El barrendero del parque 3ªparte

El barrendero del parque

3ª parte

Una doctora en siquiatría, después de haberme tratado durante unos meses, incluso uno o dos años, un día en el cual ya había terminado mi tratamiento me dijo la última vez que me vio: ¿Por qué se enamoró de esta mujer? Y yo le conteste. Porque era muy bella. Acto seguido me dijo. No sabe usted que con lo bello no se come. Después de muchos años y de muchos sufrimientos en esta vida, comprendí lo que esa señora me quiso decir. ¡Pero no lo vi, estaba ciego, era joven, y a esa edad, no vemos, no comprendemos las cosas y si además eres un poco lelo, más todavía, y pague mi error, valla si lo pague y, con creces! La piel de mi cuerpo se hizo un zallo con los girones de mi alma. Qué cierto es y, qué verdad esconde esa palabra que me dijo mi doctora… Solo con la belleza no es suficiente para ser feliz; y que hay que mirar otras cosas de esas personas, a las cuales elegimos. Es, ver de qué color es su corazón por dentro y por fuera, y muchas cosas más que hay  que mirar, y remirar, antes de dar un paso tan importante; como es, el llevar a tu casa una mujer que no la conoces de nada.

Ha sido lo más triste que me ha pasado en esta vida. Millones de lagrimas, río interminables, recorrían mi piel al haberme dado cuenta, muy tarde. Sí, lo eran demasiados los años que habían transcurrido en mi vida  cuando ya no hay remedio de poder enmendad las cosas. Sufres por dentro, por fuera, pero tu ceguera no te deja ver más allá de las pestañas de esa mujer que te ciega, que te hacer ver lo blanco negro, lo azul del el cielo en otros olores que tú te crees que son los más bellos del universo. ¡Al sentir en mi propia piel; que el tiempo pasado ha sido un castigo del cielo y no un regalo cómo pensé! Recuerdo cuando encontré a esta bella mujer sobre aquella solitaria lapida, en ese lugar tan apartado del mundo en el cual pensé… creí, y después de haberla mirado largo rato; decidí cogerla de la calle y llevarla a mi humilde morada… Cogida en mis brazos suavemente, y darle cuanto amor creí que le tendría que dar paraqué fuese la mujer más feliz de la tierra.  ¡Cuántos errores he cometido, en este larguísimo tiempo que llevo sufriendo por tantas equivocaciones!

Han pasado tantos años, y por más que lo intento, no logro olvidar, esa mirada triste, sincera y humilde… Solo humilde, pero no me dijo: eso que ves, solo es un escaparate que se muestra, para que desgraciados como tú, que los hay a millones; caigan en las redes de una araña. Pero no de una araña cualquiera, no, sino de la más terrible que pisa la tierra, de esas mujeres que se pintan la cara para engatusar a esos muchos desgraciados que creemos que con la luz de los ojos podemos engañar o enamorar a cualquier mujer por muy bella que sea. Inocentes que recorremos esta tierra para qué… Para ser esos cebos de esas hembras que buscan algún desgraciado que les de todo cuanto ambicionan.

Llovía torrencialmente. La noche se había echado encima, y no podía ver por donde caminaba. Mis pies metidos en el agua que cubría el sendero y los arbustos volaban y árboles se quería romper sus grandes ramas debido al fuerte viento en aquella tenebrosa noche. Comencé a caminar con el regalo que dios me había dado, esto es para que nuca jamás estuviese sólo. Estos eran mis pensamientos  mientras recorría dicho lugar. Mirando un lado, hacia el otro por ver si alguien me quitaría mi diosa. ¡Hasta donde llega la mente humana, crees lo que ves, sin mirar si es cierto, y si vale la pena recoger lo primero que encuentras en una solitaria calle! Pensar que lo que te llevas a tu casa es lo más importante para ti. No pensamos, y tampoco en  el tiempo qué tendremos que trabajar para alimentar lo que te has encontrado en medio de un lugar solitario. ¿Cómo había sido mi vida, antes de encontrar este regalo?

La había colocado con mucho cuidado dentro de mi carro para no hacerle daño. Mi deseo era que ella se encontrase bien, sí, a si, para que viviese a mi lado, y que cuando se despertase me viera con buenos ojos, para que jamás estuviese yo viviendo en  la soledad de este mundo.

¡Maldito seas mil veces! Sí, tú, mil veces te maldigo… es a ti a quien me dirijo, tú eres el dios de todos los seres de este mundo, pues es a ti a quien dirijo mis insultos, te maldigo una y mil veces. ¿Qué hago ahora, dime, que hago, tú me cargaste con la cruz de los sueños, esta que llevo en mis espalda, la que sangra cada vez que recuerdo mis desgracias?… Es tan grande la cruz que me has puesto sobre mis desgraciados huesos, que no puedo con su pesado madero.

¿Por qué, dime, porqué nacemos? Yo no pedí hacerlo; fuiste tú el que hiso que aquella humilde mujer me pariese. ¡Me trajo a este mundo, tú se lo mandaste y con los años y después de haber recorrido solo unas calles de mi pueblo sin salir de él! Nunca supe donde estaba el norte o el sur. Hoy, cuando ha pasado la mayor parte de mi vida.  Ya me ves, me hayo sobre este lugar y aquí me dejo; sobre este frio suelo. Encharcado hasta los tobillos, con los pies casi descalzos, caminé sin descanso hasta llegar a mi choza. Corría por los caminos del parque como alma que persigue el diablo, temiendo que alguien me la quitase. La ciudad estaba bacía, las calles solitarias. En una noche de tormenta, y para mí, creí que era la mejor de las noches. ¡Desgraciado, imbécil, qué sabrás de la vida; si jamás viste a una mujer, hoy que has visto a la primera; esta te la han regalado para que sepas por una vez en tu vida lo que vale un peine!  Corría tanto qué al llevar esta velocidad, cada vuelta de las ruedas de mi carro hacían tal ruido que muchas personas que escuchaban el chirriar de las ruedas. Ellas, o ellos sabían que era yo, pero era demasiado fuerte el sonido que emitían, parecía una tormenta. Se asomaban a las ventanas y limpiaban los cristales con sus manos para poder ver; ya que en aquellos momentos caía el agua a chuso y el vaho no dejaba ver detrás de los cristales.

La puerta de mi casa estaba abierta, jamás la cerraba, ya que el valor de su interior no era mucho, solo trastos viejos. Ya saben que las personas que nos dedicamos a estos menesteres encontramos cosas viejas, rotas, pero que para nosotros son muy valiosas, y al no tener valor alguno pues la dejaba abierta; así, no tenía que buscar la llave para entrar en mi cuchitril como yo la llamaba.

Una vez dentro, destapé la tapa de mi herramienta de trabajo, mire en su interior, temía que se hubiese evaporado, y que todo hubiese un sueño; de los muchos que pasaban por mi mente. Pero no, no lo fue; estaba dentro, y no se había despertado.

La luz estaba encendida, sí, la dejo a si ya que al ser muy pobre, este ayuntamiento me tiene por ser una persona que vive con un mísero sueldo, que es lo que ellos me pagan y por eso no la apagaba nunca. ¡Mira que bien que esta noche no tuviese que dar la luz! Era muy importante para mí que estuviese encendida. A sí, podría verla mejor, y que en el lugar que ustedes saben, donde la encontré la había visto muy poco. Eso me pasa cuando encuentro algo que me gusta, lo cojo, lo encierro dentro de mi carro y cuando llego a mi casa es cuando lo miro y lo remiro para ver el valor que tiene mi hallazgo.

Mi ropa estaba chorreando, mis pies dejando charcos de agua por doquier. Este al mojarse se hacía barro, ya que el suelo era de tierra.

Sacándola con mucho cuidado la levante, y con los pies temblando del frío que hacía; la cogí, la lleve hasta el camastro de mi cuarto. La posé sobre la cama, y cubriéndola con las mantas le tapé su cuerpo para que no temblase más de lo que estaba haciendo. La noche era una de las peores que había vivido, pero yo no perdía el deseo y la ilusión de que esta noche fuese la mejor de todas las vividas por mí.

Con unos trapos viejos, remendados y por muchos lados rotos. La fui secando sus cabellos; y mientras lo hacía, su cuerpo temblaba, y yo mirando cómo se estremecía. Al ver qué escalofríos le daban, yo temía que esta noche se muriese. Sus largos cabellos eran de un color castaño claro aunque, sin que la luz fuese muy buena, me parecieron casi negros, ya que era el color que siempre había gustado en una mujer es que tuviese sus cabellos negros. En este caso me conformé con el color que tenían y no les di más importancia.

Abrigue su cuerpo, le fui echando mantas tras mantas, hasta que dejo de temblar. No sabía qué hacer en estos casos, solo la tape y, me quede a su lado.

Me preguntaba: ¿Que hago, me acuesto con ella, o me quedo sentado a su lado hasta que se recupere y vea que la tengo en mi casa y la cual desde ahora también será suya? Si es que me quiere…

Su respiración era muy débil, casi no podía escucharla; el temor más grande para mí era, que de esta noche no saliese. ¿Y qué haría yo si pasaba algo así? Todo el mundo me culparía por tener a una mujer muerta en mi cama. ¿Qué pensarían de mí?

Temiendo lo peor, la dejé sola en mi cama. La noche entera estuve de rodillas a su lado, yo me pasé toda la noche rezando para que a su vida no le pasase nada y que se recuperase para mí.

Qué largas fueron las horas que pasé. Hincado a su lado, postrado junto a su cabecera y, le miraba su cara de plata y al llegar la mañana de canela se convertía.

Llore, sí que lo hice y no me avergüenzo de ello, no sé qué pasará después… pero en aquellos precisos momentos la amaba.

Cuantas cosas nos depara esta vida. Buscamos, encontramos, y otras tantas por mucho que busquemos no hallamos lo que tanto deseamos y, mucho más cuando en la soledad de la vida pasas tu cuerpo viviendo en un mundo que por mucho que lo intentes no hayas lo que tanto deseas; y es, tener y amar a una mujer que también te sepa querer y que te dé lo poco que se les suele pedir. Estos eran mis pensamientos y si haber estado con una hembra en toda mi vida.

¡Qué iluso, que puedes decir de la vida quien solo tuvo lo que nadie había querido! Estas cosa que se encuentran en las calles, muchas son desechadas por otras manos; que antes que tu las fueron manoseando, y quien se la queda… él que no tiene nada y recoge lo que otros no quieren.

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez

El sevillano.���

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