El barrendero del parque segunda parte.

El barrendero del parque

Segunda parte.

Hay noches, en las cuales, no soy capaz de conciliar el sueño, por ello, me acuesto muy tarde, y cuando he dormido unas tres o cuatro horas como máximo; despierto y, no soy capaz de dormirme de nuevo. Es  el momento que más miedo me da en todas las horas de la noche. Me tiemblan todo mi cuerpo, y el sudor brota por cada poro de mi piel. La noche se hace interminable, doy vueltas y más vuelta entre las viejas sabanas de mi camastro.

Durante el día lo paso en lugares que nadie conoce, y tampoco quiero que ellos lo puedan ver, ni sepan en qué lugar del parque se hayan estos sitios donde yo mismos siento terror. Durante todo el día no pienso en mi vida, me limito hacer mis labores y de esa manera no tengo deseo de recordar tiempos pasados.

¿Has estado en algún momento de tu vida con los ojos  abierto de par en par?… Buscando en la oscuridad de la noche, cualquier ruido que tu mente siente, se te encoje el corazón, al no saber de dónde viene y quien ha provocado ese insignificante sonido que te es extraño. Te tapas la cabeza, tiembla el corazón y el brillo de tus ojos, hacen de linternas entre las sombras de lo incierto, y escondes tu cuerpo bajo las frías sabanas en las noches del triste invierno.

Es triste vivir en la soledad. Hay cosas que un hombre no debería hacer jamás, y es, estar solo, sí, solo; peor es vivir sin que nadie te de los buenos días, y ni que te dirijan la palabra. Al ver que tu cara, y tu cuerpo,  les dan miedo, y se crea un pavor y una aureola sobre tu figura que solo con verte las personas de bien, se dan la vuelta o se cruzan al otro lado de la calle, para no pasar junto a ti.

¡Cuando esto te pasa a menudo, te lo preguntas, sí, y no  una vez, no, sino muchas veces! Hoy he estado en uno de esos lugares que hay en todos los parque, sí, en esos que parecen que durante todo el día reflejan los rayos del sol; pero hay rincones donde no dan esos rayos y solo las sombra reinan a sus anchas durante días, semanas y años; sin que nadie se acerque, ni siquiera, un solo parajillo se pose a cantar en unos de los muchos árboles que cubren estos lugares. Cuando me hayo en mi soledad, les pido, que se paren, que me canten para mi, aunque solo sea unos segundos, no, no es a si, ni por  equivocación lo hacen.

En la soledad de la noche, hay momentos, que no puedo dejar de pensar.  Me duelen mis ojos de haber llorado durante mucho tiempo, recordando tiempos pasados de los cuales no quiero ni pensarlos del daño que me infringieron sobre mi cuerpo y sobre todo, sobre mi alma y mi dolorida mente. Hoy les quiero contar algo de lo que me posó en esa parte de mi vida.

Un lugar de mi parque, sí, a si lo llamo; por que en verdad soy su dueño.

Caminaba lento, empujando mi carro de hojalata, sus ruedas de hierro, al pisan alguna de las pocas piedras que hay en todo el recinto, las llantas hace un ruido de metal y en el silencio suenan como si fuesen dos campanas que tocan a muerto. Cuando esto ocurre, y está cerca algún pajarillo sobre su nido, este sale volando, pensando que yo soy el que los mata, que soy el enterrador como todos me llaman, pero no es cierto. Yo quiero mucho a estas aves; ya que son la única presencia que me acompaña en mi trabajo y los cuales, son, los  que me dan compañía en las horas tristes de preso. ¡Qué es lo que yo soy en este lugar, el preso, sin saber cuánto tiempo me queda de condena!

Había llegado a este lúgubre rincón. Era media tarde, la luz del día se apagaba rápidamente, unos nubarrones se acercaban a gran velocidad, haciendo que la luz de la tarde se apagase en pocos segundos para que se me hiciese de noche.

El viento soplaba con unas fuerzas endemoniadas, y las ramas de los árboles querían romperse. Yo tenía que recortar unas hierbas que crecían sobre uno de los lugares más recónditos de mi vida.

Detuve mi carro, estaba cerca de la muralla que rodea este lugar. Hay una puerta de hierro, esta tiene unas bisagras que se engrasan menos que las ruedas de mi carro; que ya es decir, pero si es cierto que esta pequeña puerta hace años que no se abre, y hoy quiero cortar esas malditas enredaderas que pueblan este lugar y que con sus hojas de múltiples colores están poblando todos los árboles y todas las rosas que aquí se  crían.

Muy lento, sí, camino despacio, me da miedo, lo sé, pero no tengo más remedios que hacer el trabajo que me corresponde. ¡Este sitio me da escalofríos! Quiero agarrar el cerrojo, pero me tiemblan mis manos, y este temblor impide que yo pueda abrir la cancela que lo cierra. Tomo el cerrojo y cuando intento abrirlo noto que está muy oxidado, me cuesta trabajo moverlo, pienso en voz alta, y si alguien me escuchase; diría que estoy loco, porque estoy hablando con una vieja puerta y esto lo hago para quitarme el miedo que corre la piel de mi cuerpo. Por más que lo intento no la puedo abrir; pero lo he de hacer cueste lo que me cueste.

 Se ha cerrado la tarde, un relámpago me hace temblar, la luz de este ilumina todo el recinto y por más que quiero entrar y terminar cuanto antes esta faena, no sé cómo hacerlo. Con todas mis fuerzas lo intento una y otra vez, y cuando me quiero darme por vencido; este se abre solo, como si algún fantasma me hubiese ayudado. Sé ha corrido el cerrojo, yo en silencio me he quedado mientras estaba haba hablando con mis miedos.

El carro estaba a mi lado, y yo casi detrás de él. ¡No sé qué hacer, me digo a mi mismo! Un nuevo relámpago ha iluminado el lugar. La puerta está cerrada. No sé cómo, ni por quien… pero esta se abre de par en par, haciendo un chirrido que estremecería hasta los muertos de un cementerio.

Para no caerme, me había agarrado a los varales de mi viejo carro, esto ha sido lo que me ha sostenido para no terminar en el suelo. Tras el rayo sonó un trueno que hiso temblar la tierra, y un nuevo temblor sentí cuando mis ojos se posaron en un lugar de este maldito rincón del infierno.

Cogí la tijera que había entre mis herramientas, me puse unos guantes para no pincharme con las espinas de los rosales.

No sé si era el viento, o algún grito, que salía de un alma abandonada qué vagaba por este lúgubre lugar; pero yo sentí un lamento que sé podía escuchar y por mucho viento que hacía en ese momento; pero cada vez los sentía con más  nitidez. Esto me hiso dar media vuelta y correr con todas mis fuerzas hasta la puerta conde había dejado mi caro y cuando creí  llegara ella, la puerta se cerró con tal fuerza que hasta el cerrojo que estaba abierto se cerro de golpe. Había quedado encerrado en un lugar que era la primera vez que estaba dentro de él.

¡Grite, llore y por más que lloraba, el tiempo se empeoraba a cada momento! Comenzó a llover con tal fuerza que no se veía nada. El suelo se convertía en un río de aguas turbulentas, el viento silbaba sobre las copas de árboles y las hojas volaban de un lado a otro sin tener un lugar fijo adonde caerse muertas, y yo, hincado de rodilla en el suelo creí morir de miedo.

Una rama de los rosales que había cerca de la entrada, se enredo en mi ropa, quise moverme, pero este me lo impedía. No tenía valor de mirar para atrás y ver, quién era la persona qué me tenía sujeto por la manga de mi camisa. Tenía tanto el miedo; que no tuve valor para hacerlo y sin querer moverme las espinas se clavaban en mi piel. Esta me estaba haciendo sangre, sentía dolor y al notar un líquido pastoso y muy caliente que corría por mi mano. Quise arrancar lo que me sujetaba y al ver que yo no tenía fuerzas para soltarme, pregunte sin yo darme la vuelta…

¡Suélteme: yo no le he hecho nada, solo he venido a recortar los rosales! Pero nadie contestaba a mis ruegos y mi llanto; y, sin tener el valor para hacer un movimiento extraño y salir de aquel atolladero en el cual estaba metido.

Al darme cuenta, que ninguna voz contestaba a mis súplicas, miré, y ver que no era una mano lo que me tenía sujeto,  cuando miré para atrás y al ver que solo era una de las ramas de uno de los rosales sonreí y; con el dolor de la piel que sangraba, pero me hizo gracia. ¡Estar acobardado por solo una rama de este lugar!

Estaba encerrado, me preguntaba. ¿No sé cómo iba arreglarme para salir de esta? Como siempre hablando solo.

Una tibia luz sobre un rincón, estaba posada sobre un mármol o esto me pareció a mí. Esta luz era como una vela que deseaba apagarse, pero en la oscuridad de la tarde me ayudaba para saber adónde tenía que ir. Tintineaba, y  por más que soplase el viento ella resistía con su tenue luz; sobre aquél mármol, tenía en el centro del mismo una cruz, y la sombra de la misma la podía ver que era tan grande que mi sangre quedo congelada y sobre la lápida había una mujer, o esos creí yo. Pensé ir a verla: ¡Tal vez estuviese dormida, ya que su cuerpo bajo aquella tremenda tormenta no se movía de su lecho! No era capaz de dar un paso, pero el valor lleno de miedo y es cuando las personas sin saber por qué nos hacemos el valiente y comenzamos a dar pasos inciertos; pero con una determinación que no se sabe el por qué estas cosas nos ayudan cuando más miedo y temor tenemos. Mi cuerpo aparte de estar chorreando, también estaba congelado. Sin tener el valor suficiente caminaba en dirección hacia la lapida, era lo que yo estaba viendo, un lapida y sobre ella me pareció un cuerpo de mujer, estaba totalmente desnuda… y cuando me acerque para ver qué era cierto lo que decían mis ojos; si era cierto. No sentía nada, solo el viento que azotaba todo tipo de ramajes, pero su respiración no la podía escuchar. Era tan débil que no sabía si estaba viva o muerta. Acerqué mis dedos a su cuello para sentir si había algún tipo de movimiento o si respiraba, aunque sentí miedo, sí ya que su cuerpo estaba helado como la nieve. Pero al ver su belleza me hizo coger algo de valor.

Su piel brillaba bajo luz de los rayos, los cuales, cada vez eran mucho más continuos, así, la luz  dejaba que pudiese ver todo su cuerpo, y ver sus cabellos color castaño que cubrían su espalda.

La piel de esta mujer parecía cubierta por una gelatina, como si ya estuviese manoseada, y que su brillo quería hacerme ver que brillaba, pero había algo que cubría su cuerpo como si fuese de cristal de un espejo que  estuviese manchado.

Miré su cara, deje mis pensamientos que corriesen todo cuanto ellos quisieran. Mi corazón daba saltos, al pensar, que a lo mejor ella desearía vivir conmigo. Yo la cuidaría, vivirá a mi lado y por fin, una mujer en mi vida.

Cuantas cosas pensamos, antes de ver otras cosas que no fuese su belleza. Ciegos, sí, estamos ciegos todos los hombres lo estamos. Solo nos fijamos en la belleza exterior, pero ninguno miramos de qué color tiene su corazón.

Intenté por todos los medios y con los pocos conocimientos que yo tenía en estos casos. Hacerla recobrar su vida. Esta fría, y el color de su bello cuerpo estaba perdido, era tal su blancura que reflejaban los rayos como si su cuerpo fuese un espejo. Me daba miedo; pero por otro lado deseaba llevármela conmigo. Quería tener una mujer cerca de mí, y a si poder vivir lo que nunca había hecho… tener una hembra a mi lado y ver cómo crecen los hijos en mi choza.

Unos segundos que yo le estaba dando a mi mente libertad y esta se había ido por los cerros de Úbeda.

¡Cuántas cosas soñamos los hombres! Solo ver una bonitas faldas y, ya pensamos que será nuestra; y además  viviremos felices y al final de este corto sueños comeremos perdices rellenas de pajarillos de colores.

Cogiéndola en mis brazos, y teniendo el cuidado de no hacerla daño. Con todo el mimo que un hombre de mi calaña podía tener; la acerque hasta la puerta. Esta estaba cerrada. Y estando de esta manera tendría que dejarla en el suelo para poder abrirla. La pequeña puerta, parece que me escuchó y ella se abrió sola. Chirrió  muy fuerte, haciendo ese ruido que hacen las cosas cuando es la primera vez que se mueven durante mucho tiempo, a si me evitó que la posase en el suelo. ¡Después de todo el miedo se iba lentamente de mi cuerpo! Con cuidado el saque de aquel maldito lugar, pero al mismo tiempo me sentía feliz. Llevaba en mis brazos a la mujer de mi vida.

¿Vemos los hombres con los ojos de la naturaleza, o solo es la luz la que nos ciega en la oscuridad de la vida?

Cargada sobre mis hombros como si fuese un fardo, tuve que ponerla para poder abrir el carro y colocar su cuerpo dentro de este. Levante la tapa, retire algunas basuras que llevaba dentro, y una vez limpio coloqué su delicado cuerpo en su interior; para que no se golpease su cabeza sobre la plancha del carro. Me quiete la chaqueta y se la puse rodeándole su cuerpo.

¡Estaba contento, todo se había terminado para mi, desde este momento sería el hombre más de feliz de la tierra! ¡Cuántas cosas pensé en unos pocos segundos de mi desgraciada vida! Cuántas cosas pasaron velozmente por mi imaginación. ¡Pobre diablo me dije; cuánto me tendría que pesar el haber recogido a una mujer de la calle, la que no la conocía de nada, y me había enamorado sin preguntarle a mi corazón; si estaba en lo cierto o tal vez equivocado!  Estaba dormida sobre aquella lápida; en este lugar donde se guardan los sueños más endiablados de la historia. En verdad era una extraña para mi, a la cual no la conocía de nada y, sin saber que sangre era la que corría por sus venas; yo ingenuo de mi la traería hasta mi humilde choza.

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez

El sevillano

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