Un monstruo vino a verme

Un monstruo vino a verme

Quiero contaros una historia real.

Uno de Noviembre del 2019.

Un día aciago, nublado, ventoso y en mi silencio… pienso: no ha sido uno de mis mejores momentos. Y este día, a no ser porque es el día de todos los santos, para mi seguramente sin querer recordar esta fecha tan triste que mejor que no hubiese llegado.

Como les comentaba hay momentos de la vida que viviendo en la soledad de este mundo y sin querer hacer nada, he pasado que hoy es como si fuese otra fecha más del calendario, pero no ha sido así.

Después de haber comido estuve sentado un una hamaca reposando los alimentos que había ingerido. La comida fue la de costumbre, un plato de sopas con un trozo de carne no muy grande y un buen picadillo, una fruta y un vaso de leche. Seme había terminado el pan, y para esta noche no tenía, así que me dije: bueno esta noche tendré que comer sin pedirle a nadie que me diese una hogaza de pan; ya que si la pido, seguramente tendría que devolver una barra entera, y si no se hace de esta manera el pan que pides lo has de devolver con creces y para no tener que hacerlo nunca más; mejor cenaré sin este alimento tan necesario para todos o casi  para todas las personas.

Serían las cuatro de la tarde, llevaba un buen rato sentado, me estaba entrando sueño y para no quedarme dormido pensé. Será mejor gastar este tiempo tan preciado por mí, pintando un poco, a si, el tiempo se pasaría mucho más rápido y sería más beneficioso para mis sueños.

Dicho y hecho, subí a la segunda planta de mi casa donde tengo mi estudio de pintura, y en la cual tengo muchos cuadros, y mirando uno de mis viejos cuadros, he pensado, reemprenderlo nuevamente, y con ello mi deseo es de acabarlo de pintar. Este cuadro llevaba sin terminar unos cuantos años, y he creído que ya es hora de acabar este grandioso lienzo.

Desde las cuatro hasta las siete y media he estado con dicha pintura, no es que haya hecho mucho en él, pero sí que en una de las figuras que lo componen le he dado cientos o miles de pinceladas para hacer que quedase  mejor de lo que estaba; y ha quedado mucha faena para mañana, y que seguramente que no la habré terminado; pero eso no me importa; el tiempo que malgaste o que aproveche todo es mío y lo que no haga hoy lo dejo para mañana que será otro día.

Se había terminado la faena de pintor, y antes de bajar las escaleras que separan la planta superior de la planta baja, he tenido que bajar y encender la luz para no terminar cayendo por la misma la cual es muy empinadas; y a mis años ya es un gran problema; el de mis piernas que no están tan agiles como antaño.

Antes de bajar y sabiendo que tendría que volver a subir; cogí las múltiples pastillas que me he de tomar cada noche.

Di la luz del comedor, antes de apagar la de las escaleras, para no pegarme un golpe con alguna esquina o cual cualquiera de las puertas de mi casa. Esta sala me sirve de comedor, de despacho y en el cual tengo mi ordenador y mi mesa de trabajos. Frente a esta mesa tengo mi televisor. Lo he encendido; he ido hasta la cocina y he puesto a calentar una ración de sopas. He mirado en el frigorífico y he sacado un trozo de salchichas que tenía en el mismo, la he calentado y una vez calentada la he levado a la mesa; y con el plato de sopas y este trozo de longaniza he comido; eso sí, sin pan, pero; no lo tenía, y detrás de estos alimentos lo he terminado con unas uvas y una naranja.

Mire mi pagina, viendo que no había nada que me gustase estuve zapeando en los diferentes canales de mi televisor.

Estaba cansado, no es que hubiese hecho algo para tener mi cuerpo dolorido pero a mis años, que no son pocos, ni tan poco que sean muchos; pero sí que ya tengo los suyos y muchas veces me digo: creo tener los que me sobran por haberlos vividos.

Sentado ante la televisión. Los ojos se estaban cerrando y seguramente me quede dormido. ¿Cuánto tiempo estuve en mi silencio, en el descanso del cual ese momento se vive dos veces, y es el haberlo estado vivo y dormido al mismo tiempo? ¡No lo sé, y tampoco lo miré; me daba lo mismo el tiempo que había descansado en el sillón de mi despacho!       

Busqué en algunos de los canales para ver que estaban dando, cosa de las cuales muchas veces ni las miro, porque muchas de ellas son solo basura o alguna de las viejas películas que repiten una y mil veces hasta que nos aprendemos los anuncios que se dan en estas series.

Dormido o con los ojos entre abiertos, una vez cerrados y otras enmarañados sin saber que era lo que veía.

En uno de los descansos, creí ver algo que me llamó la atención. Era un niño que hablaba con un monstruo de ramas; me pareció ver que era una película de la que había visto el tráiler de ella. Esto hizo que me despertarse al ver y poder averiguar que se trataba de la película de Alejandro Amenábar. Un monstruo viene a verme.

¡A mí los cuentos me gustan muchos! Tal vez sea porque me sigo considerando un niño; sí, un niño aunque ya soy muy viejo pero creo ser lo que nunca tuve, a ese niño que había deseado ser, y también ser lo feliz que merecen todos esas criaturas pequeñas que viven en este mundo y que la mayoría de ellas no encuentran la felicidad en toda su maltratada vida; y perdone que a si lo diga de esa forma pero a si se siente mi corazón y en toda su maldita y desgraciada vida. Ese niño que nunca tuve a mi lado y que tampoco me dejo en la soledad de este mundo. Siempre estuvo conmigo pero que había pasado tantas cosas en mi corta infancia que mi piel está más remendada que el telón de un viejo circo.

Unos minutos viendo esta extraordinaria imágenes y pude comprender qué se trataba dicha historia.

Llore como un niño, sí, lo hice. Mis ojos se habían despertado de tal manera que era imposible poder cerrarlos. Eran dos fuentes silenciosas las que derramaban lágrimas de cristal sobre el tablero de mi mesa, hacían ruidos al caer como si fuesen gotas mágicas, y que al estar viendo este cuento había de recordar cuanto yo pasé. Cada segundo que pasaba, yo, me quedaba extrañado y me preguntaba a  mí mismo. ¿De dónde han sacado esta historia?  La estoy viendo, y yo me veo dentro de la misma. ¡Es mi vida y todo cuanto puedo ver me dice que es mi infancia! ¡Sí, que lo es, y el caso, es que a mí, también me pasó lo mismo hace cincuenta y nueve años me ocurrió dicha historia y creo que me la ha robado de mi mente! La han escrito para que yo en este día tan señalado ellos quieran volverme loco al recordar esta parte de mi vida.

¡Anoche estuve viendo una película titulada: Un monstruo viene a verme! Yo la he escrito según me pasó a mí en una vida real y sin ser un cuento; fue la desgracia que en mi niñez paso lo mismos teniendo solo unos diez años cuando comenzó y termino a los doce, y el encabezado de este escrito. Es el de mi propia película.

¡Lloré, sí, lo hice y sé que me hizo mucho bien el haberlo hecho! Después de ver esta historia recordé que yo cuando tenía su misma edad también tuve un amigo que no era como ese monstruo y el final era el mismo y de la misma manera.

Es dura la vida, a veces nos hace recordar que esta vida no merece la pena haberla vivido. Os parecerá duro escuchar estas las palabras de la boca de un niño. Yo fui ese niño que ha salido de ese celuloide; reflejado en mi mente y que me hace escribiros esta historia.

Después de haber pasado tanto, yo creo que mi madre sufrió mucho más que esa madre, la de ese niño, y al haber sufrido tanto dolor, tantos medicamento y tantas operaciones; qué su pobre cuerpo se fue y tras de sí dejó un vacío. Cerró todas las ventanas de mi mente, y cuando quiso salir el sol; ya era demasiado tarde para que yo recobrase la memoria y que pudiese ver a ese niño que un día fue feliz y ya no era nada igual, todo había cambiado en mi mundo.

Ver esta historia me hace recordar tiempos felices.  Verme reflejado en un viejo espejo; yo recuerdo que también fui un día el que jugaba con unas pinzas de la ropa, ese era mi amigo, el juego de unos barcos sobre un lebrillo lleno de agua, sí, así era el que yo creaba en mi mundo, el que yo inventaba para no estar solo a ninguna hora del día ni de la noche. Era el compañero que nunca tuve; pero que tampoco me hizo falta, ya que mi mente era capaz de crear todos los sueños que me hiciesen falta para que nuca estuviese solo ante esas tristes horas de la soledad de una mente que se quedó dañada durante el resto de mi vida.

Menos de ocho años tenía yo. Fue cuando comenzó mi historia.

Su mirada era tan dulce, sus ojos claros, sus cabellos negros como una noche sin estrellas, que solo con cerrar mis ojos la estoy viendo, de noche, de día y a cualquier hora puedo verla y, recordar su cara. Pero yo no tuve la suerte de tener a un amigo que me dijese las cosas que después con los años viviría y recordaría los daños colaterales que dejaría en mi mente, y como no, también sobre mi piel.

Cosida con girones de mi alma dejó mis entrañas.

Era costurera, hoy en día se la llamaría modista. Yo fui durante los años que recuerdo el que le ensartaba sus agujas, ya que después de haber estado cosiendo durante muchos años su vista estaba muy que cansada. No crean que tenia tantos años, no, no era cierto; solo duró a mi lado hasta que cumplió los treinta y nueve años. Si de esos les descontamos los años que paso enferma; solo tendría unos treinta y cinco, más o menos.

¡No sé cómo podía saber por dónde tenía que pasar la aguja de la máquina de coser! Podía ver como daba al pedal a su vieja máquina para que volase y que las costuras hiciesen su trabajo. Salía humo de la tela al pasar por debajo de ese hilo mágico que lo dejaba cosido para que el vestido tomase la forma deseada.

Un día y otro día, pero su cuerpo no había forma que se pudiese poner buena. Y yo criado por otras personas; en la soledad de mi vida, no tenía a nadie que me pudiese dar un beso de buenas noches. Cuantas horas, días y semanas pase recordando su cara, cuantos silencios y cuantas tormentas vendría después a mi deteriorada mente. Cada noche bajo las sabanas de mi vieja cama; yo recordé sus últimos besos, y sus quejas, sus dolores esos que jamás poder olvidar.

¡Daba gritos de dolor sobre una vieja cama de madera! Su colchón eran unas tablas para que sus piernas dejasen de dolerle. Sus nervios estaba engarrotados y sobre todos los de sus piernas: y estos le hacían dar alaridos durante toda la noche y todo el día, y yo durmiendo junto a su cama en una camita igual de pequeña que la de ella, y yo lloraba para que su cuerpo dejase de gritar.

Besos, y sus sonrisas: Era tan bella que la recuerdo como si estuviese cerca de mí.

Su trabajo era además de cuidar la casa de sus labores, era coser para la calle y para que después de haber estado trabajando durante horas y días para ganar solamente unos duros que no llegaba ni para poder comprar un míseros pan.

Idas y venidas a Sevilla, para que la viesen los médicos adecuados. Ingresada desde su tierna juventud. Era yo el que se quedaba solo en mi casa, sin saber que sería lo que dichos doctores le pudieran hacer para intentar sanar su bendito cuerpo.

¡Mi casa no era esa de la peli, no, no lo era! La mía sólo tenía dos habitaciones. Un pequeño comedor, y además dos dormitorios, en ellos había unas camas y el lavabo para poder asearse con una vieja palangana de porcelana y un jarrón con agua para poder lavarse la cara y verte en un espejo colocado sobre la madera del tocador.

Yo nunca rompí los muebles, no los tenía, solo había en mi casa unas camas una cómoda y un baúl para guardar la ropa.

Todo comenzó según recuerdo: con una apendicitis. Después, lo más grave; el cáncer de pecho, este lleno de negro mi pobre vida. Días, semanas y años sin resultados favorables a su enfermedad. Durante todo este tiempo ella estuvo en idas y venidas. Le cortaron uno de sus benditos  pechos y en aquellos tiempos no había los remedios ni conocimientos que hoy en día se poseen.

El cáncer siguió su curso, no pensaba en mí, siendo solo un niño me faltaba mi madre que era la que me había traído a este mundo del cual no tenía ni la menor idea de cómo iba ser para mí en estos años. Cada día y cada vez que ella estaba cerca de mí, yo escuchaba sus lamentos y, si no tenía bastante le entro otra enfermedad. Yo creo hoy en día que era la misma, sí, una de las ramas de ese cáncer y, de este nuevo camino se le engarrotaron sus nervios y no podía moverse de la cama. Segundos, minutos y todas las horas  de su vida, ella daba gritos que desgarraban mi corazón. Noches tras noche y hasta que se la llevaron de mi lado para operarla nuevamente.

 ¿Qué tipo de enfermedad tendría? Le operaron la cabeza; esta operación era cerca de las sienes y además la dejaron sin pelos y con un pañuelo de colores yo la recuerdo cuando estaba a mi lado.

Iba al colegio sólo, sin que ningún niño me acompañase y en mi camino solo hacía que llorar, al ver que la vida no había sido agradable para mí.

Pero cuánto daño tendría que padecer, para que terminase de sufrir en su vida; no era yo el que pasaba el calvario que ella estaba pasando, pero sí que también me paso lo mismo que este niño del cual ha sido el que me ha recordado los años tristes de mi infancia.

Después de pasar esos cuatro años y sin aliento de poder seguir con vida. La trajeron a mi casa nuevamente en una de esas ambulancias de aquellos entonces, la acostaron en su cama yo seguí durmiendo en mi camita que estaba en la habitación anterior a la suya durante los días que su cuerpo resistió.

En una parrilla venía su cuerpo; quiero decir que hoy en día las camillas son mucho más cómodas para los pacientes. Una lona con dos varales y en medio su dolorido cuerpo hecho pedazos ya que había sido operada unos días antes de traerla y al ver que no había remedio para poder curarla; los doctores decidieron hacer lo mejor para ella y para todos. Lo que se hace con los enfermos que no tienen cura. Es traerla a su casa para que pueda morir cerca de sus hijos y familiares. Mi padre sí que estaba informado y no mucho porque él tenía que seguir trabajando para poder alimentarme a mí y a mi hermana algo mayor que yo. ¿Qué tenía su cuerpo que la ropa que la cubría estaba llena de manchas de sangre? El derramen que tenía en su estómago, cosa que yo no tenía ni el menor conocimiento de sus males. Yo quería verla, besarla, abrazarla; que yo era muy chico, era su hijo menor, y sobre todo, era mi madre, y nadie me lo permitía y por mucho que lo desease no me dejaban acercarme a ella. Las gentes de mi calle y los vecinos del patio donde vivíamos se acercaron hasta ella; pero los servicios que llegaron encargado de su traslado, no permitieron que la tocase nadie. Pero el momento de su llegada se agolparon todas las personas que la querían y todos los demás vecinos que en aquellos tiempo eran como de la familia, y nadie quería el mal para ella y al verme me cogieron para que yo no me acercase y a si no la hiciese sufrir que ya tenía bastante con su mal del cual se la llevaría días después.

El niño de la peli; su abuela fue a buscarlo, sí, corrió hasta donde estaba en la casa de su abuela, en la que él rompía los muebles y destrozaba todo cuanto se hallaba en su camino; yo no tenía nada para poder romper, no tenía muebles, ni cómodas ni enseres que destrozar para contener mi rabia, no, de eso no había nada; yo estaba en mi casa y mi madre estaba rodeadas por las personas mayores que yo, y para que yo no sufriese me mandaron a casa de mis abuelos que estaba separada de la mía por dos calles y un callejón de vecinos que se comunicaba con dicha calle. Ya no gritaba, no hacia movimiento alguno; pero a este niño sí que pudo hablar con su madre y poder abrazarla y quedarse dormida en  ante sus ojos y, llorar en sus brazos doloridos. Ese sí que pudo; claro, era una peli y yo no pude hacer nada de eso, y solo cuando después de muchas horas separadas de ella me comunicaron que mi madre había pronunciado mi nombre y quería ver a su pepeillo para verme, ella deseaba darme un beso y fue entonces cuando me llamaron. Fueron a casa de mis abuelos paternos,  estaba yo sentado en una de las sillas de aneas. Llorando como un niño que es lo que yo era, pero nadie me decía como estaba y cuál era su estado. Sabía que la habían traído pero no me dejaron darle eso… un beso.

La puerta de la casa donde yo estaba se abrió de par en par, entro mi tía, ella había estado desde el momento que llego hasta que ella misma fue la que vino a por mí.

Sus ojos estaban rojos como si fueran de sangre, yo sabía que la quería tanto que su corazón estaba tan roto como lo podía estar el mío y con su voz entre cortada al estar delante de mí me dijo. ¡Pepillo tu madre quiere verte, no hace nada más que pronunciar tu nombre! Te quiere abrazar y darte los besos que puedan hasta que  su corazón deje de latir. ¡A sí, que vamos, no hace falta que te laves la cara, ni que te seques tus lagrimas, desea estar atulado y no pronuncia otra cosa que tu nombre! Cogido de su mano volábamos a su encuentro, cruzamos este callejón de vecinos y todas las personas al verme, lloraban, y yo, sin saber por qué hacían esto con mi presencia, pero algo me daba mi corazón al estar tan lejos de ella. Me pregunto si todo este corto trayecto se hizo tan largo que cuando llegue; dejaron pasar a mi pequeña figura y me acercaron hasta su cama donde ya no estaba, sí se había ido y solo puede ver sus ojos desencajado mirando al techo. La bese repetidas veces y pronunciaba su nombre. ¡Aurora, madre, dame un beso por favor; tú sabes que yo te quiero mucho! ¿Y cómo hare para poder besarte durante los años que me queden de vida? ¡Yo no quiero seguir aquí, quiero irme contigo; sé que estaré muy bien a tu lado, por lo que tú más quiera, llévame contigo y no me dejes solo en este maldito mundo!… Por los poquitos años qué he vivido contigo… hazme este favor, que es el último que te voy a pedir… Silencio, se hizo de noche, mi cuerpo sé quedo abrazado al de ella que ya estaba muy frío. Su piel no tenía el calor que yo recordaba, hasta su olor no era el mismo… Todo se hizo silencio, solo el llanto de mi alma se podía escuchar entre todas las personas que se hallaban en esta pequeña habitación… Se fue, y no se presento el monstruo, y el lebrillo se había quedado seco, ya no se llenaría nunca más de agua. Esto que les cuento fue real, mi vida se trunco desde ese mismo instante y ella se marcho dejando la estela de la muerte, y yo viví en los brazos de esta tía mía hasta que marché a donde jamás tuve que haberme ido… Pero esa historia se las contaré algún día… ¡Quiero que sepan que he llorado tanto escribiendo esta historia real que de mis ojos han brotado tantas lágrimas como para llenar un océano! He dejado las lágrimas de mis ojos sobre el tablero de mi mesa para que el tiempo las seque. El forjador de sueños. José Rodríguez Gómez el sevillano…

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