El señor de los gorriones

Cuento

Hace un día maravilloso: tengo ganas de salir de mi escondite, caminare por las calles y me iré como de costumbre a dar un paseo hasta mi plaza, en la cual es mi lugar favorito donde me encuentro feliz ya que en ella siempre hay muchos niños jugando.

Era tan viejo que casi no podía salir de su escondite. Aquel día de primavera hacia un sol que llenaba de luz y colores las calles y, los jardines estaban repletos de flores. Miles de pajarillos picoteaban la tierra de la plaza. Jugaban al son de las sonrisas que se escuchaban salir de las bocas de aquellos niños y niñas que tan felices estaban sentados en el suelo de la misma.

Se abrió la puerta de los sueños y, casi sin poder moverse salía nuestro señor de los gorriones. Era muy viejo, le costaba trabajo mover sus pies, al caminar sus viejas piernas iban arrastrándose por el suelo, y esto hacía que tardase mucho en llegar desde su casa hasta su plaza favorita como él decía.

Dicha plaza estaba a unas cuatro manzanas desde el lugar de su escondite hasta el otro sitio que acostumbraba a ir cuando el tiempo se lo permitía.

Viendo que el día era maravilloso emprendió la marcha caminando muy despacito para no caerse, ya que sus años no le permitían caminar deprisa y por lo tanto lo hacía muy lentamente.

Llegado a un paso de cebra se dispuso a cruzarlo. Los viandantes no podían verlo y los coches al querer cruzar encontraban delante de ellos un simple bastó de los que levan los ciegos, o mejor dicho los que llevan las personas no videntes.

En el momento que él quería cruzar como hemos dicho, este conductor vio delante de él un simple bastón y para no pillarlo detuvo su automóvil sin saber que era lo que tenía delante de él ya que a la persona que lo llevaba no lograba verla.

No octante se había detenido, sin saber que era lo que estaba cruzando el paso de cebra.

Miraba y miraba, hasta que vio que el bastón llegaba a la acera; entonces fue cuando siguió su marcha.

Extrañado por lo sucedido. Él se lo preguntaba en la soledad de su coche. ¿Quién demonio ha sido el que se ha cruzado conmigo? Bueno, como no lo he visto, mejor no se lo cuento a nadie no vaya ser que me digan que estoy loco.

Hasta llegar a su plaza tardó por lo menos dos días y cuando lo hizo estaba ese día tan maravilloso que os he contado al principio.

Se fue dirigiendo hasta su sillón en el cual siempre se sentaba en el mismo ya que según decía él  que este banco era suyo por que fue él el que lo puso en esta plaza y desde entonces siempre que venía se sentaba con sus gorriones por eso era el lugar preferido por él.

¡Ah; además: es que este banco estaba situado siempre cara al sol, en él daba la luz del sol durante todo el día a y a si le daba el calor que necesitaba para su viejo cuerpo!

Entró en la plaza; acompañado de cientos de pajarillos, los había de todos los colores.

Lentamente como si fuese entrando en la misma una banda de colores y de cantos ya que entre todos los había de diferentes formas y de diferentes colores y su piar eran los más dulces de todos.

Los niños estaba distraídos en sus juegos, ellos no se daban cuenta que era lo que les acompañaría durante el tiempo que estuviesen en la plaza, pero las personas que acompañaban a esto niños sí que se quedaron extrañadas al ver tantos y tantos pájaros revolotear dentro de la misma.

Se fueron dirigiendo al lugar donde estaba su banco.

Esto nadie le hizo caso; una vez llegado al lugar nuestro abuelo se sentó y tomo su asiento como el lugar donde ocurriría nuestro cuento.

Delante de él había unos niños jugando en el suelo; entre ellos hay una niña de pelos dorados, de ojos azules que era para mirarla. Sus labios color de los pétalos de rosas, su cara de plata fina, sus rizos eran ensortijados y su sonrisa era tan maravillosa que solamente verla se la quedó mirando sin poder decir palabra.

La conocía: era su nieta lucía, si era su nieta lucía y, ella no se acordaba de él porque hacía mucho tiempo que no lo veía.

Estaba jugando en el suelo, ella tenía en sus manitas unas galletas, las cuales las estaba troceando y se las echaba a los gorriones y cuando llego él; se juntaron los pajarillos que estaban con ella y los ciento que acompañaban a este abuelo que se había sentado cerca de esta niña.

El acaricio sus cabellos, sin que se diera cuenta le dio un beso en su cabeza plateada. La niña se dio cuenta pero no le dijo nada ya que sin que él lo supiera le había conocido y sonriendo le dio una galleta para que se la echase a los pájaros que el traía.

¡Hola abuelito pepe! ¿Quieres una galleta y se la das a los pajaritos?

La sonrisa de sus labios era tan dulce que no pudo nada más que cogerla y al mismo tiempo le dio otro beso esta vez en sus rosadas mejillas y le dijo.

¿Te acuerdas de mí?

Si abuelito pepe tú jugabas conmigo y eras el mejor abuelito que he tenido siempre. Sabes que yo desde que te fuiste en ese tren que decía mi madre yo siempre he jugado contigo cuando estaba sola en mi habitación.

Se puso de pies la dulce niña y, este su abuelo la tomo en sus brazos; a si estuvieron jugando durante toda el tiempo hasta que se hiso casi de noche. En este momento fue su madre la que comenzó a buscarla y al ver que no daba ella comenzó a gritar.

¡Lucía, Lucía donde estas! ¿No habéis visto a una niña de pelos dorados, de ojos azules que estaba sentada en este lugar de la plaza? Por más que la buscaba no había forma de ayarla y cada segundo que pasaba mucho más gritaba su madre.

Se hincada de rodillas llamando a su querida hija,  miraban para todos los rincones de la plaza sin encontrar a su querida hija.

Cuando todas las personas que estaban en aquel desdichado momento y viendo la desconsolación de esta madre, se acercó un niño y le dijo.

¡Está jugando con su abuelito pepe!

¿Cómo; con su abuelito pepe, si ese abuelo ya no está con notros?

La buscaron por todos los lugares cercanos a la plaza y cuando ya se daba por perdida se vieron volar cientos de pajarillos que estaba sentados en ese banco, cuando tomaron el vuelo solo quedó la niña sonriendo. De sus lindos labios salían sonrisas  que al escucharla parecían cascabeles de colores y campanillas de oro acompañados del maravilloso trinar de los cientos de pajarillos que la acompañaban.

¡Allí esta su niña!

Todos se quedaron mirando a la niña y, viendo que ella estaba sonriente nadie se explicaba el por qué no la podían ver. Estaba sola, se había sentado en el banco y todos se preguntaban cómo ella se ha subido al mismo.

Su madre fue corriendo en su busca y, cuando llego la tomo en sus brazos y llorando le preguntaba.

¿Quién te ha subido al banco, con quién estabas que no te encontraba con lo mucho que yo mirase para todos los lados?

Lucía sonriendo a su querida madre le dijo.

Estaba con mi abuelito pepe. El ha estado jugando conmigo y le hemos echado galletas a sus pajaritos y a los míos también. Me ha dicho que por muy lejos que este de mi, él, siempre está a mi lado y que me quiere mucho.

Su madre al verla tan feliz no se lo podía explicar cómo ha estado aquí si hace muchos años que él tomo ese tren que le llevo tan lejos que por mucho que la quisiera ver nunca lo podría hacer.

Lucía miraba hacia el banco y desde lejos su abuelito le sonreía y, con la mano le decía ves con dios; que yo te querré siempre aunque la distancia sea muy grande yo estaré jugando contigo hasta el día que tú seas mayor y ya no quieras jugar más conmigo.

Volaron los ciento de pajarillos y, desde ese día se cuenta: que nuca jamás vieron tantos y tantos pájaros juntos en un mismo lugar de la tierra.

Lucía, en brazos de su madre miraba para atrás y sonriendo le mandaba besos  a su querido abuelito pepe.

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez

El sevillano.

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