El barrendero. El perfume de las rosas Un lugar: en cualquier parte de un simple rincón del mundo. Una calle se mi desierta, bajo una fina lluvia qué moja el asfalto, las aceras parecen brillas. Sin que nadie ponga atención a nuestro barrendero. Él sigue ajeno a las pocas miradas de los transeúntes que caminan en silencio sin hacer caso omiso a nuestro personaje. Él ruido de un coche lejano, el silbar del viento que arrecia y, sin distraer su atención sigue su trabajo paulatinamente empujando su carro de hojalata y el chirriar de sus ruedas emiten un sonido estridente; esta es la música que le acompaña cada día y, a cada hora por los rincones del mundo. Nuestro barrendero: Es un hombre de mediana edad, mal vestido, desaliñados sus cabellos color cobrizo y algunas canas se les pueden ver al brillan a la luz del sol que tímidamente sale de vez en cuando; a través de las nubes que no dejan de llorar débilmente sobre su cuerpo. Empuja un carrillo de tres ruedas; este al caminar va dejan do su melodía tras él. Él, en sus pensamientos lo acerca a un lado de la calle. Levanta la tapadera, saca de su interior una escoba de ramas secas, un pequeño recogedor y una espuerta de goma. Barrer es su trabajo: Este lo hace lentamente; escobazos tras escobazos va dejando el suelo limpio de hojas muertas y resecas del tiempo que ha pasado desde que se cayeron de un árbol muy lejano; el cual, seguramente ya no tiene ni una sola hoja porque el viento del otoño hizo su trabajo; para que este soñado las vaya recogiendo. Mirada hacia el suelo, la cabeza inclinada, sus cabellos cubre casi toda su cara, pero se le puede ver sus ojos que miran fijamente el remolino de hojas que gritan en silencio mientras él las recoge con su espuerta de goma y, al meterlas a su interior se escuchan los gritos de estas. ¿Qué nos dicen estas hojas muertas, por qué gritan si ya no tienen vida que las pueda sostener en sus ramas? Se cayeron y van dado vueltas y más vueltas por el suelo, se arremolinan en un rincón de una calle desierta y solitaria que les deja la poca vida que aun tienen sus venas. Conforme va haciendo su trabajo, el suelo queda rallado y con unas estrías que sin haberlas hecho a cosa hecha, al paso de la escoba quedan perfumadas de un olor a rosas muertas. La calle va quedando barrida sin que nadie le haga caso a este viejo barrendero. Las horas muertas en estas calles donde nadie sabe quién es cada cual, sólo interesa seguir viviendo y, nada de lo que ocurre a nuestro alrededor nos preocupe lo más mínimo. En este lugar alguien se muere queda enterrado bajo estas hojas; en un desierto de nada donde todo se pierde, donde todo se termina. Una vez limpio, recoge su espuerta, abre la tapa y, hecha a su interior del carro con su espuerta de goma, sube su escoba, la espuerta y empuja nuevamente hacia otro lugar. Cambia un lugar por otro no muy lejano, está un poco más arriba donde se pueden ver otro montón de hojas donde él tiene que acudir a recoger esta basura que está deteriorando la belleza del lugar en el que estamos. ¿Belleza de un lugar: en este rincón de la tierra, donde nadie se preocupa de nadie y, me llaman el barrendero, el que nadie conoce y al que nadie le da los buenos días? Le llamamos belleza. Qué dicen de este lugar, soy yo al acabar mi trabajos he dejado mis huellas por donde va barriendo mi escoba encantada y tras ellas queda una música que encanta las hojas que recojo y cuando tengo el carro lleno me las levo en una lugar de esta tierra; las entierro y nadie sabe el por qué ni para qué las oculto bajo un manto de tierra que las protege den frío intenso de este otoño infernal. Un jardín escondido, un río que riega las raíces de mis sosales y un sueños de mis nostalgia que se queda en cada barrida que doy con mi vieja escoba a la cual la quiero tanto que el día que ella se muera yo me iré tras ella para que podamos seguir limpiando esta tierra de cosas que ya no tengan valor alguno y, si es un cuerpo que nadie quiera encontrar, también lo limpiamos y tras la recogida queda el perfume de las rosas muertas El forjador de sueños José Roríguez Gómez El sevillano.

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