¿Cómo sera el Camino de Ida?

Traduccion Inglesfrancia cataluña

¿Te lo has preguntado alguna vez? Yo puedo decirte cómo es. Si aunque no te lo creas, un día estaba yo subido a un tejado y mira por donde al no ver lo suficiente caí desde una altura de unos seis o siete metros al suelo. Di con la cabeza y aun estoy vivo. Por qué no lo sé lo que sí puedo contaros es que bajando yo estaba muerto en verdad, si, muerto, nada del tiempo que paso desde la altura hasta el pavimento de cemento que fue lo que amortiguo el golpe. Si el cemento más duro que yo había visto en mi vida, no lo toméis abromas que si que era cemento. Y si no que se lo pregunten a mi cabeza, que quedó como si fuese una granada, en el lugar donde me golpee contra el suelo. ¿Muerto o vivo? Sigue leyendo

¿Quién mató al ruiseñor?

¿Quién mató al ruiseñor?

¿Te molestaba su canto? No, ¿Entonces… por qué lo hiciste? Por envidia, odio, deseo criminal, o tal vez, tú no eras más que él y por eso lo mataste.

Hasta donde llega la envidia: Qué sé yo; solo vivo para soñar. ¿ni eso puedo hacer; ya que hay otras personas que les molesta que yo sueñe mientras ellos solo buscan el mal entre nosotros?

Se abuza dela soledad, de su vejez y de todo cuanto que se le pueda hacer para poder matarlo de miedo. Haciendo el mal, con denuncias por ser viejo. Estas personas no pueden vivir. Solo sirven sus sueños y por eso nos molestan estos viejos, los que hacen tanto ruido al caminar y es debido a que arrastran sus viejos zapatos por la tierra baldía.

Ya no canta el ruiseñor, se ha cansado de vivir, y el plumaje de su cuerpo el que antes era tan bello, se le cayeron sus plumas. Solo le queda el pico; lo demás se lo llevaron las hormigas a su nido. Se acerca el invierno, el viento arrastra la música, y en la lejanía de la noche se escuchar el llanto en la soledad del alma.

Después de haber caminado por un estrecho camino que conducía a una gran plaza llena de bellos árboles centenarios. Al mirar para arriba, me costaba trabajo poder saber su altura. Según mi vista se juntaban con las nubes que pasaban cerca de ellos. Sí, esta era mi plaza adonde yo me sentaba cada día para descansar un rato. Es tan bella que jamás se podía soñar con algo tan maravilloso que pudiese existir en nuestra tierra. El día era soleado, el viento era suave, y al ir paseando por entre estos colosos árboles, percibía su aroma a viejos, a ramas podridas, pero su olor no era malo, sí, sería por la humedad que los dejaba en este estado. Ya era finales de noviembre y pocos de ellos, por no decir, ninguno le quedaba hojas entre sus fuertes y débiles ramas. El canto de un ruiseñor me acompañaba en mi soledad. Yo daba unos pasos y él se posaba en una de las ramas más bajas que había en aquel lugar de los sueños. Cómo si me siguiese, se reía con su bello canto, y yo al sentirlo se llenaban de lágrimas mis cansados ojos. Llevaba mi viejo bastón en mi mano derecha. Esta es la que más fuerte tengo, pero en verdad, es que es la que menos me tiembla cuando quiero hacer algo, es la única que sostiene el vaso para que no se me caiga.

¡Qué pena llegar a este estado… ver que los días pasan, y que nadie se arrima a un árbol caído! Será porque sus bellas hojas ya no relucen en sus ramas. Será eso, pero digo yo; también es bella su desnudez… o no. Mirarme a un espejo no me hace ninguna gracia. Veo mi deformado cuerpo, los huesos se pueden contar con los dedos, y los parpados de mis ojos parecen bolsas grisáceas que cubren mis mejillas.

En la soledad de la tarde, sentado en mi viejo y querido banco de piedra, sin darme cuenta que el sonido de su canto era arrastrado por el viento hasta mi descompuesto cuerpo, y viendo el correr del tiempo, sin saber cuánto, sí, cuantos días podría escuchar a mi querido amigo. En verdad, yo no estaba solo en mí plaza. Había un grupo de niños jugando al escondite, los miraba, y solo verlos correr, saltar, el viento me traía el sonido de sus voces y el de sus sonrisas. Parecían de cristal, al recibir su sonido se formaba un arco iris de colores que se reflejaban en mi cansada y vieja sonrisa. Creo que ya tenía bastante para poder seguir con uno de mis sueños; para que quiero más me decía yo mismo. Pero el ruiseñor no se había ido, él me miraba y también se reía, y solo esperaba que yo le prestase atención a su mágico canto.

Llevaba mi gorra puesta, sí, puesta, porque en esta época hace frio, soy viejo y he de cuidarme si quiero llagar a este nuevo año que se aproxima a toda velocidad.

Solo veía el suelo; bueno, el suelo y otras cosas que eran mucho más importantes para mí. También me pregunto… y a mis años que puedo ver. Todo se ha vuelto gris, las hojas tienen un color que no me agradan. Pálidas, secas y otras muchas podridas, y las hojas secas que cubría la tierra hacían ruido al sentir mis pasos que se arrastraban lentamente hasta llegar a mi banco preferido.

Sentado en las tristes y tardes horas del otoño, haciendo círculos con mi bastón, rayando el suelo. y de vez en cuando miraba a los niños como jugaban sin importarle que yo estuviese cerca de todos ellos.

Se detuvieron al verme sentado, se acercaron para saber qué es lo que yo hacía en aquella su plaza. ¿Qué haces viejo, me preguntaron; no sabes que este no es lugar para personas como tú?

Seguí moviendo mi bastón si hacer caso omiso a sus palabras.

¡Oye, te estoy hablando, a ti viejo asqueroso!

Mis manos se quedaron paralizadas al sentir sus voces y sus palabras que herían mí alma, y no tenía valor para levantar mi bastón. Este se quedó parado paralizado. El viento comenzó a soplar con tal fuerza que si saber por qué la gorra salió volando y se quedó mi vieja testa desnuda. Hacía frío pero la sonrisa de todos ellos se hiso más fuerte al ver que en mi cabeza solo quedaban unos pelillos blancos que casi no se veían.

Uno de ellos, creo que era el mayor de todos, corrió hasta alcanzar mi gorra. Después de pisotearla y de darles patadas se ensucio de polvo y de barro que había en el suelo de la lluvia caída el día de ayer.

La refregó en el pequeño charco que había en toda la plaza. Cogiéndola con una de sus jóvenes manos la trajo hasta donde estaban. El resto de niños, todos en silencio, viendo lo que hacía con mi vieja gorra. Solo se escuchaba el viento, y hasta mi jilguero se quedó triste y su canto se perdió en él viento.

Llegó hasta mí, en su camino su sonrisa era de maldad, sus ojos se posaron en los míos que casi los tenía serrado esperando el martirio que hace la envidia y el no saber el por qué se hace daño sin tener que hacerlo a nadie, y menos con una persona vieja.

Todos miraban el heroísmo de su amigo. Uno de ellos me quito mi bastón, el otro me agarraba la cabeza para que este que portaba mi vieja gorra me la pusiese. Mojada llena de barro y las sonrisas de todos ellos llenaron el silencio de mi martirio sin saber el por qué se hacen estas cosas… ¡Toma viejo: esta es tu corona! Me dijo con una sonrisa burlona entre sus labios. Perdona que te la haya ensuciado, pero, es que me chocan las personas como tú, viejas, asquerosas y mal oliente, que no tiene a nadie y se vienen a estos lugares para vernos como nos divertimos. Puso mi gorra en mi cabeza, el barro y el agua corrían por mi cara; y yo, con los ojos cerrados para no ver su maldad.

El jilguero que lo estaba viendo, no se pudo quedar en su sitio, se acercó volando hasta mí, se posó sobre mi cabeza y se los quedó mirando a todos… Ellos al ver lo que estaba pasando y ver aquel bellísimo jilguero todos quisieron atrapar a mi pájaro. Este, les plantó cara a tantos niños. El silencio reinaba en torno a este banco de piedra y a este desgraciado viejo que temblaba fe frio y de miedo. Les miro, levanto sus alas y se puso a cantar de tal forma que ninguno de ellos se atrevía a ponerle sus manos sobre sus bellas plumas. Solo las hojas revoloteaban entorno a este grandioso espectáculo que se había formado a este pequeño y viejo hombre. Pero era verdad, tenía un amigo, no estaba solo, y en esta vida siendo tan dura como es; siempre hay alguien que le tenemos que dar las gracias por darnos su bello canto.

El grade del grupo, se agachó, y cogiendo una pequeña piedra que había en el suelo. Lo miró, sonreía y alzando su mano lanzó la piedra con tal fuerza que no lo mato, no, no tuvo tal puntería, y ella, me dio a mí en la frente.

Sentí que un río de sangre manaba de mi piel, se llenó mi cara de sangre y mis ojos le llenaron con una leve sonrisa, y viendo la rabia que brotaba de sus malvados ojos. El jilguero salto volando hacia el niño, le picaba con todas sus fuerzas en cara, sus halas le daban en sus ojos de tal manera que este salió corriendo y llorando al ver que un pequeño y bello pájaro le daba su merecido. Todos se marcharon y mi cuerpo cayó al suelo, y al quedarme solo, y tirado en la tierra, voló hacia mi después de haberlo echado a todos de la plaza.

Cantaba, o más bien lloraba, quería levantarme con las fuerzas de su pico, pero era imposible que él tuviese fuerzas suficientes para levantar un cuerpo inerte y pesado como nos volvemos todos los viejos de este mundo. Pasaron unas horas, y viendo que nadie se acercaba, miro a su entorno, y volando a toda prisa fue hasta el pequeño charco de agua. Lleno su pico y lo trajo hasta mí. Vació el pequeño buche de agua y lo dejo caer en uno de mis ojos qué permanecían cerrado. Al sentir la humedad se abrió como si un alma nueva se hubiese metido dentro de mi cuerpo. Al ver que se había abierto mis ojos, comenzó su canto, haciendo que las últimas luces de la tarde se hiciesen llenas de luces de colores para darme una despedida de la más dulce y feliz que yo hubiese tenido durante toda mi pesada y triste vida.

Cantó hasta el anochecer, y cuando las estrellas llenaron el firmamento; cerré mis ojos y todo quedo en silencio, ni el canto de mi buen amigo pudo hacer nada por mí. Él se quedó a mi lado hasta que llegaran las primeras luces del alba y uno de los barrenderos que había en el parque me viese tirado en la tierra. Este se acercó corriendo hasta mi fallecido cuerpo. Pero mi gran y pequeño amigo se había quedado sobre mi gorra cantando y cantando sus mejores canciones hasta que me llevaron aun lugar adonde se encuentran las hojas muertas del otoño. Allí se marchó y me dejo su canto que fue lo último que pude escuchar en esta vida.  El silencio dejo el sonido de las campanas en el aire, pero ya no pudieron sentirse dentro de mi mente…

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez

El sevillano.

La sombra del viento

La sombra del viento

¿Qué sombra es esa que no se puede ver?

¡Carlos Ruiz Zafón!

Tú eras la sombra del viento, nosotros no podemos verla igual que tú lo hacías.

Tú guardabas tus recuerdos en ese cementerio oculto en tu cerebro. Mecanismos para abrirlo y otros tantos para cerrar tus sueños. Y yo; ya no puedo, no tengo fuerzas para recordar lo que hice ayer.

Caminaba lento, descalzo, mis pies sangraban sin saber por qué quería hacerlo de esta manera. Es la mente que no se aclara dentro de mí. Eso mismos me dije.

Con la mirada perdida éntrelas hojas del otoño. Los árboles parecían esqueletos muertos, descoloridos y sin la belleza de sus hojas, las que hace muy poco te cubrían todo tu esqueleto perdido en la distancia de los sueños. Ha llegado la hora de buscar ese lugar dentro de ti y sin saber cómo ni adonde estoy.

La mirada perdida en la lejanía, sin encontrar a nadie a la que pedirle que me acompañe en este recorrido. Sé que me queda solo un soplo de tu viento para terminar con estos achaques que me traen loco al ver que ya no es como antes. No puedo seguir así, y tú, te empeñas en que siga haciendo un gran esfuerzo para seguir acumulando años tras años, y mi esqueleto me dice, que lo deje. Que ya no vale la penas hacer este interminable camino que no me lleva a ninguna parte. Despacio, iba muy despacio, es porque la vista no me acompaña, y temo caer de bruces sobre el suelo. Ha llovido, y los caminos están encharcado de lágrimas. ¿Son mías? me pregunté. Puede ser, hace mucho tiempo se secaron los ríos de llanto los que se podían derramar en solo uno de mis sueños. ¡Te has fijado en la distancia que hay desde donde me encuentro hasta la orilla de lago! No es mucha, pero, al pazo que voy creo que se hará de noche y no habré conseguido llegar hasta ti.

Con tres pies estoy más seguro que con solo los míos.

Cuando llegamos a este punto de la vida, mejor dejarlo, sí, deseo de todo corazón que ya es hora de cerrar el libro de mis sueños. No quiero que nadie diga de mí que era un llorón, que todo cuanto escribía eran partes de los despojos de un esqueleto sin sombra. Es verdad, ya no puedo verla como lo hacía antes de ayer. Hoy la veo encorvada, triste y desmejorada. Hay algo dentro de mí que me hace sonreír… y me pregunto. ¿qué puede ser si no quedan recuerdos de los cuales yo pueda desear posarlos en mis labios arrugados y resecos. No hay nada que me haga recuperar la vida perdida. ¡Te suplico clemencia! Dame la muerte, deseo estar cerca de ella y preguntarle, el por qué tanto tiempo en este mundo sino he servido para nada. Era un hombre, y no una preciosa mujer. Ella tenía los cabellos endrinos, los cuales le sobre pasaban los hombros y el viento se los arremolinaba sobre su bella cara y no me dejaba ver el color de sus ojos. Me dice que el viento no tiene sombras. Es verdad, no la tiene; y muchas veces yo me lo he preguntado. Desearías ser como él, así tú no me podrías ver, y yo acariciaría todo tu cuerpo, también te besaría tantas veces como yo quisiera. Hoy tengo esta idea que ronda en mi deteriorada mente. Cuando el tiempo se acaba y la luz de la noche me deja a ciegas, y tú no estás a mi lado para saber si eres tú la que coges mi mano.

Todo se destruye, lo comprendo, pero no acabo de entender para qué demonio estoy en este mundo si estoy muy cansado. Hojas de mil colores cubren los caminos a la nostalgia, a los recuerdos y a nuestra infancia; me parece que yo soy un niño pequeño que sonríe sin saber porque lo hago. Un banco, o, mejor dicho, solo el esqueleto de algo que antiguamente servía para sentarse. No te rías de mí. Tú mejor que yo sabes que en este preciso lugar nos sentábamos los dos y pasábamos horas y horas contemplando el atardecer. Hoy tú no estás, te marchaste y nada es lo mismo. El color las hojas muertas, el olor putrefacto que dejan los recuerdos perdidos en las sobras de estos tristes caminos en los cuales nadie se atreve a caminar por ellos; porque temen que el viento puede llevarte muy lejos de aquí. Tengo la desgracia que a mí no me quiere recoger. Llevo muchos años pidiendo lo mismo. Quiero cerrar los ojos, y verlas sombras de todas las cosas sin que nadie me pueda escuchar, si, escuchar los gritos de mi alma, y decir a los cuatro vientos que nada, ni nadie me quiere quitar la vida para descansar de una vez por todas. El bastón de mis manos tiembla de miedo, piensa que lo voy a dejar tirado por algún camino perdido. Y yo solo me pregunto, si no te tengo en mis manos; como voy a caminar. Tú eres el tercer apoyo que tengo. Eres muy frio, no tienes corazón y eso me da miedo, cada vez que te necesito para ir algún punto de estos oscuros caminos te llevo cogido con mis manos temblorosas. ¡me han preguntado a donde voy con el tiempo que hace. Y yo le he contestado con una leve sonrisa. ¡Y yo que sé, le dije! Camino en busca de algo que no tenga sombra. Se paró frente a mí, miró mis viejos ojos; y sonrió diciendo que estaba loco, se marchó, y después de darme un agradable golpe en mis hombros. Me dijo ¡Qué lo encuentres, pero creo que no tienes mucho tiempo para ello!

¡Esos es lo que busco! Me han dicho que la muerte no tiene sombras, que se trasparenta y la puedes ver como se ríe al llegar junto a ti. ¿Me buscabas… me dijo? Y sin decirle nada quede en silencio esperando que así fuera, que me alejase de este maldito lugar, y por favor, no me vuelvas a traer de nuevo que bastante he sufrido ya…

¿No me temes? Por qué he de temerte… le contesté. Al mirar mis ojos, comprendió que sí, que yo tenía razón para querer marcharme cogido de sus manos y que me llevase muy lejos de aquí. ¡Ven, dame la mano y deja el bastón apoyado sobre esa esquina de tu cuarto; ya no te hace falta y puede que detrás de ti a otro sí que lo pueda necesitar para buscarte en tu nuevo mundo!

Me temblaban mis manos, estaban heladas, pero si las mías estaban frías, las suyas estaban mucho más, porque ella no tenía corazón y no le bombeaba la sangre por dentro de su cuerpo. ¡al fin pude ver las sombras del viento. Era cierto que no tenía nada, era trasparente y bella, su sonrisa era casi un soplo de brisa muy suave. Su mirada se posó sobre mí, y sin hacer ninguna fuerza levantó mi cuerpo y abriendo las ventanas salimos volando por los vientos de mis recuerdos.

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez

El sevillano.

Mentiras o verdades.

¿Mentiras, o verdades??

¡Por favor!  Lean: Los mitos de la guerra civil española.

Esta tan cerca, qué nadie quiere que se vuelva a tener en nuestra tierra otra guerra.

¡No hay manera de evitarla! Sus padres, son: Felipe González, Aznar, y m. Rajoy. ¡Ah y la querida y respetada iglesia… Estos son los verdaderos padres de las criaturas…

89 Años han pasado; pero esto está en nuestro a d n, y no hay manera de extirparlo…

¡No pidamos vacunas para exterminar el virus del covi 19 no: Creo que lo mejor que nos merecemos es que nos exterminen a todos, ya que no tenemos arreglo; ¡somos, la escoria de toda Europa y esto, se ve venir y, vendrá!

Los mismos sinvergüenzas: los comunistas, los separatistas, los socialistas, la falange la que llevaba las cinco flechas, los monárquicos y el asesino de antes; que también está preparado para hacerse con el poder; el nuevo dictador. ¿Si queréis, os digo el nombre de este bicho; pero sé que ya lo sabéis todos quién se lleva el puesto?

Lean esta novela y verán que ha vuelto los que murieron hace ochenta y nueve años y, no están muertos; Ah, están vivos.

De nuevo correrá la sangre por todas las calles. Pasará lo de antes, y serán los más desgraciados, los que pararán las balas con sus cuerpos, mientras tantos, ellos. Comerán cigalas, langostinos y que les importa a estas gentuzas los que derramen su sangre engañados por esta cloaca. Y no crean que solo son unos y los demás son buenos. No, son todos y si no miren la chusma que se escucha. En el senado, en el congreso, y ya se les ve, lo que se ve venir, y nadie pone paro a esta vergüenza. Están para esto y mucho más… Son criados como los que se crían en las pocilgas, y según se les ve la traza son todos de la misma camada. Siento vergüenza, miedo y no sé que más, ya que al ver este comportamiento… que podemos esperar de esta lacra, si, la que nosotros con nuestros votos les hemos dado. No digamos que no somos culpables de todo cuanto nos espera. ¡Qué pena, verdad! Lo peor de toda la tierra lo criamos aquí. Claro, tenemos las aceitunas, el trigo, las patas negras y lo que nos faltaba es… es esta manada de cerdos, porque no se les puede llamar de otra manera. Y viendo sus palabrotas se puede uno fijar adonde se educaron…

Yo creo, qué si tuviésemos los votos en blanco, tal vez podríamos arreglar este estropicio. A si podíamos decir con toda la fuerza de nuestra voz… que se vayan todos a la… porque no dan la talla que hace falta para ocupar uno de estos puestos, mientras el pueblo se hace más pobre por nuestra propia culpa.

Leer nos dirá que el tiempo no ha pasado, que todo sigue dando vueltas alrededor de todos nosotros, y es cierto, pero no hay derecho que otra partida de hijos de… sus madres, nos la vuelvan a liar.

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez

El sevillano.

El romancero de cristal


𝕰𝖑 𝖗𝖔𝖒𝖆𝖓𝖈𝖊𝖗𝖔 𝖉𝖊 𝖈𝖗𝖎𝖘𝖙𝖆𝖑 𝕰𝖓 𝖑𝖆 𝖘𝖔𝖑𝖊𝖉𝖆𝖉 𝖉𝖊𝖑 𝖒𝖚𝖓𝖉𝖔 𝖈𝖆𝖒𝖎𝖓𝖔 𝖘𝖔𝖑𝖎𝖙𝖆𝖗𝖎𝖔. 𝕾𝖔𝖑𝖔 𝖊𝖑 𝖛𝖎𝖊𝖓𝖙𝖔 𝖆𝖈𝖆𝖗𝖎𝖈𝖎𝖆 𝖒𝖎 𝖈𝖚𝖊𝖗𝖕𝖔, 𝖊𝖘 é𝖑 𝖖𝖚𝖎𝖊𝖓 𝖒𝖊 𝖆𝖈𝖔𝖒𝖕𝖆ñ𝖆, 𝖑𝖔𝖘 𝖕á𝖏𝖆𝖗𝖔𝖘, 𝖑𝖆𝖘 𝖋𝖑𝖔𝖗𝖊𝖘 𝖞 𝖑𝖆𝖘 𝖕𝖎𝖊𝖉𝖗𝖆𝖘 𝖉𝖊𝖑 𝖈𝖆𝖒𝖎𝖓𝖔 𝖘𝖔𝖓 𝖑𝖆𝖘 𝖖𝖚𝖊 𝖊𝖘𝖈𝖚𝖈𝖍𝖆𝖓 𝖒𝖎𝖘 𝖑𝖆𝖒𝖊𝖓𝖙𝖔𝖘. ¿𝕻𝖔𝖗 𝖖𝖚é 𝖊𝖑 𝖗𝖚𝖎𝖘𝖊ñ𝖔𝖗 𝖓𝖔 𝖘𝖊 𝖕𝖚𝖊𝖉𝖊 𝖊𝖓𝖏𝖆𝖚𝖑𝖆𝖗? 𝕸𝖚𝖊𝖗𝖊, 𝖘𝖎, 𝖘𝖊 𝖒𝖚𝖊𝖗𝖊. 𝕷𝖆 𝖙𝖗𝖎𝖘𝖙𝖊𝖟𝖆, 𝖑𝖆 𝖘𝖔𝖑𝖊𝖉𝖆𝖉, 𝖊𝖑 𝖑𝖑𝖆𝖓𝖙𝖔, 𝖞 𝖊𝖘𝖈𝖚𝖈𝖍𝖆𝖗 𝖘𝖚 𝖈𝖆𝖓𝖙𝖔 𝖉𝖊𝖙𝖗á𝖘 𝖉𝖊 𝖚𝖓𝖆𝖘 𝖗𝖊𝖏𝖆𝖘 𝖉𝖊 𝖆𝖈𝖊𝖗𝖔. 𝕾𝖊 𝖈𝖔𝖓𝖛𝖎𝖊𝖗𝖙𝖊 𝖊𝖓 𝖊𝖑 𝖕𝖗𝖎𝖘𝖎𝖔𝖓𝖊𝖗𝖔 𝖒á𝖘 𝖍𝖊𝖗𝖒𝖔𝖘𝖔 𝖞 𝖙𝖗𝖎𝖘𝖙𝖊 𝖆𝖑 𝖛𝖊𝖗𝖘𝖊 𝖊𝖓 𝖊𝖘𝖆 𝖘𝖎𝖙𝖚𝖆𝖈𝖎ó𝖓. 𝕰𝖓 𝖈𝖆𝖒𝖇𝖎𝖔, 𝖙ú, 𝖙ú 𝖓𝖔 𝖊𝖗𝖊𝖘 𝖕𝖗𝖎𝖘𝖎𝖔𝖓𝖊𝖗𝖆, 𝖙ú 𝖊𝖗𝖆𝖘 𝖑𝖆 𝖋𝖚𝖊𝖓𝖙𝖊 𝖖𝖚𝖊 𝖗𝖎𝖊𝖌𝖆 𝖒𝖎 𝖑𝖑𝖆𝖓𝖙𝖔. 𝕰𝖑 𝖗í𝖔 𝖖𝖚𝖊 𝖆𝖗𝖗𝖆𝖘𝖙𝖗𝖆 𝖑𝖆𝖘 𝖕𝖎𝖊𝖉𝖗𝖆𝖘 𝖉𝖊𝖑 𝖈𝖆𝖒𝖎𝖓𝖔, 𝖊𝖑 𝖑𝖆𝖌𝖔 𝖉𝖊 𝖊𝖓𝖉𝖚𝖑𝖟𝖆 𝖒𝖎𝖘 𝖑𝖆𝖇𝖎𝖔𝖘 𝖞 𝖗𝖊𝖋𝖗𝖊𝖘𝖈𝖆𝖘 𝖒𝖎𝖘 𝖉𝖊𝖘𝖊𝖔𝖘 𝖞 𝖊𝖑 𝖊𝖘𝖕𝖊𝖏𝖔 𝖉𝖔𝖓𝖉𝖊 𝖞𝖔 𝖒𝖊 𝖒𝖎𝖗𝖔 𝖉𝖊𝖓𝖙𝖗𝖔 𝖉𝖊 𝖒𝖎 𝖒𝖊𝖓𝖙𝖊 𝖆𝖙𝖔𝖗𝖒𝖊𝖓𝖙𝖆𝖉𝖆. 𝕰𝖘𝖈𝖗𝖎𝖇𝖎𝖗 𝖙𝖚 𝖓𝖔𝖒𝖇𝖗𝖊 𝖈𝖔𝖓 𝖑𝖆 𝖕𝖑𝖚𝖒𝖆 𝖉𝖊 𝖑𝖔𝖘 𝖘𝖚𝖊ñ𝖔𝖘, 𝖒𝖔𝖏𝖆𝖗 𝖉𝖊𝖓𝖙𝖗𝖔 𝖉𝖊𝖑 𝖙𝖎𝖓𝖙𝖊𝖗𝖔 𝖉𝖊 𝖒𝖎𝖘 𝖛𝖊𝖓𝖆𝖘. 𝕸𝖎𝖗𝖆𝖗, 𝖛𝖊𝖗, 𝖘𝖊𝖓𝖙𝖎𝖗 𝖈𝖔𝖒𝖔 𝖑𝖆 𝖇𝖗𝖎𝖘𝖆 𝖒𝖔𝖏𝖆 𝖒𝖎𝖘 𝖔𝖏𝖔𝖘, 𝖞 𝖉𝖊𝖑𝖆𝖓𝖙𝖊 𝖉𝖊 𝖒í, 𝖚𝖓 𝖈𝖆𝖒𝖎𝖓𝖔 𝖘𝖔𝖑𝖎𝖙𝖆𝖗𝖎𝖔 𝖖𝖚𝖊 𝖓𝖔 𝖘𝖊 𝖆𝖉𝖔𝖓𝖉𝖊 𝖒𝖊 𝖑𝖑𝖊𝖛𝖆, 𝖞 𝖙𝖆𝖒𝖕𝖔𝖈𝖔 𝖘é, 𝖖𝖚𝖊 𝖘𝖊𝖗á 𝖉𝖊 𝖒í 𝖊𝖓 𝖊𝖘𝖔𝖘 𝖔𝖘𝖈𝖚𝖗𝖔𝖘 𝖒𝖆𝖓𝖆𝖓𝖙𝖎𝖆𝖑𝖊𝖘 𝖖𝖚𝖊 𝖗𝖎𝖊𝖌𝖆𝖓 𝖑𝖔𝖘 𝖘𝖚𝖗𝖈𝖔𝖘 𝖉𝖊 𝖒𝖎 𝖉𝖊𝖘𝖙𝖗𝖔𝖟𝖆𝖉𝖔 𝖈𝖚𝖊𝖗𝖕𝖔. ¡𝕳𝖊𝖈𝖍𝖔𝖘 𝖏𝖎𝖗𝖔𝖓𝖊𝖘, 𝖘𝖎, 𝖏𝖎𝖗𝖔𝖓𝖊𝖘! ¿𝕮ó𝖒𝖔 𝖘𝖚𝖊𝖓𝖆 𝖒𝖎 𝖌𝖚𝖎𝖙𝖆𝖗𝖗𝖆 𝖈𝖔𝖓 𝖑𝖆𝖘 𝖚ñ𝖆𝖘 𝖉𝖊 𝖙𝖚𝖘 𝖒𝖆𝖓𝖔𝖘, 𝖞 𝖊𝖑 𝖗𝖆𝖏𝖆𝖗 𝖉𝖊𝖑 𝖛𝖎𝖊𝖓𝖙𝖔 𝖑𝖊𝖛𝖆𝖓𝖙𝖆 𝖑𝖆𝖘 𝖍𝖔𝖏𝖆𝖘 𝖒𝖚𝖊𝖗𝖙𝖆𝖘 𝖉𝖊𝖑 𝖈𝖆𝖒𝖎𝖓𝖔 𝖕𝖔𝖑𝖛𝖔𝖗𝖎𝖊𝖓𝖙𝖔? ¿𝕿𝖊 𝖍𝖆𝖓 𝖑𝖑𝖆𝖒𝖆𝖉𝖔: 𝖆𝖑𝖌𝖚𝖓𝖆 𝖛𝖊𝖟, 𝖊𝖓 𝖑𝖆 𝖒𝖆𝖉𝖗𝖚𝖌𝖆𝖉𝖆? 𝖘𝖎, 𝖊𝖓 𝖑𝖆 𝖒𝖆𝖉𝖗𝖚𝖌𝖆𝖉𝖆 𝖉𝖊𝖑 𝖎𝖓𝖋𝖎𝖊𝖗𝖓𝖔, 𝖉𝖔𝖓𝖉𝖊 𝖉𝖎𝖈𝖊𝖓 𝖖𝖚𝖊 𝖘𝖊 𝖖𝖚𝖊𝖒𝖆𝖘 𝖑𝖆𝖘 𝖙𝖗𝖎𝖘𝖙𝖊𝖟𝖆𝖘, 𝖉𝖔𝖓𝖉𝖊 𝖆𝖗𝖉𝖊𝖓 𝖑𝖔𝖘 𝖒𝖆𝖓𝖆𝖓𝖙𝖎𝖆𝖑𝖊𝖘 𝖉𝖊 𝖈𝖔𝖑𝖔𝖗𝖊𝖘, 𝖞 𝖉𝖔𝖓𝖉𝖊 𝖓𝖔 𝖖𝖚𝖊𝖉𝖆 𝖓𝖆𝖉𝖆 𝖉𝖊𝖑 𝖕𝖆𝖘𝖆𝖉𝖔, 𝖘𝖔𝖑𝖔, 𝖊𝖑 𝖕𝖗𝖊𝖘𝖊𝖓𝖙𝖊. ¿𝕼𝖚é 𝖍𝖆𝖞 𝖉𝖊𝖙𝖗á𝖘 𝖉𝖊 𝖊𝖘𝖊 𝖕𝖆𝖘𝖆𝖉𝖔… 𝖞 𝖉𝖊𝖑𝖆𝖓𝖙𝖊 𝖉𝖊 𝖊𝖘𝖊 𝖎𝖓𝖈𝖎𝖊𝖗𝖙𝖔 𝖕𝖗𝖊𝖘𝖊𝖓𝖙𝖊? 𝕼𝖚é 𝖍𝖆𝖞, 𝖙ú 𝖑𝖔 𝖘𝖆𝖇𝖊. ¿𝕻𝖔𝖗 𝖊𝖘𝖔 𝖒𝖊 𝖉𝖊𝖘𝖕𝖎𝖊𝖗𝖙𝖆𝖓 𝖑𝖔𝖘 𝖘𝖚𝖊ñ𝖔𝖘 𝖈𝖆𝖉𝖆 𝖓𝖔𝖈𝖍𝖊, 𝖕𝖆𝖗𝖆 𝖍𝖆𝖈𝖊𝖗𝖒𝖊 𝖘𝖚𝖋𝖗𝖎𝖗, 𝖕𝖆𝖗𝖆𝖗 𝖍𝖆𝖈𝖊𝖗𝖒𝖊 𝖑𝖑𝖔𝖗𝖆𝖗, 𝖞 𝖘𝖆𝖓𝖌𝖗𝖆𝖓 𝖒𝖎𝖘 𝖛𝖊𝖓𝖆𝖘 𝖆𝖑 𝖛𝖊𝖗 𝖖𝖚𝖊 𝖓𝖔 𝖍𝖆𝖞 𝖗𝖊𝖒𝖊𝖉𝖎𝖔 𝖓𝖎 𝖒𝖊𝖏𝖚𝖓𝖏𝖊 𝖖𝖚𝖊 𝖑𝖔 𝖈𝖚𝖗𝖊? 𝕾𝖔𝖞 𝖊𝖑 𝖘𝖔𝖓𝖎𝖉𝖔 𝖉𝖊 𝖚𝖓𝖆 𝖈𝖆𝖒𝖕𝖆𝖓𝖆 𝖊𝖓 𝖑𝖆 𝖑𝖊𝖏𝖆𝖓í𝖆, 𝖊𝖑 𝖘𝖔𝖓𝖎𝖉𝖔 𝖉𝖊 𝖚𝖓 𝖆𝖈𝖊𝖗𝖔 𝖖𝖚𝖊 𝖈𝖔𝖗𝖙𝖆𝖗 𝖒𝖎 𝖈𝖚𝖊𝖗𝖕𝖔 𝖊𝖓 𝖒𝖎𝖑 𝖕𝖊𝖉𝖆𝖟𝖔𝖘. 𝕾𝖔𝖞 𝖊𝖑 𝖕𝖔𝖑𝖛𝖔 𝖉𝖊𝖑 𝖈𝖆𝖒𝖎𝖓𝖔 𝖞 𝖉𝖊 𝖒𝖎𝖘 𝖕𝖎𝖊𝖘 𝖉𝖊𝖘𝖈𝖆𝖑𝖟𝖔𝖘… 𝖊𝖘𝖙á𝖓 𝖍𝖊𝖗𝖎𝖉𝖔𝖘 𝖞 𝖑𝖆𝖘 𝖑𝖑𝖆𝖌𝖆𝖘 𝖓𝖔 𝖘𝖊 𝖘𝖎𝖊𝖗𝖗𝖆𝖓 𝖈𝖔𝖓 𝖊𝖑 𝖗𝖊𝖈𝖚𝖊𝖗𝖉𝖔 𝖉𝖊 𝖒𝖎 𝖕𝖆𝖘𝖆𝖉𝖔. 𝕷𝖑𝖆𝖓𝖙𝖔 𝖉𝖊𝖓𝖙𝖗𝖔 𝖉𝖊𝖑 𝖘𝖎𝖑𝖊𝖓𝖈𝖎𝖔. 𝖁𝖆𝖈í𝖔 𝖞 𝖗𝖊𝖛𝖚𝖊𝖑𝖙𝖔 𝖈𝖔𝖓 𝖑𝖆𝖘 𝖍𝖔𝖏𝖆𝖘 𝖘𝖊𝖈𝖆𝖘 𝖉𝖊 𝖚𝖓 á𝖗𝖇𝖔𝖑 𝖒𝖔𝖗𝖎𝖇𝖚𝖓𝖉𝖔. 𝕲𝖚𝖎𝖙𝖆𝖗𝖗𝖆 𝖘𝖎𝖓 𝖈𝖚𝖊𝖗𝖉𝖆𝖘, 𝖖𝖚𝖊 𝖘𝖔𝖓𝖎𝖉𝖔 𝖖𝖚𝖎𝖊𝖗𝖊𝖘 𝖖𝖚𝖊 𝖊𝖒𝖎𝖙𝖆 𝖘𝖎 𝖑𝖊 𝖋𝖆𝖑𝖙𝖆𝖓 𝖑𝖔𝖘 𝖙𝖊𝖓𝖉𝖔𝖓𝖊𝖘 𝖉𝖊 𝖒𝖎𝖘 𝖒𝖆𝖓𝖔𝖘… 𝖊𝖘𝖙á 𝖗𝖔𝖙𝖆, 𝖞 𝖊𝖓𝖙𝖗𝖊 𝖘𝖚 𝖆𝖌𝖗𝖎𝖊𝖙𝖆𝖉𝖆 𝖒𝖆𝖉𝖊𝖗𝖆 𝖊𝖓𝖙𝖗𝖆 𝖊𝖑 𝖛𝖎𝖊𝖓𝖙𝖔 𝖋𝖗𝖎𝖔 𝖉𝖊𝖑 𝖎𝖓𝖛𝖎𝖊𝖗𝖓𝖔. 𝕼𝖚𝖎𝖘𝖎𝖊𝖗𝖆 𝖍𝖆𝖈𝖊𝖗𝖙𝖊 𝖗𝖊í𝖗… 𝖈𝖚𝖆𝖓𝖉𝖔 𝖊𝖘𝖈𝖚𝖈𝖍𝖊 𝖊𝖑 𝖙𝖆ñ𝖎𝖉𝖔 𝖉𝖊𝖑 𝖇𝖗𝖔𝖓𝖈𝖊 𝖊𝖓 𝖑𝖆 𝖑𝖊𝖏𝖆𝖓í𝖆, 𝖞𝖔, 𝖍𝖆𝖇𝖗é 𝖒𝖚𝖊𝖗𝖙𝖔. ¿𝕼𝖚é 𝖘𝖊𝖗á𝖓 𝖉𝖊 𝖒𝖎𝖘 𝖍𝖚𝖊𝖑𝖑𝖆𝖘 𝖞 𝖉𝖊𝖑 𝖘𝖔𝖓𝖎𝖉𝖔 𝖉𝖊 𝖒𝖎 𝖛𝖔𝖟? 𝕼𝖚é 𝖘𝖊 𝖞𝖔, 𝖘𝖊 𝖒𝖊𝖟𝖈𝖑𝖆𝖗á𝖓 𝖈𝖔𝖓 𝖑𝖆 𝖇𝖗𝖎𝖘𝖆 𝖉𝖊 𝖑𝖔𝖘 𝖙𝖎𝖊𝖒𝖕𝖔𝖘… ¡𝕯𝖎𝖈𝖊𝖓 𝖖𝖚𝖊 𝖑𝖆𝖘 𝖕𝖊𝖗𝖘𝖔𝖓𝖆𝖘 𝖖𝖚𝖊 𝖆𝖗𝖉𝖊𝖓 𝖊𝖓 𝖊𝖑 𝖎𝖓𝖋𝖎𝖊𝖗𝖓𝖔, 𝖌𝖗𝖎𝖙𝖆𝖓, 𝖘𝖚𝖋𝖗𝖊𝖓, 𝖘𝖎𝖊𝖓𝖙𝖊 𝖈𝖔𝖒𝖔 𝖘𝖚𝖘 𝖈𝖆𝖗𝖓𝖊𝖘 𝖘é 𝖉𝖊𝖘𝖌𝖆𝖏𝖆𝖓, 𝖈𝖔𝖒𝖔 𝖘𝖚𝖘 𝖍𝖚𝖊𝖘𝖔𝖘 𝖘𝖊 𝖉𝖊𝖘 𝖋𝖔𝖗𝖒𝖆𝖓 𝖞 𝖓𝖔 𝖕𝖚𝖊𝖉𝖊𝖓 𝖈𝖆𝖒𝖎𝖓𝖆𝖗! 𝕸𝖎𝖗𝖆𝖓 𝖆 𝖙𝖗𝖆𝖛é𝖘 𝖉𝖊𝖑 𝖈𝖗𝖎𝖘𝖙𝖆𝖑 𝖉𝖊 𝖘𝖚𝖘 𝖉𝖊𝖗𝖗𝖊𝖙𝖎𝖉𝖔𝖘 𝖔𝖏𝖔𝖘, 𝖛𝖎𝖊𝖓𝖉𝖔 𝖈ó𝖒𝖔 𝖊𝖑 á𝖗𝖇𝖔𝖑 𝖈𝖆í𝖉𝖔 𝖘𝖊 𝖑𝖔 𝖈𝖔𝖒𝖊𝖓 𝖑𝖔𝖘 𝖌𝖚𝖘𝖆𝖓𝖔𝖘, 𝖕𝖊𝖗𝖔, 𝖘𝖚𝖘 𝖗𝖆í𝖈𝖊𝖘 𝖛𝖚𝖊𝖑𝖛𝖊𝖓 𝖆 𝖇𝖗𝖔𝖙𝖆𝖗 𝖈𝖔𝖓 𝖚𝖓𝖆 𝖓𝖚𝖊𝖛𝖆 𝖘𝖆𝖇𝖎𝖆 𝖞 𝖈𝖔𝖓 𝖊𝖑 𝖙𝖎𝖊𝖒𝖕𝖔, 𝖈𝖗𝖊𝖈𝖊𝖓 𝖑𝖆𝖘 𝖓𝖚𝖊𝖛𝖆𝖘 𝖍𝖔𝖏𝖆𝖘 𝖉𝖊 𝖑𝖔𝖘 𝖘𝖚𝖊ñ𝖔𝖘. 𝕿𝖚𝖘 𝖕𝖊𝖘𝖙𝖆ñ𝖆𝖘 𝖘𝖔𝖓 𝖑𝖆𝖘 𝖙𝖊𝖈𝖑𝖆𝖘 𝖉𝖊𝖑 𝖕𝖎𝖆𝖓𝖔 𝖉𝖊 𝖒𝖎 𝖆𝖑𝖒𝖆, 𝖈𝖔𝖒𝖔 𝖚𝖓𝖆 𝖈𝖆𝖘𝖈𝖆𝖉𝖆 𝖉𝖊 𝖘𝖔𝖓𝖎𝖉𝖔𝖘 𝖈𝖊𝖑𝖊𝖘𝖙𝖎𝖆𝖑𝖊𝖘. ¿𝕯ó𝖓𝖉𝖊 𝖊𝖘𝖙á 𝖙𝖚 𝖆𝖑𝖒𝖆, 𝖙𝖚 𝖍𝖎𝖘𝖙𝖔𝖗𝖎𝖆, 𝖖𝖚é 𝖞𝖔 𝖖𝖚𝖎𝖊𝖗𝖔 𝖊𝖘𝖈𝖗𝖎𝖇𝖎𝖗 𝖉𝖊 𝖙𝖎? 𝕹𝖔 𝖘é 𝖓𝖆𝖉𝖆 𝖉𝖊 𝖙𝖚 𝖛𝖎𝖉𝖆, 𝖓𝖎 𝖉𝖊 𝖙𝖚 𝖕𝖆𝖘𝖆𝖉𝖔. ¿𝕮𝖔𝖓 𝖖𝖚𝖎é𝖓 𝖊𝖘𝖙𝖚𝖛𝖎𝖘𝖙𝖊, 𝖖𝖚𝖎é𝖓 𝖇𝖊𝖘𝖔 𝖙𝖚𝖘 𝖑𝖆𝖇𝖎𝖔𝖘, 𝖖𝖚𝖎é𝖓 𝖆𝖈𝖆𝖗𝖎𝖈𝖎𝖔 𝖙𝖚𝖘 𝖕𝖊𝖈𝖍𝖔𝖘 𝖉𝖊 𝖓á𝖈𝖆𝖗, 𝖞 𝖙𝖚 𝖇𝖔𝖈𝖆 𝖉𝖊 𝖈𝖆𝖗𝖒í𝖓 𝖊𝖓𝖙𝖗𝖊 𝖖𝖚𝖊 𝖑𝖆𝖇𝖎𝖔𝖘 𝖘𝖊 𝖗𝖊𝖋𝖗𝖊𝖌𝖆𝖗𝖔𝖓… 𝖓𝖔 𝖑𝖔 𝖘é, 𝖙𝖊 𝖑𝖔 𝖌𝖚𝖆𝖗𝖉𝖆𝖘 𝖛𝖊𝖗𝖉𝖆𝖉? 𝕰𝖓𝖙𝖔𝖓𝖈𝖊𝖘 𝖖𝖚é 𝖖𝖚𝖎𝖊𝖗𝖊𝖘 𝖖𝖚𝖊 𝖊𝖘𝖈𝖗𝖎𝖇𝖆 𝖉𝖊 𝖙𝖎; 𝖘𝖎 𝖙ú 𝖈𝖎𝖊𝖗𝖗𝖆𝖘 𝖙𝖚 𝖕𝖆𝖘𝖆𝖉𝖔 𝖞 𝖘𝖔𝖑𝖔 𝖉𝖊𝖏𝖆𝖘 𝖛𝖊𝖗 𝖙𝖚 𝖇𝖊𝖑𝖑𝖊𝖟𝖆, 𝖕𝖊𝖗𝖔 𝖙𝖚 𝖎𝖓𝖙𝖊𝖗𝖎𝖔𝖗 𝖘𝖊 𝖖𝖚𝖊𝖉𝖆 𝖔𝖈𝖚𝖑𝖙𝖔 𝖇𝖆𝖏𝖔 𝖑𝖆 𝖘𝖔𝖒𝖇𝖗𝖆 𝖉𝖊 𝖚𝖓 𝖕𝖆𝖘𝖆𝖉𝖔 𝖒𝖎𝖘𝖙𝖊𝖗𝖎𝖔𝖘𝖔. 𝖄𝖔 𝖘𝖔𝖞 𝖉𝖊 𝖈𝖗𝖎𝖘𝖙𝖆𝖑, 𝖞 𝖙ú 𝖉𝖊 𝖍𝖎𝖊𝖗𝖗𝖔, 𝖕𝖊𝖗𝖔 𝖉𝖊 𝖚𝖓 𝖍𝖎𝖊𝖗𝖗𝖔 𝖔𝖝𝖎𝖉𝖆𝖉𝖔 𝖞 𝖕𝖔𝖉𝖗𝖎𝖉𝖔 𝖖𝖚𝖊 𝖊𝖓 𝖑𝖆 𝖉𝖎𝖘𝖙𝖆𝖓𝖈𝖎𝖆 𝖍𝖚𝖊𝖑𝖊𝖘 𝖆 𝖊𝖘𝖙𝖎é𝖗𝖈𝖔𝖑. 𝕸𝖊 𝖕𝖗𝖊𝖌𝖚𝖓𝖙𝖆𝖘 𝖕𝖔𝖗 𝖖𝖚é 𝖉𝖎𝖌𝖔 𝖊𝖘𝖔 𝖉𝖊 𝖙𝖎. 𝕿ú 𝖒𝖊𝖏𝖔𝖗 𝖖𝖚𝖊 𝖓𝖆𝖉𝖎𝖊 𝖑𝖔 𝖘𝖆𝖇𝖊𝖘, 𝖘𝖔𝖑𝖔 𝖊𝖓 𝖑𝖆 𝖘𝖔𝖒𝖇𝖗𝖆 𝖉𝖊 𝖙𝖚 𝖈𝖚𝖊𝖗𝖕𝖔 𝖉𝖊 𝖕𝖚𝖊𝖉𝖊 𝖛𝖊𝖗 𝖈𝖔𝖒𝖔 𝖛𝖊𝖓𝖉𝖊𝖘 𝖙𝖚 𝖆𝖑𝖒𝖆 𝖆𝖑 𝖕𝖗𝖎𝖒𝖊𝖗 𝖕𝖔𝖘𝖙𝖔𝖗 𝖖𝖚𝖊 𝖘𝖊 𝖆𝖈𝖊𝖗𝖖𝖚𝖊 𝖆 𝖙ú 𝖇𝖊𝖑𝖑𝖊𝖟𝖆, 𝖑𝖆 𝖛𝖊𝖓𝖉𝖊𝖘 𝖕𝖔𝖗 𝖉𝖎𝖓𝖊𝖗𝖔, 𝖕𝖔𝖗 𝖉𝖊𝖘𝖊𝖔, 𝖕𝖔𝖗𝖖𝖚𝖊 𝖆 𝖘𝖎 𝖙𝖊 𝖑𝖔 𝖕𝖎𝖉𝖊 𝖊𝖑 𝖎𝖓𝖋𝖎𝖊𝖗𝖓𝖔 𝖉𝖊 𝖙𝖚𝖘 𝖊𝖓𝖙𝖗𝖆ñ𝖆𝖘. 𝕮𝖆𝖓𝖈𝖎𝖔𝖓𝖊𝖘 𝖊𝖓 𝖊𝖑 𝖘𝖊𝖓𝖉𝖊𝖗𝖔 𝖘𝖔𝖑𝖎𝖙𝖆𝖗𝖎𝖔, 𝖘𝖊 𝖊𝖘𝖈𝖚𝖈𝖍𝖆𝖓 𝖊𝖓𝖙𝖗𝖊 𝖑𝖆𝖘 𝖍𝖎𝖊𝖗𝖛𝖆𝖘 𝖉𝖊𝖑 𝖈𝖆𝖒𝖎𝖓𝖔, 𝖘𝖔𝖑𝖔 𝖕𝖚𝖊𝖉𝖔 𝖛𝖊𝖗 𝖊𝖓 𝖑𝖆 𝖉𝖎𝖘𝖙𝖆𝖓𝖈𝖎𝖆 𝖑𝖆𝖘 𝖔𝖑𝖆𝖘 𝖉𝖊𝖑 𝖒𝖆𝖗, 𝖈𝖔𝖒𝖔 𝖛𝖎𝖊𝖓𝖊 𝖞 𝖘𝖊 𝖛𝖆𝖓, 𝖆𝖘í, 𝖘𝖚𝖈𝖊𝖘𝖎𝖛𝖆𝖒𝖊𝖓𝖙𝖊 𝖉𝖚𝖗𝖆𝖓𝖙𝖊 𝖙𝖔𝖉𝖆 𝖙𝖚 𝖛𝖎𝖉𝖆 𝖉𝖊 𝖒𝖎𝖘𝖊𝖗𝖎𝖆𝖘. 𝕰𝖓 𝖈𝖆𝖒𝖇𝖎𝖔, 𝖊𝖓 𝖒í, 𝖘𝖊 𝖕𝖚𝖊𝖉𝖊𝖓 𝖛𝖊𝖗 𝖊𝖑 𝖈𝖎𝖊𝖑𝖔, 𝖑𝖆𝖘 𝖓𝖚𝖇𝖊𝖘 𝖖𝖚𝖊 𝖙𝖆𝖕𝖆𝖓 𝖒𝖎𝖘 𝖕𝖆𝖘𝖔𝖘 𝖕𝖔𝖗 𝖊𝖑 𝖙𝖎𝖊𝖒𝖕𝖔 𝖉𝖊 𝖊𝖘𝖙𝖊 𝖒𝖚𝖓𝖉𝖔. ¡𝕻𝖗𝖊𝖌𝖚𝖓𝖙𝖆𝖓 𝖑𝖆𝖘 𝖌𝖊𝖓𝖙𝖊𝖘, 𝖕𝖔𝖗 𝖖𝖚é 𝖘𝖎𝖊𝖒𝖕𝖗𝖊 𝖊𝖘𝖈𝖗𝖎𝖇𝖔 𝖑𝖑𝖔𝖗𝖆𝖓𝖉𝖔, 𝖕𝖔𝖗 𝖖𝖚é 𝖘𝖔𝖞 𝖉𝖊 𝖊𝖘𝖆 𝖒𝖆𝖓𝖊𝖗𝖆 𝖞 𝖓𝖔 𝖉𝖊 𝖔𝖙𝖗𝖆! 𝕼𝖚é 𝖘𝖊 𝖞𝖔, 𝖘𝖎, 𝖆 𝖘𝖎 𝖒𝖊 𝖕𝖆𝖗𝖎𝖊𝖗𝖔𝖓 𝖞 𝖈𝖗𝖊𝖔 𝖖𝖚𝖊 𝖘𝖊𝖌𝖚𝖎𝖗é 𝖘𝖎𝖊𝖓𝖉𝖔 𝖉𝖊 𝖑𝖆 𝖒𝖎𝖘𝖒𝖆 𝖋𝖔𝖗𝖒𝖆 𝖖𝖚𝖊 𝖘𝖊 𝖈𝖔𝖒𝖕𝖔𝖓𝖊 𝖊𝖑 𝖇𝖆𝖗𝖔 𝖙𝖗𝖆𝖘 𝖚𝖓𝖆 𝖌𝖗𝖆𝖓 𝖙𝖔𝖗𝖒𝖊𝖓𝖙𝖆. 𝕸𝖚𝖈𝖍𝖆𝖘 𝖛𝖊𝖈𝖊𝖘 𝖓𝖔 𝖘𝖊 𝖈𝖔𝖒𝖕𝖗𝖊𝖓𝖉𝖊 𝖆𝖑 𝕽𝖔𝖒𝖆𝖓𝖈𝖊𝖗𝖔, 𝖘𝖎, 𝖈𝖔𝖘𝖆 𝖖𝖚𝖊 𝖓𝖆𝖉𝖎𝖊 𝖘𝖆𝖇𝖊, 𝖘𝖔𝖑𝖔 𝖑𝖔 𝖘𝖆𝖇𝖊 𝖊𝖑 𝖕𝖗𝖔𝖕𝖎𝖔 𝖈𝖆𝖓𝖙𝖆𝖚𝖙𝖔𝖗, 𝖞 𝖈𝖗𝖊𝖔 𝖖𝖚𝖊 𝖓𝖎 é𝖑 𝖒𝖎𝖘𝖒𝖔 𝖑𝖔 𝖙𝖆𝖑 𝖛𝖊𝖟 𝖑𝖔 𝖘𝖊𝖕𝖆. 𝕾𝖚 𝖒𝖊𝖓𝖙𝖊 𝖊𝖘𝖙á 𝖍𝖊𝖗𝖎𝖉𝖆, 𝖑𝖊 𝖍𝖆𝖓 𝖈𝖑𝖆𝖛𝖆𝖉𝖔 𝖚𝖓 𝖕𝖗𝖎𝖒𝖊𝖗 𝖗𝖊𝖏ó𝖓 𝖉𝖊 𝖒𝖚𝖊𝖗𝖙𝖊, 𝖊𝖘𝖙á 𝖍𝖊𝖗𝖎𝖉𝖔, 𝖘𝖚 𝖛𝖎𝖉𝖆 𝖘𝖊 𝖍𝖆 𝖙𝖊𝖗𝖒𝖎𝖓𝖆𝖉𝖔 𝖈𝖔𝖓 𝖊𝖘𝖊 𝖒𝖆𝖑𝖉𝖎𝖙𝖔 𝖗𝖊𝖏ó𝖓, 𝖕𝖊𝖗𝖔 𝖗𝖊𝖘𝖎𝖘𝖙𝖊 𝖞 𝖘𝖊 𝖇𝖆𝖒𝖇𝖆𝖑𝖊𝖆, 𝖕𝖊𝖗𝖔 𝖍𝖆𝖘𝖙𝖆 𝖖𝖚𝖊 𝖓𝖔 𝖑𝖑𝖊𝖌𝖚𝖊 𝖚𝖓 𝖋𝖚𝖊𝖗𝖙𝖊 𝖛𝖎𝖊𝖓𝖙𝖔 𝖓𝖔 𝖉𝖊𝖏𝖆𝖗𝖆 𝖈𝖆𝖊𝖗 𝖘𝖚 𝖕𝖊𝖘𝖆𝖉𝖔 𝖈𝖚𝖊𝖗𝖕𝖔 𝖆𝖑 𝖗𝖔𝖏𝖔 𝖆𝖑𝖇𝖊𝖗𝖔. É𝖑 𝖈𝖆𝖇𝖆𝖑𝖑𝖊𝖗𝖔 𝖒𝖔𝖓𝖙𝖆𝖉𝖔 𝖊𝖓 𝖘𝖚 𝖌𝖗𝖚𝖕𝖆, 𝖆𝖑𝖟𝖆 𝖘𝖚𝖘 𝖒𝖆𝖓𝖔𝖘 𝖆𝖑 𝖛𝖎𝖊𝖓𝖙𝖔 𝖕𝖎𝖉𝖎𝖊𝖓𝖉𝖔 𝖊𝖑 𝖙𝖗𝖔𝖋𝖊𝖔 𝖌𝖆𝖓𝖆𝖉𝖔, 𝖒𝖎𝖗𝖆 𝖆𝖑 𝖙𝖊𝖓𝖉𝖎𝖉𝖔 𝖞, 𝖗𝖊𝖈𝖎𝖇𝖊 𝖊𝖑 𝖆𝖕𝖑𝖆𝖚𝖘𝖔 𝖉𝖊 𝖗𝖊𝖘𝖕𝖊𝖙𝖆𝖇𝖑𝖊. ¿𝕰𝖘𝖙𝖔𝖞 𝖒𝖚𝖊𝖗𝖙𝖔, 𝖘𝖎, 𝖑𝖔 𝖘𝖎𝖊𝖓𝖙𝖔 𝖉𝖊𝖓𝖙𝖗𝖔 𝖉𝖊 𝖒𝖎 𝖈𝖚𝖊𝖗𝖕𝖔, 𝖓𝖔𝖙𝖔 𝖈ó𝖒𝖔 𝖘𝖊 𝖈𝖔𝖗𝖙𝖆𝖓 𝖒𝖎𝖘 𝖍𝖊𝖇𝖗𝖆𝖘, 𝖞 𝖒𝖎 𝖎𝖓𝖙𝖊𝖗𝖎𝖔𝖗 𝖘𝖊 𝖕𝖆𝖗𝖙𝖊 𝖊𝖓 𝖒𝖎𝖑 𝖕𝖊𝖉𝖆𝖟𝖔𝖘, 𝖒𝖚𝖊𝖗𝖔, 𝖑𝖔 𝖘é, 𝖕𝖊𝖗𝖔 𝖖𝖚𝖎𝖊𝖗𝖔 𝖘𝖊𝖌𝖚𝖎𝖗 𝖛𝖎𝖛𝖎𝖊𝖓𝖉𝖔 𝖚𝖓𝖆 𝖓𝖚𝖊𝖛𝖆 𝖛𝖎𝖉𝖆? ¿𝕻𝖚𝖊𝖉𝖊 𝖘𝖊𝖗 𝖔 𝖊𝖘 𝖒𝖊𝖓𝖙𝖎𝖗𝖆? 𝕾𝖊𝖆 𝖑𝖔 𝖖𝖚𝖊 𝖘𝖊𝖆, 𝖒𝖊 𝖉𝖆 𝖑𝖔 𝖒𝖎𝖘𝖒𝖔, 𝖞𝖆 𝖊𝖘𝖙𝖔𝖞 𝖒á𝖘 𝖕𝖆𝖗𝖆 𝖆𝖑𝖑á 𝖖𝖚𝖊 𝖊𝖓 𝖊𝖘𝖙𝖊 𝖒𝖚𝖓𝖉𝖔. ¡𝕸𝖊 𝖍𝖆𝖓 𝖕𝖚𝖊𝖘𝖙𝖔 𝖙𝖆𝖓𝖙𝖔𝖘 𝖗𝖊𝖏𝖔𝖓𝖊𝖘, 𝖖𝖚é 𝖘𝖎 𝖒𝖊 𝖘𝖆𝖑𝖎𝖊𝖘𝖊𝖓 𝖈𝖚𝖊𝖗𝖓𝖔𝖘 𝖊𝖓 𝖒𝖎 𝖈𝖆𝖇𝖊𝖟𝖆, 𝖈𝖗𝖊𝖔 𝖖𝖚𝖊 𝖓𝖔 𝖙𝖊𝖓𝖉𝖗í𝖆 𝖕𝖊𝖑𝖔𝖘 𝖕𝖆𝖗𝖆 𝖕𝖔𝖓𝖊𝖗𝖑𝖔𝖘 𝖈𝖔𝖒𝖔 𝖙𝖗𝖔𝖋𝖊𝖔𝖘 𝖕𝖆𝖗𝖆 𝖊𝖑𝖑𝖆! 𝕾𝖎, 𝖕𝖆𝖗𝖆 𝖊𝖘𝖆 𝖒𝖚𝖏𝖊𝖗 𝖖𝖚𝖊 𝖉𝖎𝖏𝖔 𝖘𝖎 𝖆𝖓𝖙𝖊 𝖚𝖓 𝖆𝖑𝖙𝖆𝖗 𝖞 𝖒𝖎𝖓𝖙𝖎ó 𝖚𝖓𝖆 𝖞 𝖒𝖎𝖑 𝖛𝖊𝖈𝖊𝖘 𝖆𝖑 𝖉𝖊𝖈𝖎𝖗 𝖘𝖎 𝖖𝖚𝖎𝖊𝖗𝖔. ¿𝕼𝖚𝖎é𝖓 𝖋𝖚𝖊 𝖊𝖑𝖑𝖆? 𝕼𝖚é 𝖒á𝖘 𝖉𝖆, 𝖖𝖚𝖎𝖊𝖓 𝖋𝖚𝖊𝖘𝖊, 𝖊𝖘𝖔 𝖞𝖆 𝖓𝖔 𝖎𝖒𝖕𝖔𝖗𝖙𝖆. 𝕷𝖆 𝖛𝖎𝖉𝖆 𝖙𝖊 𝖊𝖓𝖘𝖊ñ𝖆 𝖆 𝖘𝖚𝖋𝖗𝖎𝖗 𝖘𝖎𝖓 𝖘𝖆𝖇𝖊𝖗 𝖕𝖗𝖊𝖌𝖚𝖓𝖙𝖆𝖗𝖙𝖊 𝖕𝖔𝖗 𝖖𝖚é. ¡𝕮𝖚á𝖓𝖙𝖆𝖘 𝖈𝖔𝖘𝖆𝖘 𝖙𝖎𝖊𝖓𝖊 𝖑𝖆 𝖍𝖎𝖘𝖙𝖔𝖗𝖎𝖆 𝖉𝖊 𝖚𝖓𝖆 𝖛𝖎𝖉𝖆, 𝖈𝖚á𝖓𝖙𝖆𝖘, 𝖒𝖚𝖈𝖍𝖆𝖘, 𝖕𝖊𝖗𝖔 𝖉𝖊𝖏𝖊𝖒𝖔𝖘 𝖉𝖊 𝖑𝖑𝖔𝖗𝖆𝖗 𝖞 𝖗𝖎𝖆𝖒𝖔𝖘 𝖆𝖇𝖎𝖊𝖗𝖙𝖆𝖒𝖊𝖓𝖙𝖊 𝖆 𝖑𝖆 𝖛𝖎𝖉𝖆 𝖖𝖚𝖊 𝖕𝖔𝖘𝖎𝖇𝖑𝖊𝖒𝖊𝖓𝖙𝖊 𝖍𝖆𝖞𝖆 𝖔𝖙𝖗𝖆 𝖒𝖚𝖏𝖊𝖗 𝖖𝖚é 𝖊𝖘𝖙é 𝖊𝖘𝖕𝖊𝖗𝖆𝖓𝖉𝖔 𝖈𝖔𝖓 𝖑𝖔𝖘 𝖇𝖗𝖆𝖟𝖔𝖘 𝖆𝖇𝖎𝖊𝖗𝖙𝖔𝖘 𝖞 𝖈𝖔𝖓 𝖘𝖚𝖘 𝖑𝖆𝖇𝖎𝖔𝖘 𝖕𝖎𝖓𝖙𝖆𝖉𝖔𝖘 𝖉𝖊 𝖈𝖆𝖗𝖒í𝖓, 𝖞 𝖖𝖚𝖎𝖊𝖗𝖆 𝖘𝖆𝖇𝖔𝖗𝖊𝖆𝖗 𝖊𝖑 𝖒𝖆𝖓𝖏𝖆𝖗 𝖉𝖊 𝖙𝖚 𝖇𝖔𝖈𝖆! 𝕰𝖑 𝖋𝖔𝖗𝖏𝖆𝖉𝖔𝖗 𝖉𝖊 𝖘𝖚𝖊ñ𝖔𝖘 𝕵𝖔𝖘é 𝕽𝖔𝖉𝖗í𝖌𝖚𝖊𝖟 𝕲ó𝖒𝖊𝖟 𝕰𝖑 𝖘𝖊𝖛𝖎𝖑𝖑𝖆𝖓𝖔.

Tus ojos: son tan bellos

 Fraktur¡𝕿𝖚𝖘 𝖔𝖏𝖔𝖘: 𝖘𝖔𝖓 𝖙𝖆𝖓 𝖇𝖊𝖑𝖑𝖔𝖘! 𝕼𝖚𝖎𝖊𝖗𝖔 𝖒𝖎𝖗𝖆𝖗𝖙𝖊, 𝖘í, 𝖑𝖔 𝖖𝖚𝖎𝖊𝖗𝖔, 𝖙𝖊 𝖉𝖊𝖘𝖊𝖔, 𝖙𝖊 𝖑𝖔 𝖘𝖚𝖕𝖑𝖎𝖈𝖔, 𝖞 𝖘𝖎 𝖙𝖊 𝖉𝖎𝖌𝖔 𝖑𝖆 𝖛𝖊𝖗𝖉𝖆𝖉, 𝖙𝖊 𝖓𝖊𝖈𝖊𝖘𝖎𝖙𝖔. 𝕰𝖗𝖊𝖘 𝖊𝖑 𝖛𝖎𝖊𝖓𝖙𝖔 𝖖𝖚𝖊 𝖗𝖊𝖘𝖕𝖎𝖗𝖔, 𝖊𝖑 𝖆𝖎𝖗𝖊 𝖖𝖚𝖊 𝖆𝖈𝖆𝖗𝖎𝖈𝖎𝖆 𝖒𝖎 𝖕𝖎𝖊𝖑, 𝖊𝖑 𝖖𝖚𝖊 𝖒𝖊 𝖍𝖆𝖈𝖊 𝖘𝖊𝖓𝖙𝖎𝖗, 𝖙𝖊𝖒𝖇𝖑𝖆𝖗, 𝖑𝖑𝖔𝖗𝖆𝖗, 𝖞 𝖘𝖎 𝖓𝖔 𝖙𝖊 𝖛𝖊𝖔, 𝖒𝖚𝖊𝖗𝖔. ¡𝕾é 𝖖𝖚𝖊 𝖊𝖘𝖙𝖔𝖞 𝖛𝖎𝖛𝖔 𝖘𝖔𝖑𝖔 𝖕𝖔𝖗 𝖙𝖎! ¿𝕾𝖔𝖓 𝖚𝖓 𝖊𝖘𝖕𝖊𝖏𝖎𝖘𝖒𝖔, 𝖔 𝖊𝖗𝖊𝖘 𝖗𝖊𝖆𝖑? 𝕾𝖊𝖆𝖘 𝖑𝖔 𝖖𝖚𝖊 𝖘𝖊𝖆𝖘, 𝖕𝖔𝖗 𝖑𝖔 𝖖𝖚𝖊 𝖒á𝖘 𝖖𝖚𝖎𝖊𝖗𝖆𝖘, 𝖉é𝖏𝖆𝖒𝖊 𝖆𝖈𝖆𝖗𝖎𝖈𝖎𝖆𝖗 𝖙𝖚 𝖈𝖚𝖊𝖗𝖕𝖔, 𝖇𝖊𝖘𝖆𝖗 𝖙𝖚𝖘 𝖑𝖆𝖇𝖎𝖔𝖘, 𝖆𝖈𝖆𝖗𝖎𝖈𝖎𝖆𝖗 𝖙𝖚𝖘 𝖕𝖊𝖈𝖍𝖔𝖘, 𝖘𝖊𝖓𝖙𝖎𝖗 𝖊𝖑 𝖑𝖆𝖙𝖎𝖉𝖔 𝖉𝖊 𝖙𝖚 𝖈𝖔𝖗𝖆𝖟ó𝖓 𝖞 𝖈𝖔𝖓 𝖙𝖔𝖉𝖔 𝖊𝖑𝖑𝖔, 𝖙ú 𝖒𝖊 𝖊𝖓𝖛𝖚𝖊𝖑𝖛𝖊𝖘 𝖊𝖓 𝖑𝖆 𝖑𝖔𝖈𝖚𝖗𝖆 𝖆𝖑 𝖘𝖊𝖓𝖙𝖎𝖗 𝖊𝖑 𝖒𝖆𝖓𝖏𝖆𝖗 𝖉𝖊 𝖑𝖔𝖘 𝖘𝖚𝖊ñ𝖔𝖘. 𝕿𝖔𝖉𝖔 𝖈𝖚𝖆𝖓𝖙𝖔 𝖙𝖊 𝖉𝖎𝖌𝖔, 𝖒𝖊 𝖕𝖆𝖘𝖆 𝖈𝖆𝖉𝖆 𝖛𝖊𝖟 𝖖𝖚𝖊 𝖈𝖗𝖊𝖔 𝖊𝖘𝖙𝖆𝖗 𝖉𝖔𝖗𝖒𝖎𝖉𝖔. ¿𝕰𝖘 𝖗𝖊𝖆𝖑, 𝖔 𝖙𝖔𝖉𝖔 𝖊𝖘 𝖚𝖓 𝖘𝖚𝖊ñ𝖔, 𝖞 𝖈𝖚𝖆𝖓𝖉𝖔 𝖖𝖚𝖎𝖊𝖗𝖔 𝖇𝖊𝖘𝖆𝖗 𝖙𝖚𝖘 𝖑𝖆𝖇𝖎𝖔𝖘; 𝖙ú 𝖓𝖔 𝖊𝖘𝖙á𝖘? 𝕱𝖚𝖊𝖓𝖙𝖊𝖘 𝖉𝖊 𝖈𝖗𝖎𝖘𝖙𝖆𝖑, 𝖇𝖊𝖘𝖔𝖘 𝖉𝖊 𝖒𝖎𝖊𝖑, 𝖑𝖆𝖌𝖗𝖎𝖒𝖆𝖘 𝖖𝖚𝖊 𝖘𝖊 𝖏𝖚𝖓𝖙𝖆𝖓 𝖈𝖔𝖓 𝖑𝖆𝖘 𝖒í𝖆𝖘 𝖞 𝖘𝖊 𝖈𝖔𝖓𝖛𝖎𝖊𝖗𝖙𝖊𝖓 𝖊𝖓 𝖗í𝖔𝖘 𝖈𝖆𝖚𝖉𝖆𝖑𝖔𝖘𝖔𝖘. ¡𝕹𝖔 𝖒𝖊 𝖍𝖆𝖌𝖆𝖘 𝖘𝖚𝖋𝖗𝖎𝖗, 𝖖𝖚𝖎é𝖗𝖊𝖒𝖊 𝖈𝖔𝖒𝖔 𝖞𝖔 𝖙𝖊 𝖖𝖚𝖎𝖊𝖗𝖔 𝖆 𝖙𝖎! ¡𝖄𝖔 𝖘𝖔𝖞 𝖒𝖚𝖞 𝖛𝖎𝖊𝖏𝖔, 𝖞 𝖙ú 𝖒𝖚𝖞 𝖏𝖔𝖛𝖊𝖓 𝖕𝖆𝖗𝖆 𝖒í! 𝖁𝖊𝖗𝖉𝖆𝖉. 𝕸𝖊 𝖊𝖘𝖙𝖔𝖞 𝖒𝖎𝖗𝖆𝖓𝖉𝖔 𝖊𝖓 𝖊𝖑 𝖊𝖘𝖕𝖊𝖏𝖔 𝖉𝖊 𝖙𝖚𝖘 𝖑𝖎𝖓𝖉𝖔𝖘 𝖔𝖏𝖔𝖘, 𝖊𝖓 𝖑𝖔𝖘 𝖑𝖆𝖌𝖔𝖘 𝖉𝖊 𝖈𝖔𝖑𝖔𝖗𝖊𝖘 𝖉𝖊 𝖙𝖚 𝖏𝖚𝖛𝖊𝖓𝖙𝖚𝖉, 𝖞 𝖘𝖔𝖓𝖗í𝖔. 𝕼𝖚é 𝖕𝖊𝖓𝖆 𝖛𝖊𝖗𝖙𝖊 𝖆 𝖊𝖘𝖙𝖆𝖘 𝖍𝖔𝖗𝖆𝖘 𝖉𝖊 𝖑𝖆 𝖛𝖎𝖉𝖆. 𝕾𝖔𝖑𝖔 𝖈𝖔𝖓 𝖒𝖎𝖗𝖆𝖗𝖙𝖊 𝖘𝖊 𝖒𝖊 𝖈𝖆𝖊 𝖑𝖆 𝖇𝖆𝖇𝖆, 𝖞 𝖙ú 𝖈𝖔𝖓 𝖙𝖚 𝖇𝖊𝖑𝖑𝖊𝖟𝖆, 𝖘𝖔𝖓𝖗í𝖊𝖘 𝖞 𝖒𝖊 𝖑𝖎𝖒𝖕𝖎𝖆𝖘 𝖑𝖆 𝖘𝖆𝖑𝖎𝖛𝖆 𝖉𝖊 𝖒𝖎𝖘 𝖉𝖊𝖘𝖊𝖔𝖘. ¿𝕼𝖚é 𝖕𝖚𝖊𝖉𝖔 𝖍𝖆𝖈𝖊𝖗 𝖆 𝖊𝖘𝖙𝖆𝖘 𝖍𝖔𝖗𝖆𝖘 𝖉𝖊 𝖑𝖆 𝖒𝖆𝖉𝖗𝖚𝖌𝖆𝖉𝖆, 𝖈𝖚𝖆𝖓𝖉𝖔 𝖒𝖊 𝖉𝖊𝖘𝖕𝖎𝖊𝖗𝖙𝖔, 𝖞𝖔 𝖙𝖊 𝖇𝖚𝖘𝖈𝖔, 𝖞 𝖆𝖑 𝖛𝖊𝖗 𝖖𝖚𝖊 𝖘𝖔𝖑𝖔 𝖊𝖘 𝖚𝖓 𝖘𝖚𝖊ñ𝖔? ¡𝕼𝖚𝖎𝖊𝖗𝖔 𝖛𝖔𝖑𝖛𝖊𝖗𝖒𝖊 𝖆 𝖉𝖔𝖗𝖒𝖎𝖗, 𝖞 𝖕𝖔𝖗 𝖒á𝖘 𝖖𝖚𝖊 𝖑𝖔 𝖎𝖓𝖙𝖊𝖓𝖙𝖊 𝖓𝖔 𝖑𝖔 𝖈𝖔𝖓𝖘𝖎𝖌𝖔! 𝕷𝖑𝖔𝖗𝖔 𝖞, 𝖙𝖊𝖒𝖇𝖑𝖆𝖓𝖉𝖔 𝖒𝖊 𝖖𝖚𝖊𝖉𝖔 𝖈ó𝖒𝖔 𝖘𝖎 𝖋𝖚𝖊𝖘𝖊 𝖚𝖓 𝖓𝖎ñ𝖔 𝖕𝖊𝖖𝖚𝖊ñ𝖔, 𝖊𝖓𝖈𝖔𝖌𝖎𝖉𝖔 𝖊𝖓𝖙𝖗𝖊 𝖑𝖆𝖘 𝖘𝖆𝖇𝖆𝖓𝖆𝖘 𝖉𝖊 𝖑𝖆 𝖒𝖚𝖊𝖗𝖙𝖊, 𝖑𝖆𝖘 𝖖𝖚𝖊 𝖈𝖚𝖇𝖗𝖊𝖓 𝖒𝖎𝖘 𝖛𝖎𝖊𝖏𝖔 𝖗𝖊𝖘𝖙𝖔𝖘, 𝖑𝖔𝖘 𝖖𝖚𝖊 𝖞𝖆 𝖓𝖔 𝖙𝖎𝖊𝖓𝖊𝖓 𝖉𝖊𝖗𝖊𝖈𝖍𝖔 𝖆 𝖛𝖎𝖛𝖎𝖗, 𝖓𝖎 𝖆 𝖘𝖔ñ𝖆𝖗, é𝖑 𝖖𝖚𝖊 𝖉𝖊𝖘𝖊𝖆𝖗í𝖆 𝖘𝖊𝖌𝖚𝖎𝖗 𝖛𝖎𝖛𝖎𝖊𝖓𝖉𝖔, 𝖞 𝖘𝖔𝖇𝖗𝖊 𝖙𝖔𝖉𝖔 𝖈𝖊𝖗𝖈𝖆 𝖉𝖊 𝖙𝖎. 𝕳𝖆𝖓 𝖕𝖆𝖘𝖆𝖉𝖔 𝖑𝖆𝖘 𝖑𝖆𝖗𝖌𝖆𝖘 𝖍𝖔𝖗𝖆𝖘 𝖉𝖊 𝖑𝖆 𝖓𝖔𝖈𝖍𝖊, 𝖞 𝖘𝖎𝖓 𝖙𝖊𝖓𝖊𝖗 𝖋𝖚𝖊𝖗𝖟𝖆𝖘 𝖊𝖓 𝖒𝖎 𝖆𝖑𝖒𝖆, 𝖞 𝖈𝖔𝖒𝖔 𝖕𝖚𝖊𝖉𝖔 𝖑𝖊𝖛𝖆𝖓𝖙𝖔 𝖊𝖘𝖙𝖊 𝖉𝖊𝖘𝖙𝖆𝖗𝖙𝖆𝖑𝖆𝖉𝖔 𝖆𝖒𝖆𝖘𝖎𝖏𝖔 𝖉𝖊 𝖍𝖔𝖏𝖆𝖘 𝖒𝖚𝖊𝖗𝖙𝖆𝖘. 𝕸𝖊 𝖛𝖎𝖘𝖙𝖔, 𝖇𝖚𝖘𝖈𝖔 𝖊𝖑 𝖊𝖘𝖕𝖊𝖏𝖔 𝖉𝖊 𝖙𝖚 𝖒𝖎𝖗𝖆𝖉𝖆 𝖞 𝖓𝖔 𝖙𝖊 𝖊𝖓𝖈𝖚𝖊𝖓𝖙𝖗𝖔 𝖞, 𝖊𝖘 𝖈𝖚𝖆𝖓𝖉𝖔 𝖛𝖊𝖔 𝖑𝖆 𝖗𝖊𝖆𝖑𝖎𝖉𝖆𝖉 𝖉𝖊 𝖑𝖆 𝖛𝖎𝖉𝖆. ¡𝕾𝖔𝖞 𝖒𝖚𝖞 𝖛𝖎𝖊𝖏𝖔 𝖕𝖆𝖗𝖆 𝖙𝖊𝖓𝖊𝖗 𝖉𝖊𝖗𝖊𝖈𝖍𝖔 𝖆 𝖛𝖎𝖛𝖎𝖗 𝖈𝖔𝖓𝖙𝖎𝖌𝖔! 𝕷𝖔 𝖘é, 𝖞 𝖘𝖎 𝖙ú 𝖘𝖚𝖕𝖎𝖊𝖘𝖊𝖘 𝖑𝖔 𝖖𝖚𝖊 𝖘𝖊 𝖘𝖎𝖊𝖓𝖙𝖊, 𝖙𝖊 𝖕𝖆𝖘𝖆𝖗í𝖆 𝖑𝖔 𝖒𝖎𝖘𝖒𝖔 𝖖𝖚𝖊 𝖕𝖆𝖘𝖆 𝖕𝖔𝖗 𝖒𝖎 𝖒𝖊𝖓𝖙𝖊. 𝕾𝖊 𝖒𝖊𝖈𝖊 𝖙𝖚 𝖈𝖚𝖊𝖗𝖕𝖔 𝖈𝖔𝖓 𝖑𝖆 𝖇𝖗𝖎𝖘𝖆 𝖉𝖊 𝖑𝖆𝖘 𝖔𝖑𝖆𝖘. 𝕰𝖓 𝖑𝖆 𝖉𝖎𝖘𝖙𝖆𝖓𝖈𝖎𝖆, 𝖙𝖊 𝖒𝖎𝖗𝖔 𝖞 𝖘é 𝖖𝖚𝖊 𝖙ú 𝖑𝖔 𝖘𝖆𝖇𝖊𝖘, 𝖕𝖊𝖗𝖔 𝖙𝖊 𝖉𝖊𝖏𝖆𝖘 𝖆𝖈𝖆𝖗𝖎𝖈𝖎𝖆𝖗 𝖈𝖔𝖓 𝖑𝖔𝖘 𝖘𝖚𝖘𝖕𝖎𝖗𝖔𝖘 𝖉𝖊 𝖒𝖎 𝖆𝖑𝖒𝖆. 𝕰𝖘𝖙𝖔𝖞 𝖈𝖊𝖑𝖔𝖘𝖔 𝖉𝖊𝖑 𝖛𝖎𝖊𝖓𝖙𝖔, 𝖊𝖘𝖊 𝖖𝖚𝖊 𝖆𝖈𝖆𝖗𝖎𝖈𝖎𝖆 𝖙𝖚 𝖕𝖎𝖊𝖑, 𝖊𝖑 𝖖𝖚𝖊 𝖊𝖓 𝖘𝖎𝖑𝖊𝖓𝖈𝖎𝖔 𝖘𝖆𝖇𝖊 𝖖𝖚𝖊 𝖘𝖔𝖑𝖔 𝖘𝖔𝖞 𝖚𝖓 𝖛𝖎𝖊𝖏𝖔, 𝖞 é𝖑 𝖘𝖎𝖓 𝖖𝖚𝖊 𝖙ú 𝖑𝖊 𝖉𝖎𝖌𝖆𝖘 𝖓𝖆𝖉𝖆, 𝖙𝖊 𝖇𝖊𝖘𝖆, 𝖗𝖊𝖈𝖔𝖗𝖗𝖊 𝖈𝖔𝖓 𝖘𝖚𝖘 𝖒𝖆𝖓𝖔𝖘 𝖘𝖎𝖑𝖊𝖓𝖈𝖎𝖔𝖘𝖆𝖘 𝖙𝖔𝖉𝖆 𝖑𝖆 𝖕𝖎𝖊𝖑 𝖉𝖊 𝖙𝖚 𝖇𝖊𝖑𝖑𝖔 𝖈𝖚𝖊𝖗𝖕𝖔. 𝕷𝖑𝖊𝖛𝖔 𝖚𝖓 𝖇𝖆𝖘𝖙ó𝖓 𝖍𝖊𝖈𝖍𝖔 𝖈𝖔𝖓 𝖑𝖆𝖘 𝖗𝖆í𝖈𝖊𝖘 𝖉𝖊 𝖑𝖆 𝖓𝖔𝖘𝖙𝖆𝖑𝖌𝖎𝖆. 𝕸𝖊 𝖙𝖎𝖊𝖒𝖇𝖑𝖆𝖓 𝖑𝖆𝖘 𝖒𝖆𝖓𝖔𝖘 𝖈𝖆𝖉𝖆 𝖛𝖊𝖟 𝖖𝖚𝖊 𝖙𝖊 𝖛𝖊𝖔. 𝕾𝖎, 𝖘𝖔𝖑𝖔 𝖘𝖔𝖓 𝖘𝖚𝖊ñ𝖔𝖘, 𝖑𝖔𝖘 𝖖𝖚𝖊 𝖕𝖔𝖗 𝖒á𝖘 𝖖𝖚𝖊 𝖑𝖔 𝖎𝖓𝖙𝖊𝖓𝖙𝖊 𝖞𝖔 𝖘𝖊𝖌𝖚𝖎𝖗é 𝖘𝖚𝖋𝖗𝖎𝖊𝖓𝖉𝖔 𝖕𝖔𝖗 𝖙𝖎. 𝕷𝖆 𝖛𝖎𝖉𝖆 𝖊𝖘 𝖚𝖓 𝖑𝖎𝖇𝖗𝖔 𝖖𝖚𝖊 𝖘é 𝖊𝖘𝖈𝖗𝖎𝖇𝖊 𝖈𝖔𝖓 𝖑𝖆 𝖘𝖆𝖓𝖌𝖗𝖊 𝖉𝖊𝖑 𝖘𝖎𝖑𝖊𝖓𝖈𝖎𝖔, 𝖈𝖔𝖓 𝖊𝖑 𝖘𝖚𝖊ñ𝖔 𝖉𝖊 𝖑𝖆 𝖓𝖔𝖘𝖙𝖆𝖑𝖌𝖎𝖆, 𝖞 𝖘𝖊 𝖑𝖑𝖔𝖗𝖆 𝖈𝖔𝖓 𝖑𝖆 𝖔𝖘𝖈𝖚𝖗𝖎𝖉𝖆𝖉 𝖉𝖊 𝖚𝖓𝖔𝖘 𝖔𝖏𝖔𝖘 𝖖𝖚𝖊 𝖓𝖔 𝖛𝖎𝖛𝖎𝖊𝖗𝖔𝖓 𝖔 𝖖𝖚𝖊 𝖍𝖚𝖇𝖎𝖊𝖘𝖊 𝖉𝖊𝖘𝖊𝖆𝖉𝖔. 𝕰𝖑 𝖋𝖔𝖗𝖏𝖆𝖉𝖔𝖗 𝖉𝖊 𝖘𝖚𝖊ñ𝖔𝖘 𝕵𝖔𝖘é 𝕽𝖔𝖉𝖗í𝖌𝖚𝖊𝖟 𝕲ó𝖒𝖊𝖟 𝕰𝖑 𝖘𝖊𝖛𝖎𝖑𝖑𝖆𝖓𝖔

La ceguedad de mis ojos

La ceguedad de mis ojos

Hace muchos años: al principio de la era en la cual, me trajeron a este mundo; ya que no fui yo el que pidió que me trajesen, que no es lo mismo, qué desearlo. Quiero recordar que en aquellos momentos ni yo podía decir que si, ni decir esta boca es mía. Me acababan de parir: ¡Toma ya! Pero sé que había dos personas que estaban presentes en aquel dichoso momento.

Uno era alto, fuete, y de un cuerpo bastante recio. Pero era bondadoso. El tono de su voz era dulce, y sus palabras hacia mi persona me auguraban buenos resultados de los cuales yo viviría dichoso y feliz durante toda mi vida en esta tierra. ¿Palabras dichas por él? ¡Eso hay que verlo, me dije yo, y el tiempo dirá si fueron ciertas o tal vez todo sería mentira!

 Sus cabellos eran blancos, muy largos, tanto, qué le caía sobre sus hombros; hacían de él que pareciese una buena persona, y seguramente era el que mandaba de los dos. Yo en aquellos precisos momentos no podía decir mi opinión, con relación de lo dicho. y con los años vividos ya les contaré como fuero aquellas predicciones sobre mi persona.

En una de sus manos llevaba un cetro, bueno yo no podía saber para qué era. Pensé que a lo mejor me quería pegar con el palo que portaba en su mano derecha. Pero no lo hizo; mejor así, los años lo dirán si fue bueno, o mejor hubiese sido que me hubiese dado un fuerte garrotazo el primer día en el cual mis pulmones comenzaron a respirar de este aire.

Cuantas predicciones dijo de mi pequeña y diminuta persona… tantas; que no me puedo acordar de ellas.

El otro personaje: era también tan alto como el primero y si cabe, un poco más. Su semblante y de una belleza superior. Portaba en su mano derecha un tridente. Tenía algo que me gustó mucho; pero no fue aquel pincho que nunca pensaba yo que sería para clavármelo en la piel de mi pequeño cuerpo cada vez que yo me equivocase. De sus espaldas salían unas bellísimas alas, sus plumas eran de todos los colores, y mientras él estuvo escuchando a su querido amigo; se mostró bastante cauto y guardo silencio. 

Una vez terminado el comentario sobre mí; este compañero recibió de su querido y apreciable amigo; le ordeno, qué dijese su veredicto de sus palabras y cometarios hacia mi insignificante persona.

Se lo quedó mirando: y soltó una gran carcajada que retumbo en aquel pobre hospital en el cual acababan de parirme. ¡Pero era tan grande la burla, que yo al escuchar dicha carcajada comencé a llorar, y no hubo forma de hacerme callar!

Aquello fue nombrado durante mucho tiempo, nadie sabía de donde aparecieron esas palabras y aquella sonrisa tan sonora.

Menudo presagio hacia mí. ¿Qué me deparaba la vida, cuantas cosas, cuantas tristezas me esperaban de tras de la esquina de aquella cuna de hierro, que tenía tantos desconchones que el óxido le llegaba hasta el mismo suelo; ya que este era de tierra?

¡Ahí comenzó mi desdichada historia! Tenía toda la razón aquél ángel de la guarda. Oh, mejor dicho, el propio demonio que era amigo personal de este dios del que todo el mundo habla! Qué hace esto, que hace lo otro, y que no sé cuántas cosas más hace este tipo que habló de mí, en el día que me parieron.

¡Si yo les cuento cosas! Seguramente no se creen ninguna, porque de un desdichado como yo; qué historias puedo contarles.

Nacemos ciegos, nos reímos, y a veces, o tras nos callamos para no hacer reír a los demás. Miramos y vemos cómo corre el tiempo, y cada segundo que pasa nos hacemos mucho más viejo que el segundo pasado. Si, ese que hemos dejado escapar porque no lo pudimos vivir. ¡Quiero vivir de nuevo otra vez! Si de nuevo: pero no quiero hacerlo cómo la primera vez que lo hice. Yo no deseo equivocarme nuevamente, han sido tantas y tantas veces los errores cometidos. Que mis ojos no es que estén ciegos, no, pero si, que están rojos como la sangre que fluye por mis venas, y lamento tanto el haber vivido, y al ver que he tenido que llorar tanto, que me arrepiento el haberme enamorado, por culpa de mis ojos, si, ellos tiene la culpa de todas mis desgracias; y condeno a este mundo por mostrarnos la belleza, antes, que lo que se oculta tras ella, y con todo lo que he pasado… por favor, no me traigas de vuelta, si el camino por recorrer será el mismo que hice anteriormente en este maldito mundo.

 ¡Déjame ciego, que no quiero volver a ver lo que he visto en el correr de los tiempos nunca más!

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez

El sevillano

La paleta de acuarela

La paleta de acuarela

Hace muchos años: siendo aún, un niño, y des de hace munchos, pero que muchos años, yo seguía

soñando con ella. Cada vez que pasaba por delante del escaparate de una tienda que había en la calle hospital; yo me quedaba embobado mirándola, no había otra cosa que me llamase más la atención que aquella pequeña pero preciosa paleta. Mis ojos se llenaban de lágrimas y alguna que otras veces, me tenía que enjuagar para que la vista no se la llevasen y que me dejara verla.

¿Por qué, me preguntaba yo, si solo la había visto ponerla el tendero y ya era mía? Buen: si me la echan los reyes magos de oriente tal vez pueda ser mía. Y que ya estábamos, muy próximo a la navidad y me gustaba. La había visto en él escaparate de una tienda que vendían precislar. ¡Precislar! le llamábamos a cosas y utensilios de plástico y otras cosas como hules para las mesas de camillas; pero en el centro del pequeño escaparate estaba situada la misma y eso fue lo que atrajo la atención de mis ojos.

En este desgraciado, mundo todo cuesta tanto que a veces hay que llamar “al duende de los sueños” para que te echen una buena mano, yo era muy niño y no podía trabajar. Yo estaba en la escuela y lo que hacíamos durante todo el tiempo que estudiábamos era lo de menos, estudiar y. lo que sí que había que hacer era cantar la salve María, el credo. y él cara al sol y eso que no faltara porque si no, nos dejan salir a casa…

¡Yo soñaba con ese regalo para los reyes, si, hacía muy poco que había entrado en el grupo de desdichados de la vida! ¿Quiénes somos los desdichados… muchos y, como es natural, siempre éramos los pobres ya que el que tenía dinero; en aquellos tiempos era el rey o y otros cuantos?

Hacía mucho frío, entonces había perdido lo que yo más quería en la vida; y era: La mujer que había parido mi cuerpo, esta, era mi querida madre. Tendría yo unos doce años, y no sabía, de la misa la mitad. ¡Cuánto tendría que sufrir para que la piel de mi diminuto cuerpo se curtiese contra las atrocidades que me tendrían que hacer las múltiples heridas que jamás se cicatrizasen sobre mi desgraciado pellejo que cubre mi cuerpo!

Me había convertido sin desearlo, en un niño huérfano; pero era cierto, y que los años no serían para mí los mejores.

Mi ropa: la que llevaba puestas, no era la mejor, pero lo que si era cierto que tampoco tenía otra mejor para pasar esos momentos del duro invierno. Caminábamos por la calle, cogido de la mano de mi abuela. Esta me llevaba de mi casa ala de ella, y esta estaba muy retirada de la mía; y estaba en la otra parte del pueblo. Mi casa era tan pequeña que para estar todos juntos cabíamos estrechamente, pero a si era mi casa por llamarlo de alguna manera.

Poco tiempo, acaso, solo unos meses de ese maldito día que jamás se podrá olvidar de mi mente.

Murió cuando no estaba yo presente y cuando me fueron a buscar; estaba yo en casa de mis otros abuelos, los padres de mi padre. Entré en la habitación donde estaba su Querido cuerpo… ella al llegar yo; no hizo movimiento alguno, ni al sentir mis llantos, y no notar sobre su cara las lágrimas de cristal que salían de mis ojos como si fuesen dos ríos desbocados. ¿Cuántos somos los que la vida nos deparo estas tristes horas, y de las cuales, solo quedan las heridas producidas por ese maldito viento que arrastra los sueños en los cuales hemos estado viviendo durante el resto de nuestras vidas?

 ¡Pinté tantas cosas con ella que solo quedan viejos recuerdo de esos descoloridos dibujos que yo hice en mi infancia! ¡Pero, jamás volvió! Cuantas veces he llorado y después de haberlo hecho, me pregunto, ¿ha valido la pena hacerlo? qué se yo, tal vez el día que mi cuerpo se retire al rincón donde están las hojas muertas tal vez sí, que pueda verla. Mientras tanto todo se quedará en un bello sueño…

José Rodríguez Gómez

El forjador de sueños

El sevillano-

Llorar

Llorar

El hombre que llora: ¿Qué es?

¿Es hombre, o es alguien que pierde los sueños cada vez que ve, que oye, que piensa en sí mismo, o tal vez ya no sea ni tan siquiera, eso, un hombre?

Miras á trabes de los cristales de nuestros ojos, y sin saber el por qué… lloramos, sí, es verdad que lo hacemos, se derraman por nuestras mejillas arrugadas, ríos de agua cristalinas, sin saber qué es lo que somos cuando cruzamos el tiempo de nuestra vejez.

Algo oscuro, sin luz, sin sentido, sin saber cada segundo de nuestra vida cómo se va acrecentando la cuesta abajo…

¿Es bonito, es bueno, llegar a esta edad que no sabes qué día es?

Sí, en esta vida hay de toda clase de hombres, de todas formas de ser; y ente ellas hay muchos, yo me encuentro entre ellos, y cada vez que escucho algo, y esto me llega dentro del corazón. ¡Hala, a llorar como si fuese un niño que le han pegado, o tal vez, lo hace sin saber el motivo! ¿O es que su mente se ha vuelto loca, y no sabe el por qué?… De ahí viene mi pregunta: ¿Ser o no ser: esta es la cuestión; de estas personas que ya no damos la taya, si, es cierto no la damos, porque nos parecemos a las mujeres, pero no a todas, no,  si no algunas que por cualquier cosa, ellas se defienden con estas lágrimas de cocodrilos, como se dice en algunas partes de esta piel de toro?

¡Podría ser que esto de la piel de toro tenga algo que ver con este tema! ¡Qué pena, ser viejo! Si, es una pena llegar sin haber llegado en toda plenitud de factores, y que cada persona viva cuanto ha de hacerlo pero con una fuerza que valga la pena ser un hombre en todos sus conceptos.

 ¿Morir, sería bueno: si no sabemos para que vivimos, creo que es mejor morir; ya que de pena sí que morimos cada segundo de nuestra soledad?

¡No tengo miedo a mi soledad; no, no le tengo, tengo miedo a vivir sin saber por qué lo hago y para qué estoy en este mundo!

Caminas muy lento, si, es la puara verdad, lo hacemos y cada paso que vas dando, ves, miras, y al pasar alguien por tu lado; te das cuenta, que todo, se te ha terminado y solo te queda un viejo banco, si, un viejo banco, descolorido, destartalado, y casi sus patas no pueden sostener el peso de tu huesos.

Este banco está situado y amparado bajo la sombra de un árbol que están viejo como tú, e incluso mucho más de los mochos que caminamos despacio, ya que nuestro cuerpo no nos permite seguir el ritmo de la vida y quedamos retrasados al laberinto vertiginoso de este maldito mundo.

¿Qué es lo que pesa más de mi cuerpo: los años, mis huesos, o los huesos invisibles que te pusieron en el largo tiempo que has vivido; si es que a esto se le puede llamar vida?

Solo el perfume de las rosas te hace girar tu cabeza, para poder sentir ese aroma que despierta tus sentidos. ¿Para qué?

El tiempo que pasa a nuestro alrededor es algo que nos confunde muy a menudo. Nos creemos, fuertes, dóciles, blandos y rectos, y nada de lo pensado es cierto. Fuertes: ni tan siquiera de nuestros recuerdos. Dóciles: nos dejamos embaucar por las dulces palabras de las mujeres.

Rectos: en que parte del cuerpo estamos rectos. En ninguna; ya que ni nuestra sombra es recta; eso pasó a la historia del pasado y ni siquiera revolviendo el baúl de los recuerdo y lo encontraríamos por mucho que busquemos.

¿Qué nos queda? ¡No lo sé, tal vez a alguien le gustemos! Nos creemos las mentiras como cuando éramos niños. Esos cuentos de los duendes, y soñábamos de qué haríamos cuando fuésemos mayores.

Pues bien: yo, llegue y creo que me arrepiento de haberlo hecho, sí, lo sé. Eso de ser, o no ser; tenía mucha razón. Él qué pronunció tales palabras. ¿Y qué era lo que querían decirnos con ello? ¿Viviste ese tiempo que arrasó el viento? ¡Se fue, verdad, sí! ¿Qué ha quedado de todo? Nada, solo la sombre de un despojo que camina muy despacio, y que no puede levantar los pies sin que sean arrastrado y levantando el polvo que cubre los caminos del silencio. Te puedo hacer un pregunta, señor. Hazla.

¿Por qué te casaste con esa mujer? ¿Quién eres? Le respondí. El silencio cubrió mi miedo y despertó mi mente; porque esa misma pregunta me la hiso una siquiatra hace muchos años.

Durante años, estuve loco, sí, es cierto que lo estuve; ya que mis ojos no me daban respuesta a la locura cometida en mi juventud. Belleza exterior, sin mirar el interior humano. Quien había vivido dos veces para saber tanto de la belleza. ¡Solo una vez: yo deseo volver a vivir para intentar no equivocarme de nuevo y no tropezar con la misma piedra que me hizo caer en las profundidades más negras de esta desgracia vida mía! ¿Solo yo: he sido yo la única persona que le ha tocado vivir esta vida tan desgraciada, y al dar con esa persona que te arrastra a lo más profundo del abismo? Creo que he sido el único, por eso creo que lloro, y no ser el por qué. No te lo puedo decir; ya que mi llanto es tan grande y tan débil que nada me hace reír, nada me hace recordar algo bello en mi dilatada caminata por caminos solitarios y mugrientos.

He tardado mucho en llegar a este banco. Tras de mí, he dejado un reguero de pisadas deformes; que en vez de ser las huellas del pasado, es un laberinto de pisadas que ninguna ha dejado marca de mi tiempo que he estado enterrado en esta tierra que llaman, Granada.

Los niños juegan, revolotean como si fuesen pajarillos, pían y cantan, pero no se dan cuenta que yo también estoy en este mundo. Sólo, soy la sombra de un viejo árbol: ellos pasan por mi lado sin mirarme, ni me dicen nada, ellos juegan, sonríen entre ellos; niños y niñas se cogen de las manos, se dan besos en sus labios como si fuesen mayores y, se les puede oír sus risas encantadoras y el perfume que esparcen; y ese olor llega a mis entrañas. Esto me hace soñar: sí, es cierto que me hace soñar, claro que yo también podía ser uno de esos niños…

Pero no lo soy. ¿Para qué estoy sentado si pierdo el tiempo llotrando y sin que nadie se apiade de mí? Ser un viejo que te arrastra el viento y te arremolina en unos rincones oscuros, malolientes donde se pudren las flores que un día fueron bellas, o creo haberlo sido. ¡Tal vez nunca lo fui y por eso la vida me ha maltratado dándome huesos en la frente! ¡Claro erra bella, y yo, ciego!

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez

El sevillano.

La marranera

La marranera

¿Qué es lo que se criaba en estos lugares de nuestras costumbres ancestrales?

¡Sí, eso, puercos y cualquier cosa que nos sirviera para poder comer en una época del año, y en verdad que eran muy largas, esas pobres épocas y sobre todo para los que no teníamos esa suerte de poder hacerlo!

¡No todo el mundo podía criar cerdos, marranos, cochinos, guarros, puercos y hoy en día, se les llama, porcinos!

Pero era  tan grande el hedor producían qué hubo que sacarlos de las marraneras particulares y llevárselos lejos de los pueblos y de las grandes urbes.

¡Y las gentes: los votaba!

¿Han visto una cochinera, ven como se pelean por un pedazo de… y se lo comen? ¡Y les votamos!

Han visto cada día, sí, lo digo bien a cada día, a cada segundo;  en el hemiciclo, o en el senado; por el comportamiento que tienes unos con otros por un pedazo de… se pelean, se discuten; pero: ninguno se pone de acuerdo para crear entre todos una gran torre de babel donde todos quepamos y tengamos los mismos derechos sociales, culturales, medicinales, y bienestar social; eso no, no, eso no les interesa; solo se discute, se insultan, por un pedazo de lo que ellos creen que es comestible.

Han visto alguna vez una pocilga: los que viven allí se gruñen, se hacen daño, se discuten, luchan hasta que el más fuerte se come el pedazo de… pero no sabemos lo que se dicen entre ellos. Aquí si lo sabemos, pero lo que no sabemos el por qué lo hacen. Pero les votamos.

¡Que lastima verdad: el no poder saber el idioma que hablan esos cerdos! Pero les votamos.

¡Volveremos a la guerra! Si, a si lo haremos, y siempre habrá el que gruñe más fuerte que los demás, he iremos de tras para ver adonde nos llevan estos cerdos. Hoy en día nuestros políticos: que en verdad hacen los mismos gestos, las mismas peleas y el mismo furor para hacerse con el poder mientras otros se insultan en las calles; siendo empujados por esos que están cobrando dentro de hemiciclo, o del senado. Pero les votamos.

Hay personas que dicen: he visto un cerdo volar, cosa difícil, pero no deja de ser cierto, si es verdad que vuelan. Pero yo creo que los que vuelan, son los buitres. Los cerdos se lo comen todo, y los otros bichos desde las alturas lo pueden ver y también oler… Pero les votamos, y siguen cobrando de nosotros.

¿Tan difícil es ponerse de acuerdo, y entre todos, crear algo grande que nos de ese orgullo de ser de este país, sentir felicidad en nuestros corazones al sentirnos de esta tierra?

¿Desde cuándo tenemos corona sobre nuestras cabezas?

¡Yo, en verdad, no lo sé! Hay gente que se siente orgulloso de haber sido esclavizados, y manejados por monjes Castellanos Leoneses durante más de trescientos años qué estuvieron bajo el mando de estos tipos de curas.  ¡Sí, se hicieron muchas cosas: por ejemplo! Muchas iglesias, muchos conventos y sobre todo se hicieron dueño de todo el poder, de todas las riquezas de nuestra tierra; pero se sienten orgullosos de todo ello. ¡También había cerdos y cochineras! Lo que no tenían el derecho en aquellos entonces, era el de poder votar, en eso, les ganamos a aquellas personas; nosotros, los votamos, pero no nos sirven de nada haberlo hecho.

Derechas, izquierdas, de centro, comunistas, socialistas, y de otras lides… ¿Para qué nos valen? Si después, de mucho gruñirse, insultarse, y todos terminan lo mismo; hartos de comer y de beber acosta de los demás, y les votamos. Pero los que se criaban en las casas, en esas marraneras, el fin de ellos, era, ser comidos por los que les votaban, o mejor dicho, los que les echaban de comer y no al revés.

Estamos hablando de cerdos y nos dejamos a esos bichos que vuelan.

Blancos, negros, azules, colorados, o rojos, naranjas, violetas y de otros colores; pero al final del cuento todos son lo mismo. Son votados por nosotros, y comen del sueldo de este desgraciado pueblo que les paga para que nos ayuden a arreglar nuestros problemas, y ya lo podéis ver, cada día en la televisión: jugando, discutiendo, insultándose, peleándose y durmiendo… esta es la manera  de trabajar esos pobres animales; que comen, se engordan y encima la culpa es solo nuestra. Porque les votamos.

Comencé diciendo: volverá la guerra entre nosotros, si, es cierto que volverá, se puede ver, oler y sentir, pero como siempre, las balas solo las sentirán sobre su piel los mimos de siempre, y quedarán a los que les votamos y ellos se quedarán en la retaguardia donde se puede seguir comiendo, y al final de la contienda, y después de haber tenido que saltar el río de sangre que correrá por las calles y para no ensuciarnos los zapatos; serán ellos los que quedarán para ponerles la medallas por lo bien que lo ha hecho, y de después de haberse gruñido, insultados, todo quedara para la historia. Ello, se comerán las cigalas, los langostinos y otras exquisiteces. Al final del cuento: les pondrán las medallas correspondientes a cada partido; ya que todo lo ocurrido y lo que tenga que ocurrir, es para ellos. Solo un cuento. El del pan y pimiento. Pero les votamos… ¿Hasta cuando no aprenderemos hacerlo, mientras tanto ocurre, seguiremos votando? A lo mejor: alguna vez, sean buenos y nos arreglen esta mierda de país.

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez

¡Diputados, senadores y otros!

¡Diputados, senadores y otros!

¿Adónde están estos señores; en sus casas? Y mientras el pueblo hace colas para mendigar comidas…

¿Qué puede uno sentir cuando se ven estas diferencias entre las persona de esta nuestra tierra?

¿Se les debe de pagar a estos señores por llamarlos de alguna manera… lo que no trabajan, ninguno de ellos? Yo creo que tendría que pedir una ayuda para que no los echen a la calle. ¡Qué pague el gobierno; ya lo hace! Son ellos y no nosotros ¿Qué diferencia hay entre unos y otros? Ninguna, solo las siglas, las cuales, todas son mentiras, todos a robar cuanto pueda y que el día de mañana te paguen una buena paga por el esfuerzo que has hecho, en tu tiempo como político, cuantas mentiras. Malditos todos y todas…

¡Vergüenza es lo que siento, y no es para menos! Ese dinero está muy mal pagado mande quien mande;  me da lo mismo, sea quien sea el que este llenándose los bolsillos con las personas de la calle y esto no nos lleva a ninguna parte, solamente a que con estas maneras de hacer y de dirigir una nación llegaremos a que todos tengamos que estar mendigando por las calles; mientras otros gobiernos, sean comunistas, socialistas o porque no, del partido popular se discuten las maneras de joderse unos a otros. A ellos les cae por ir a entretenerse en el palacio de los diputados o de los senadores y a jugar con los móviles, mientas, no hay trabajadores para recoger los alimentos del campo… por ejemplo.

¡Señores: los extremos todos son malos! Sean del color que sean. No vemos que esto no es así, que hay que tomar medidas, y repartir los alimentos por partes iguales.

No, esto no; verdad que no, soy socialista… de que, tú eres como los demás. Un señor o señora que te dan lo que no te mereces, y tú también, que eres de los que siempre habéis mandado. A que jugáis, ustedes lucháis para que el pueblo pueda vivir, y para que los niños y niñas de esta tierra tengan los mejores estudios. ¿O solamente los tuyos sí que pueden ir a buenas escuelas, mientras los demás pobres que son la mayoría están en barracones de maderas con los techos de uralitas? ¿De qué es lo que habláis mientras os entretenéis jugando a ser políticos?… que ninguno lo sois en verdad; sino vividores de esta democracia.

¡Vasta: es para mataros a todos, y la mayor culpa de estas desgracias, las tenemos todos los que vamos a votar a esa chusma de gente que se apunta en las listas electorales!

¡Siempre son los mismos! hijos de fulano, de mengano, y de otras clases de ratas qué se esconden tras una máscara en la cual solo se les ve la sonrisa en sus labios de carmín que le pilla toda la cara, y mira que es grande y dura… es ese día, cuándo todos, sin excepción de nadie, todos nos volvemos borregos, en los cuales también entro yo, yo no me quito ninguna clase de culpa porque también voy a votar. Y creo que no merecemos nada mejor ya que no aprendemos; así, pase lo que pase nos merecemos esto y mucho peor. Me doy pena a mí mismo, ver como la gente pide comida, se rebusca en los contenedores, y otros, mientras se limpian la cara con billetes de cien euros; sin pegar golpe alguno. Estos lo cobran por que son demócratas.

¡No miren para otro lado, mírense al espejo de la calle y digan si no es cierto cuanto digo, y no cobren lo que nunca os habéis merecidos!… ¡Si hablo, reviento! Podría decir mucho más, pero no más claro.

El forjador de sueños

José Rodríguez Gómez

El sevillano.