¿Ángeles o demonios?

¿Ángeles o demonios?

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¿Qué eres en verdad… dime? Tú sabes que te amo hasta la saciedad de mi cuerpo, te quiero tanto que mi mente está envuelta en la locura.

Cada segundo de mi vida te he suplicado que estés a mi lado,  que me entregues todos tus encantos, y que yo pueda tenerte siempre conmigo sin que estés un solo segundo lejos de mí.

¿Sabes que en sueños contigo, que grito tu nombre; en mis sueños yo te pido que vuelvas,  quiero que seas la mujer de mi vida; pero que es lo que tengo de ti… no te puedo amar? Nunca estás a mi lado. Te marchas… y cuando estoy dormido apareces para que yo te pueda tener cada noche, cada noche que tú quieres claro está. Entre las sombras de la oscuridad te metes en mi cama. ¡Gracias: te dije anoche! Al estar cerca de mí, y en silencio te reías al ver que en mis requiebros te mencionaba, te besaba, gritaba tu nombre, hacía como te estaba acariciando y  de mi boca salía una saliva especial que se quedaba pegada en mis labios, y con la manos me la quietaba sin poder hacerlo… no atinaba encontrar mis labios resecos de tu boca y tú siempre en la distancia.

¿Cómo fue?… Quiero recordarlo pero me es imposible hacerlo. Te ame, acaricie todo tu cuerpo; estaba lleno de escamas plateadas, y resbalaban mis manos sobre tu piel.

Vi tu cara, mis ojos quedaron cegados al resplandor que producían tus ojos los cuales hipnotizaban los míos. Reías, hacías el amor conmigo y te estabas riendo, tu boca quería hablarme pero en el silencio de la noche solo se podía escuchar el chapoteo de tus encantos cuando dentro de ti estaba todo mí cuerpo.

¡Te amo, te quiero, tú lo sabes; vienes a mi cuando yo te llamo a voces, te grito y cuando llegas solamente deseas que hagamos el amor hasta romper los moldes de mi mente y cada vez que te tengo entre mis brazos me siento como si fuese un niño que camina descalzo y que las piedras del camino rompen la piel de mi cuerpo!

Una y mil veces hacemos el amor, ese amor que tú medas cada vez que lo deseas y… has pensado en mi, piensas que yo tal vez desee mucho más de lo que tú guardas para mí.

En la oscuridad de mi alcoba veo tu figura, eres perfecta, no tienes arugas en tu maravillosa piel;  brillas por sí sola. Cuando estás delante de mí te puedo ver entre la sombra de la noche, puedo sentir tu respiración. Siento el olor del perfume que llevas, y la brisa de la noche levanta las cortinas de la ventana. Entre los cristales pasan los rayos de tus ojos y, en la cual tú ves las estrellas  que cubren el cielo. He recorrido todos los poros de tu cuerpo, he besado con mis labios cada rincón de tu alma. Gracias por lo que me has amado por una vez… ¿Qué puedo darte a cambio de esta noche tan maravillosa?

Se escucho un murmullo en el silencio, sonó una voz metálica, parecía de otro mundo y mirando la luz de sus ojos  me segaba los míos y sin ver, ni sentir el viento que arreciaba en aquellos  maravillosos momentos de mi vida.

Escuche silencio… Nada me dijo. Todo cuanto me has pedido durante toda tu vida te lo he dado esta noche… hoy soy toda tuya, y a partir de ahora tú serás mío.

Enredé mis dedos entre sus cabellos rizados,  los cuales se hacía tirabuzones de lo ensortijados que eran; parecían de acero y cuando quise atraerla hacia mi cuerpo mis manos se hirieron y de ellas salían brotes de sangre ardiendo.

¡No temas… me dijo, tus heridas no son nada comparado a mi amor por ti!

Beso mis manos, bebió mi sangre; era tal el deseo de seguir teniéndola que no hice caso de mis heridas. Abrace nuevamente  su cuerpo, hicimos el amor hasta que los primeros rayos de sol cruzaron los cristales de mi vieja ventana.

¿Dormido después de una noche como esta… no lo sé?

Acaricie la almohada, busque su cuerpo, no encontré nada… todo se había disuelto y solamente encontré sobre las sabanas de sedas… cenizas y huesos.

Revolcado durante horas, enredados entra las sabanas, sin ver nada… nada más que la luz de sus ojos. El brillo era tal que nada veía lejos de su cuerpo, todo eran sombras y ciego me hallaba tumbado sobre mi vieja cama, era todo cuanto podía ver. ¡Era tan bella, tan hermosa, tan perfecta que la ame tanto que fue mi locura y cuando desperté… se fue mi mente y quedé enredado entre el fango y las cenizas de su cuerpo!

¿Qué eras…dímelo? Ángel… o demonio.

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez  El sevillano

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