El pianista… novena parte

El pianista

Novena parte

José se quedo en silencio meditando las palabras del señor Duque, cogiendo las manos de Jennifer y sonriendo entre sus miradas y viendo la cara de su amada le contesto.

Señor duque: nunca le hare daño a su querida hija, la quiero y creo que ella también me quiere con la misma fuerza que yo la quiero por eso no tema señor.

¡Bien, hablemos de otra cosa! ¿Cuándo piensas que puedes demostrarme lo que sabes del piano? Según tus palabras me dijiste que sabías tocar el piano tan bien como lo puedo hacer yo… es a si estas fueron tus palabras. Ha llegado la hora de demostrármelo, no crees.

Cuando usted quiera estoy dispuesto de hacerlo señor.

Duque se lo quedó mirando al escuchar las palabras de afirmación de sus requerimientos de tal cosa y mirando a su hija este les dijo. Cuando quiera… te parece bien ahora.

Si señor es buena hora para salir de dudas.

El señor duque se levantó de su enorme y precioso sillón, y sonriendo le mostros el camino por donde tendrían que ir para hacer la demostración de sus virtudes.

Los tres de pies, una vez levantados este, les mostró el camino para ir al  lugar donde estaba depositado el dicho piano para hacer la prueba de fuego que tanto había deseado el señor duque y su hija que también deseaba que fuese cierto esto que él la había dicho tantas veces que sí, que él era capaz de hacer todo cuanto su padre pudiese hacer sobre las teclas de cualquier piano.

Dentro del grandioso salón donde este estaba situado el despacho del dueño de toda esta sala que él no sabía lo grandiosa que llegaba ser, ya que solamente había visto el dormitorio de Jennifer y nada más.

Tocando un resorte situado en una de las paredes se abrió una pasillo fuertemente iluminado, donde se podía ver las grandes figuras de todos los tiempos de la música, y de los mejores maestros del piano y de todas la especialidades ya que el dueño de todo era un maestro del piano y se comparaba con los mejores de todos los tiempos. Estas figuras estaba echas de mármol, su finura eran de lo más bellos mármoles y de diferentes colores, incluso de mármoles negros, cosa que él no sabía que pudiese haberlos, pero si estaban allí, seguramente sí que lo habría, pero él nunca los había visto. Estas estaban situadas sobre pedestales, y otras de figuras a medidas de tamaño natural naturales y algunas de una estatura grandiosas ya que sus personajes eran y habían sido enormes de cuerpo y su estatura también. En esta  prueba  tendría que hacer todos sus meritos para demostrar cuanto sabía para que este señor no lo echase de su casa, aunque esto era solamente palabras.

Después de recorre varios pasillos y antes de llegar al lugar donde estaba situado el piano de su prueba, pasaron por un lugar debidamente adornado en el cual había un maravilloso piano de color blanco y este estaba rodeado de muchas flores y con la tapa levantada, su silla dispuesto para tocar, pero al ver que pasaban de largo José le preguntó por dicho piano.

¿Señor Duque: me gustaría que hiciésemos la prueba en ese piano blanco? Podíamos hacerla: le preguntó…

Se lo quedó mirando y le dijo. Este piano del que me hablas está totalmente envejecido y sus cuerdas destensadas  no creo que se pudiese arreglar era el mío y con él conseguí los mejores éxitos de mis tiempos de juventud pero ya no vale y lo tengo como un recuerdo ya se ha hecho viejo como todos nos haremos en esta vida, no sirve.

 Yo lo puedo arreglar si usted me lo permite.

¿Usted se atreve a decirme que sería capaz de arreglar ese piano? Sus sonrisas se escucharon a distancia, eran fuertes pero agradecidas por las palabras de este joven.

¡Me dices que tú eres capaz de arreglármelo! ¿Sabes que los mejores técnicos de instrumentistas lo han probados y ninguno ha sido capaz de hacerlo sonar como es debido y tú me dices que lo puedes hacer? Tienes mi permiso, puedes comenzar cuando tú quieras, como si lo comienzas hoy mismo, es todo tuyo pero no lo estropees más de lo que esta. Te doy permiso para que lo hagas, y si lo arreglas te lo regalo para tu cumpleaños.

¡De mi cumple años dice usted!

Según creo estas a dos días de cumplir veintiséis años… no se cierto.

¡Si señor: como lo sabe usted!

Tengo tus papeles y tu documentación luego te los daré para que los tengas tú que son tuyos y me las dieron días después de la paliza que te dieron.

Pero ahora no es este el piano de tu grandiosa prueba, tengo algunos más que es donde tú me lo vas a demostrar tus habilidades. ¿Te parece bien blanquito? Esta palabra de blanquito era común entre todas las personas de este lugar, incluso su querida “mujercita” lo digo porque desde que entro en esta casa; José  y Jennifer ellos se amaban como si lo fuesen; uno enamorado del otro y el otro mucho más enamorado de su pareja; por eso le digo mujercita con el tiempo ya les iré contando cosas de estos dos enamorados. Esta frase o mote que José la tenía entre esta familia; y era natural: él era el único blanco en la casa; por lo tanto a si le conocían, excepto Jennifer que era la mujer de su sueños al final eran tan enamorado los dos que también ella le llamaba muchas veces con ese mote, y a él no le hacía nada feo que se lo llamasen de esa manera ya que en verdad dentro de este laberinto de personas negras o mejor dicho de color él era el único que era blanco por lo tampoco se desmarcaba de entre todos y era cierto que a sí que era la diferencia de color entre ellos.

Siguieron caminado y tras unos metros y en otra grandiosa sala estaba uno de color caoba, reluciente y con una iluminación tan perfecta que cualquiera que desase tocar estaba dispuesto para ser utilizado.

¿Te gusta este? Le preguntó el señor Duque…

¿Es el suyo? Dijo José

No, el mío no lo puedes tocar por lo pronto, y no sé si algún día lo podrás hacerlo y para ello te queda mucho camino por recorrer.

José se acerco a Jennifer y le dio un beso en sus labios para que le diera suerte y esta sonrió y le contestó con una sonrisa.

Todo tuyo: demuéstrame como eres de grande ante este piano; lo qué tú dices tantas veces y deseo que lo seas porque si no mi padre; te pone de patitas en la calle y; ya sabes cómo se las gastan en esta gran ciudad.

El piano era precioso, jamás había visto nada igual, el piano tenía su tapa levantada en ella se veían todas la cuerdas predispuesta para ser acariciadas y el brillo de sus maderas eran tales que se podían ver sus pestañas y el color de sus ojos al mirase del brillos que tenia y  seguramente se podría afeitar en él como si fuese un espejo mágico. ¡Qué preciosidad! Estaba ante él mejor de los mejores según José, este piano sería su sueños y en el demostraría todo cuanto guardaba en su corazón; estaba dispuesto hacerlo, y que este precioso instrumento llorase con sus notas si fuese necesario.

El señor Duque se lo miraba, encontraba en él algo especial y sin saber el qué pero algo escondía en su mirada, porque jamás había presenciado nada igual alguien que mirase con tanto amor y qué lo acariciaba y resbala sus manos por las brillantes maderas que formaban el cuerpo y la estructuras de este especial piano.

Viendo como lo miraba el piano, José estuvo varios minutos mirándoselo y cuan do lo creyó conveniente se sentó en la banqueta. Sentado mirado sus teclas, abrió el libreto que estaba colocado sobre el piano, una vez abierto el libreto espero a que le dijese algo el señor Duque…

¡Puedes empezar cuando quieras, mi hija y yo estamos sentados de tras de ti; esperando escuchar ese piano y ver de qué madera estás echo tú! Ahí tienes para escoger todo cuanto quieras, en ese libreto hay partituras de los mejores pianistas de esta tierra, comienza por donde tú lo desees, yo sé cuáles son, y te puedo decir de quién es esa música sin que me hayas dicho su autor; con solo escucharte, y sin haberme dicho de quien es, ni que partitura quieres tocar. Comienza cuando tú puedas o seas capaz de comenzar; es tu momento de gloria, o tú peor momento de clase para ti.

Unos segundos en silencio, recorrió sus dedos por el teclado, se situó al centro del mismo, y esperando que el mismo piano le dijese cuando comenzar; se quedó mirando el libreto y abriéndolo por la mitad, escogió sin mira ni como se llamaba el autor de la obra, que sería la primera partitura qué había escogido al azar teniendo la partitura, bajo sus ojos y dio comienzo a su examen.

Acariciaba las teclas, y sin mirar el libreto, habiendo vito su autor, ya no necesitaba partitura alguna, él se sabía todas las melodías que pudiesen esconderse dentro de este magnífico piano. El libreto era su camino a recorrer sobre estos grandiosos maestros de la música. Beethoven, Mozart, cualquiera de entre los grandes estaban dentro de este magnífico conjunto de partituras de los mejores pianistas de todos los tiempos.

Se hiso un silencio entre los tres.  José acariciaba sus teclas y, suavemente hundía sus dedos sobre las teclas de nácar qué relucían como si fusen de cristal entre sus delicados dedos.

No le temblaban sus manos, en silencio miro al techo, donde había un foco que le daba la luz para que pudiese ver bien la partitura. Le sonrió al piano… y, este le agradeció tal gesto; Y solo acariciando su cuerpo comenzó el sonido a vibrar de sus entrañas y salir de su encantador cuerpo, la melodía que dictaba la partitura que él había escogido.

Durante unos segundos se escucharon repicar de campanas, corres de caballos y el sonido de los cascabeles, y de otros tipos de instrumentos que no estaban en el escrito de aquel  libreto.

Sí, era la música, estas eran sus notas, pero realizadas con otros instrumentos que los cuales transformados en la obra expuesta.

Era Mozart: y una de sus mejores obras creadas por el mejor de todos los escritores de música de todos los tiempos y él lo interpretaba su manera. De él salían estos sonidos que el señor Duque no podía comprender de done salían estos cambios, si él nunca lo había escuchado de tal manera, pero este joven lo interpretaba a su gusto y estilo.

Duque no hiso movimiento alguno; escuchaba sin hacer nada solo le miraba, y sin comprender como era capaz de sacar esta melodía, porque él no sé podía mover del sillón donde estaba sentado.

Se había quedado petrificado, jamás había escuchado tal cosa y no podía comprender de qué forma este joven estaba tocando su piano y de dónde sacaba aquellos sonido tan maravillosos que salían por el sobre de la tapa del instrumento que acariciaba sin hacer ninguna fuerza sobre el teclado de nácar y caoba.

Una hora, sí, con una hora le bastó para demostrar que era algo mágico, y qué durante este tiempo no abrió ninguna otra página y sin haberlas visto él sabía lo que estaba escrito sobre aquellos pentagramas.

Terminó de tocar, espero el veredicto de su señor Duque como él le llamaba. Este no hacia movimiento alguno, ni de su cuerpo, ni con su boca, ni sus pestañas se movían, y para ver que estaba vivo, y si saber el por qué no podía mover ningún miembro de su cuerpo.

José al ver que no le decía nada; volvió su cabeza al lugar donde estaba sentado él y su querida hija.

Jennifer miraba la cara de su padre que le dijese algo a su querido  Blanquito y al ver qué no decía palabra alguna, le acarició suavemente sus mejillas, y al roce de la mano de su hija se despertó diciendo.

¿De dónde sacas esas cosas, preguntó gritando; cómo te sabes todas las partituras si ese libreto es mío y sé que nada de lo que has tocado estaba escrito en él?

José dio un recorrido por el teclado y, comenzó de nuevo a tocar; esta vez sí tocaba lo que había en la partitura y cuándo le demostró que no le hacía falta ver nada de cuanto estaba en aquel libreto entonces le dijo: quieres que siga o prefiere que le improvise para que sepa de una vez que soy el pianista de los sueños y no tengo la necesidad de leer nada de cuanto esta en ese libreto; yo me lo sé de memoria, y si usted quiere me dice que partitura y yo sin abrir él, libro se la toco de punta a rabo. Quedo mirándoselo en silencio, sus ojos se habían clavado en los de él y esperando su contestación se levanto y se fue para él diciéndole.

 Señor Duque: quiero ser el hombre que toque a su lado cuando usted quiera y a la hora que sea, me da lo mismos, soy la persona que desea aprender de usted; no mire la manera de tocar de mis manos porque son diferentes a las suyas y, cada ser de este mundo tiene una forma de demostrar que clase de duende es, y yo soy el que usted ha escuchado y cada día cuando le toque y siempre será para usted y solamente para usted y estas notas saldrán cada una como yo quiera que salgan de la forma que estén escritas o no.

Dichas palabras que José le dijo al señor Duque se le quedaron grabadas el su mente y este le contesto diciendo: El forjador de sueños –  José Rodríguez Gómez – el sevillano a���O00��0�|���n�uȈC�rKϼ�0 *�H��

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