Segunda parte El barrendero. El perfume de las rosas. Las grandes urbes están muy masificadas y nuestro querido amigo no vive donde nadie se conoce, él como otros muchos habitantes están emplazados en la periferias de esta grandes masas de habitantes. Se levanta a las seis de la mañana para dar comienzo a su trabajo a las ocho que es su hora de comenzar con sus labores de limpieza. A él no le hemos puesto nombre, le dejamos con que se le pueda conocer como el “barrendero”. A mí me gusta ese nombre, a si queda un poco oscurecido su personaje y con el tiempo lo podremos ver en otras de sus facetas. Una vez se la lavado su cara, intentado peinarse ya que su pelo es muy especial, lo tiene muy rizado y le cuesta trabajo entrar el peine por su cabellera ya que además de ser difícil es muy tupido por eso se lo lava y el mismos con sus dedos lo desenreda como puede y a si se encuentra muy bien. Sale de su casa, esta, está situada en la última fila de la barriada donde él vive. Es una casa muy grande tiene un jardín y unas naves ya que él es un hombre que hace todo cuanto se le pide y, además se apaña en todos los trabajos que se le encargan. Coge su carro, mira su interior para ver que está limpio de toda impureza y, al ver que está todo preparado lo empuja para salir a la calle. Es de noche aun no ha amanecido y sin importarle la oscuridad se encamina hasta el lugar a donde dejó su trabajo y para continuar con el mismo. La distancia que tiene por recorrer es casi de cuatro kilómetros y este, al paso de su carro tarda casi dos horas en llegar. La mañana se presenta clara, no se ven ningunas nubes pero estamos en el tiempo que estamos; no te puedes fiar de nada ya que en esta ciudad es muy cambiante y además de esta cerca de la costa mucho más. Le vemos con su paso pausado, el chirriar de las ruedas, él lo va empujando sin correr, sabe que a su hora estará en su puesto de trabajo para eso le pagan. ¿Quién le paga, cómo se gana la vida? En la puerta de su casa hay un letrero que dice: El barrendero S. L. Por lo que hemos leído en el cartel se trata de una persona que es empresario. ¿Barriendo las calles… a si parece? El tiempo nos lo irá diciendo como es y cómo se puede ganar la vida con la escoba y su carro de hojalata. Hoy en día no se puede decir que no a nada y menos en los tiempos que estamos. Dejémoslo hacer su camino y no digamos nada de su forma de ganarse su vida. Parece que las cosas que hace y de su forma de caminar fuese de un sueño, hace el trayecto sin importarles los coches que a su caminar se cruzan con él y este no se acelera por nada, los deja que ellos corran; ya que en esta vida no se trata de correr más o menos sino de saber cuánto tardas en hacer el recorrido y llegar a su hora. Efectivamente a las ocho en punto ha llegado al lugar donde dejo su recogida el día de ayer; acerca todo cuanto puede su carrao a las aceras para no molestar a los coches que circulan a gran velocidad y, para que nada ni nadie resulte molesto ver como hace su labor. Esta barriendo como lo hacía el día anterior. Se abre la puerta de una de las grandes casas que hay en esta zona de la ciudad; sale de ella una señora muy elegante y bien vestida. Es una mujer bellísima, tiene el cabello rizado de un color tan negro como una noche sin estrellas. Su caminar es cómo si esta mujer estuviese andando sobre unas nubes de colores; mese su cuerpo como el viento que mece aun velero en alta mar, De sus labios sale una suave sonrisa y son la mirada puesta en él. Mientras camina va mirando como él está por su labor y no se ha dado cuenta de que ella lo está viendo y desea hacerle algún comentario mientras él recoges las hojas muertas de la calle. Buenos días. Cómo si no fuese con él, este sigue su trabajo, sin darle importancia a las palabras que le ha parecido escuchar. Buenos días señor: Ella al; ver que no se da cuenta le toca la mano y, detiene el movimiento de su escoba, al notar el tacto se queda quieto y mira para ver de quien se trata; ya que no es normal que nadie de esta gran calle se moleste con una persona tan humilde como él. ¿Dígame: que desea de mí? ¿Usted hace toda clase de limpiezas? Sí, de que se trata su petición, le puedo limpiar todo cuanto le este molestando. ¿De todo? Si, puedo limpiar cuanto desee. ¿Puede acompañarme a mi casa; es esta la de las ventanas azules? Ha cerrado la tapadera de su carro, deja el recogedor y se lleva la escoba, cómo si fuse su herramienta de trabajo y es la que al dar los escobazos va dejando el perfume de las rosas. Ella se encamina a la puerta de su casa. Está muy cerca pero antes de entrar en el recinto hay una puerta de forja muy bella, en la misma hay unas figuras de hierros cómo su fuese la entrada al infierno y esto le da mala espina y se queda un poco parado; `pero como e l le ha dicho a esta bella mujer que es capaz de hacer todo cuanto se le encarga, puyes no se para y le sigue unos pasos detrás de ella. La va mirando, está encantado de caminar detrás de esta bella mujer. ¡Jamás en mi vida he visto unos andares tan bellos como los de esta señora y no digamos nada de su magnífico cuerpo. La encantadora mujer se ha dado cuenta de que el está mirando todo su bello contorno, se da cuenta ya que la mirada de este humilde hombre le esta clavando como si fuesen pequeños alfileres y encantada de que su mirada está posada sobre sus encantos. ¿Qué nos trama, el perfume no le afecta, ella sigue su caminar hasta la entrada de su bella casa; sabe que este pobre y pequeño hombre ha caído en la enredadera que le ha tendido? Abre la puerta, le sonríe y espera que él entre en su morada. ¡Por favor: pase no se quede en la entrada ha de pasar y dentro le contaré que es lo que deseo de usted! Seguiremos otro día. El forjador de sueños José Rodríguez Gómez

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El barrendero. El perfume de las rosas Un lugar: en cualquier parte de un simple rincón del mundo. Una calle se mi desierta, bajo una fina lluvia qué moja el asfalto, las aceras parecen brillas. Sin que nadie ponga atención a nuestro barrendero. Él sigue ajeno a las pocas miradas de los transeúntes que caminan en silencio sin hacer caso omiso a nuestro personaje. Él ruido de un coche lejano, el silbar del viento que arrecia y, sin distraer su atención sigue su trabajo paulatinamente empujando su carro de hojalata y el chirriar de sus ruedas emiten un sonido estridente; esta es la música que le acompaña cada día y, a cada hora por los rincones del mundo. Nuestro barrendero: Es un hombre de mediana edad, mal vestido, desaliñados sus cabellos color cobrizo y algunas canas se les pueden ver al brillan a la luz del sol que tímidamente sale de vez en cuando; a través de las nubes que no dejan de llorar débilmente sobre su cuerpo. Empuja un carrillo de tres ruedas; este al caminar va dejan do su melodía tras él. Él, en sus pensamientos lo acerca a un lado de la calle. Levanta la tapadera, saca de su interior una escoba de ramas secas, un pequeño recogedor y una espuerta de goma. Barrer es su trabajo: Este lo hace lentamente; escobazos tras escobazos va dejando el suelo limpio de hojas muertas y resecas del tiempo que ha pasado desde que se cayeron de un árbol muy lejano; el cual, seguramente ya no tiene ni una sola hoja porque el viento del otoño hizo su trabajo; para que este soñado las vaya recogiendo. Mirada hacia el suelo, la cabeza inclinada, sus cabellos cubre casi toda su cara, pero se le puede ver sus ojos que miran fijamente el remolino de hojas que gritan en silencio mientras él las recoge con su espuerta de goma y, al meterlas a su interior se escuchan los gritos de estas. ¿Qué nos dicen estas hojas muertas, por qué gritan si ya no tienen vida que las pueda sostener en sus ramas? Se cayeron y van dado vueltas y más vueltas por el suelo, se arremolinan en un rincón de una calle desierta y solitaria que les deja la poca vida que aun tienen sus venas. Conforme va haciendo su trabajo, el suelo queda rallado y con unas estrías que sin haberlas hecho a cosa hecha, al paso de la escoba quedan perfumadas de un olor a rosas muertas. La calle va quedando barrida sin que nadie le haga caso a este viejo barrendero. Las horas muertas en estas calles donde nadie sabe quién es cada cual, sólo interesa seguir viviendo y, nada de lo que ocurre a nuestro alrededor nos preocupe lo más mínimo. En este lugar alguien se muere queda enterrado bajo estas hojas; en un desierto de nada donde todo se pierde, donde todo se termina. Una vez limpio, recoge su espuerta, abre la tapa y, hecha a su interior del carro con su espuerta de goma, sube su escoba, la espuerta y empuja nuevamente hacia otro lugar. Cambia un lugar por otro no muy lejano, está un poco más arriba donde se pueden ver otro montón de hojas donde él tiene que acudir a recoger esta basura que está deteriorando la belleza del lugar en el que estamos. ¿Belleza de un lugar: en este rincón de la tierra, donde nadie se preocupa de nadie y, me llaman el barrendero, el que nadie conoce y al que nadie le da los buenos días? Le llamamos belleza. Qué dicen de este lugar, soy yo al acabar mi trabajos he dejado mis huellas por donde va barriendo mi escoba encantada y tras ellas queda una música que encanta las hojas que recojo y cuando tengo el carro lleno me las levo en una lugar de esta tierra; las entierro y nadie sabe el por qué ni para qué las oculto bajo un manto de tierra que las protege den frío intenso de este otoño infernal. Un jardín escondido, un río que riega las raíces de mis sosales y un sueños de mis nostalgia que se queda en cada barrida que doy con mi vieja escoba a la cual la quiero tanto que el día que ella se muera yo me iré tras ella para que podamos seguir limpiando esta tierra de cosas que ya no tengan valor alguno y, si es un cuerpo que nadie quiera encontrar, también lo limpiamos y tras la recogida queda el perfume de las rosas muertas El forjador de sueños José Roríguez Gómez El sevillano.