¿Quién soy?

¿Quién soy?

Hace muchos años me trajeron a este mundo. No era yo el que lo había pedido, pero, a si fue mi creación.

Ustedes dirán, para qué, cosa que ni yo lo puedo saber,  y muchas veces lo he preguntado a esa dulce mujer que durante nueve meses me tuvo encerrado dentro de ese maravilloso lugar; a donde jamás podernos volver. ¡Qué pena verdad!

Cuántas veces he llorado, muchas, y nadie me dio la respuesta que mi mente necesita para resolver los dilemas tan ocultos que hay en m nuestra vida.

A todas las personas les regalan un libro: Sin nombre sobre su tapa; ni palabra alguna que se pueda leer. ¿Me pregunto: para qué necesito yo un tomo vacio? ¿Grande o pequeño? Eso solamente lo  sabe la vida. La vida es el tiempo en el que estamos sobre esta maldita tierra; y en ella vivimos, sufrimos, o somos felices… cuanto, no lo sabemos. ¡Unos segundos, minutos, semanas, años y algunas veces nos da hasta más de un siglo… para que podamos vivir, sufrir, o tal vez ser feliz! Nada es cierto, todo es verdad y todo es mentira; el transcurrir de los tiempos nos dice cuantos días y cuantas cosas pasarán sobre nuestro cuerpo, sin saber escribir, ni saber leer. ¿Para qué? Durante todo este tiempo lo vallamos escribiendo y, el final, sí, un libro que el que venga tras nosotros; sea el que lo termine, y ya estará escrito; ya no queda ninguna página en blanco. Dejaremos esta parte, y después de todo el sufrimiento; será la única hoja que no podemos escribirlas nosotros mismos.

¡A mí: me regalaron un gran bloque de mármol! Sí, de mármol para que lo fuese tallando, y como, sin saber cuánto tiempo tendría que estar sobre la superficie de la vasta tierra en la cual vivimos, y el tiempo que me tenían guardado y del que yo mismo iría esculpiendo!

¿Qué tenía que hacer con esta piedra?

Con los años, me fui acostumbrando a ver este grandioso pedrusco que tenía delante de mí. Cada día que la vida me estaba regalando, y del la cual, no sabía para qué esta piedra en mi camino. Caminando se hace el camino. Sí, puede ser cierto; pero no todas las personas nacen con un obstáculo delante de si nada más nacer… A la cual, yo le daba rodeo, día tras día, y pasaba aduras penas delante de ella.

Durante años estaba acostumbrado a verla, nadie me dijo que tendría que hacer con este libro; sí, yo no tenía otra cosa, en vez de un libro en blanco; a mí me toco la lotería sin haber echado.

Había transcurrido unos pocos años y ya supe sobre mi piel hecha girones. ¿Para qué transcurrió ese tiempo, esos años, este era el castigo que me toco vivir? Cuando la dulce mujer me dejo a las puertas de un  hospital de los pobres, sí de los pobres; ya que los ricos no tenían que ir a ese lugar. A ellos les iba una matrona y en su casa y en buena cuna lo posaban con mucho cuidado para que esa criatura no sufriese lo que otras muchas tenemos que sufrir en nuestras propias carnes. ¡Qué lugar tan triste, tan húmedo y tan umbrío! ¡Este sitio había en el pueblo que me parieron! ¡Yo no nací, no, a mi me parieron, con muchos gritos, y mucho llantos por mi parte, sin saber el por qué de tanta pena, si tendría que haber sido de mucha alegría; pero no! Esa no fue la razón por la cual llegue a este mundo.

Tal era la costumbre de ver la medalla         que me pusieron ante mí; qué sin saber el por qué la fui tallando con un cincel y un partillo. ¿Qué buscaba dentro de esta mole? Nada, me miraba y sin darme cuenta me veía dentro de ella. Era tan grande, tan fuerte, tan dura y yo tan pequeño, que subiéndome a una silla de aneas; esta era la única forma de llegar hasta la parte superior de la misma. Durante muchos años estuve trabajando sobre la imagen que se reflejaba dentro de sí. Con el tiempo me veía a mí mismo; o tal vez era la forma que yo deseaba ser con el tiempo. Grande, fuerte y por qué no decirlo, bello. ¿Cuántos cinceles se gastaron, y cuántos martillos se rompieron? Muchas fueron las horas la estuve esculpiendo, y con el tiempo se fue formando a mi imagen y semejanza.

Una vez terminada mi obra, esta estaba en silencio, y encima de todo cuanto había pasado en mi vida; ahora qué estaba acompañado de algo, y que no me hablaba, no me miraba. Sus ojos estaban abiertos, pero mirando hacia el infinito, y yo, no sabía adónde estaba ese lugar que esta figura veía. ¡Ella no quiere decirme a donde están mis sueños y sabiendo que durante tantos años estuve llorando mientras yo la estaba esculpiendo! Ella escuchaba mi llanto, mis penas, mis sueños y yo siempre lo hacía para un lugar imaginario…

Han pasado los años, y llegado a este tiempo, me encuentro siendo un viejo. Casi no puedo levantar el martillo, y el cincel estará en algún lugar, pero mi mente no recuerda adonde esta para ir terminando mi obra. Sí, la mía es esta, y la de casi todas las personas es un libro, pero a mí no me lo dieron porque si no, tal vez estaría terminado y guardado en algún cajón de mi dormitorio, escondido para que nadie pueda leer las muchas cosas que me han pasado en mi desgraciada vida; y a si como yo no tengo tal cosa, prefiero que miren mi obra y busquen los escritos que guardo en su interior. Sí, la que me fue comendada para dejar escrito mí pasado sobre esta imagen.

Eran bellos mis sueños… pero no podía saber que miraban sus abiertos ojos, bellos sin tener color alguno, blanco. Su interior me llamaba cada segundo que yo estaba cerca de ella. Yo buscaba el lugar de los sueños. Su boca entre abierta no pronunciaba palabra alguna. Todo era silencio a su alrededor. Si piel era tersa, pero no tenía venas y su sangre no corría por si interior.

Se le podían ver sus nervios. Eran templados, fuertes, pero no tenía movimiento alguno. Su corazón estaba dentro de sí y tampoco latía… era un muerto lo que yo había creado durante toda mi vida. Yo deseaba hacer que sus ojos pudieran ver, que su boca pronunciase palabras, y que él me dijese para qué lo tuve que creando y el por qué de las cosas que pasan en esta vida.

El cincel no cabía dentro de sus ojos, no encontraba la forma de operar, o de tallar su mirada. Su boca entre abierta, en ella no entraba el cincel para hacerle sus cuerdas bocales. Si lo hubiese sabido, tal vez, ahora estaríamos hablando, y a si, él podría decirme adonde se van mis sueños y el por qué el haber nacido, o mejor dicho, parido sin haber pedido tal cosa. ¿Quién soy yo… una piedra del camino, un matorral que se balancea con el viento? Una brizna que se llevan la brisa, o solo una sombra que no sabe a qué cuerpo pertenece. Sea lo que sea, solo soy alguien que no sabe el por qué de las cosas…

Cuando se terminen los tiempos seguramente hallaré mis respuestas. El forjador de sueños. José Rodríguez Gómez, el sevillano.

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