero que muchos años, yo seguía

soñando con ella. Cada vez que pasaba por delante del escaparate de una tienda que había en la calle hospital; yo me quedaba embobado mirándola, no había otra cosa que me llamase más la atención que aquella pequeña pero preciosa paleta. Mis ojos se llenaban de lágrimas y alguna que otras veces, me tenía que enjuagar para que la vista no se la llevasen y que me dejara verla.

¿Por qué, me preguntaba yo, si solo la había visto ponerla el tendero y ya era mía? Buen: si me la echan los reyes magos de oriente tal vez pueda ser mía. Y que ya estábamos, muy próximo a la navidad y me gustaba. La había visto en él escaparate de una tienda que vendían precislar. ¡Precislar! le llamábamos a cosas y utensilios de plástico y otras cosas como hules para las mesas de camillas; pero en el centro del pequeño escaparate estaba situada la misma y eso fue lo que atrajo la atención de mis ojos.

En este desgraciado, mundo todo cuesta tanto que a veces hay que llamar “al duende de los sueños” para que te echen una buena mano, yo era muy niño y no podía trabajar. Yo estaba en la escuela y lo que hacíamos durante todo el tiempo que estudiábamos era lo de menos, estudiar y. lo que sí que había que hacer era cantar la salve María, el credo. y él cara al sol y eso que no faltara porque si no, nos dejan salir a casa…

¡Yo soñaba con ese regalo para los reyes, si, hacía muy poco que había entrado en el grupo de desdichados de la vida! ¿Quiénes somos los desdichados… muchos y, como es natural, siempre éramos los pobres ya que el que tenía dinero; en aquellos tiempos era el rey o y otros cuantos?

Hacía mucho frío, entonces había perdido lo que yo más quería en la vida; y era: La mujer que había parido mi cuerpo, esta, era mi querida madre. Tendría yo unos doce años, y no sabía, de la misa la mitad. ¡Cuánto tendría que sufrir para que la piel de mi diminuto cuerpo se curtiese contra las atrocidades que me tendrían que hacer las múltiples heridas que jamás se cicatrizasen sobre mi desgraciado pellejo que cubre mi cuerpo!

Me había convertido sin desearlo, en un niño huérfano; pero era cierto, y que los años no serían para mí los mejores.

Mi ropa: la que llevaba puestas, no era la mejor, pero lo que si era cierto que tampoco tenía otra mejor para pasar esos momentos del duro invierno. Caminábamos por la calle, cogido de la mano de mi abuela. Esta me llevaba de mi casa ala de ella, y esta estaba muy retirada de la mía; y estaba en la otra parte del pueblo. Mi casa era tan pequeña que para estar todos juntos cabíamos estrechamente, pero a si era mi casa por llamarlo de alguna manera.

Poco tiempo, acaso, solo unos meses de ese maldito día que jamás se podrá olvidar de mi mente.

Murió cuando no estaba yo presente y cuando me fueron a buscar; estaba yo en casa de mis otros abuelos, los padres de mi padre. Entré en la habitación donde estaba su Querido cuerpo… ella al llegar yo; no hizo movimiento alguno, ni al sentir mis llantos, y no notar sobre su cara las lágrimas de cristal que salían de mis ojos como si fuesen dos ríos desbocados. ¿Cuántos somos los que la vida nos deparo estas tristes horas, y de las cuales, solo quedan las heridas producidas por ese maldito viento que arrastra los sueños en los cuales hemos estado viviendo durante el resto de nuestras vidas?

 ¡Pinté tantas cosas con ella que solo quedan viejos recuerdo de esos descoloridos dibujos que yo hice en mi infancia! ¡Pero, jamás volvió! Cuantas veces he llorado y después de haberlo hecho, me pregunto, ¿ha valido la pena hacerlo? qué se yo, tal vez el día que mi cuerpo se retire al rincón donde están las hojas muertas tal vez sí, que pueda verla. Mientras tanto todo se quedará en un bello sueño…

José Rodríguez Gómez

El forjador de sueños

El sevillano-

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